Vicio y subcultura En defensa del lenguaje soez

De Deadpool a Al Pacino pasando por los hinchas argentinos o Mariano Rajoy, Vicio y subcultura se embarca ahora en una descarnada y delirante reivindicación del lenguaje malsonante. Con dos cojones.

Deadpool
Javier Blánquez | 13/06/2018 - 10:15

En los últimos días han coincidido dos de los acontecimientos más importantes del año, y los dos tienen como nexo de unión el lenguaje coloquial, llano, muchas veces rozando la grosería, que por si no había quedado claro es el que más nos gusta.

Así que vayamos por partes: el primero ha sido el estreno de ‘Deadpool 2’, la continuación de la película de superhéroes más gamberra de Marvel, en la que el personaje protagonista –encarnado por Ryan Reynolds, un tipo guapo pero con pinta de olerle el alerón y de no importarle lo más mínimo– es algo así como un justiciero con demasiada afición a decir tacos, como joder, hostia, me cago en dios, la puta que te parió, coño y la polla, y el segundo la despedida de la presidencia del Partido Popular de Mariano Rajoy, que en el momento de emocionarse, y con todos los jerifaltes y capitostes de su mesa ejecutiva en pie y aplaudiendo, tuvo uno de esos momentos humanos que todos tenemos, y suplicó que se detuvieran los jaleos con una frase a la que nadie ha querido dar demasiada importancia, pero que para nosotros es crucial: “Joder, que alguien pare, coño”. La última genialidad de Mariano.

Para ser feliz en la vida necesitamos dinero, tiempo libre, viajes, darnos caprichos, pero también reírnos y soltar tacos, porque la risa ensancha las arterias y facilita la circulación de la sangre, y decir palabrotas, pues qué quieren que les diga, es altamente liberador, una de esas cosas que te dejan más a gusto que exonerar el intestino, por ejemplo.

 

Los reyes de la incorrección lingüística

Ojalá todos pudiéramos tener la libertad de expresión de la que han disfrutado mujeres con los mismos modales que un cochero como Victoria Abril o Belén Esteban, u hombres como Coto Matamoros (ganazas de leer su libro de memorias) y Jimmy Giménez-Arnau, y pudiéramos estar todo el día soltando expresiones soeces sin despeinarnos, algo que a día de hoy es patrimonio casi exclusivo de los raperos y otras figuras de la música urbana, como C. Tangana, que es adicto a decir expresiones como “me pueden besar el culo mientras cago”.

Deadpool

 

Si pudiera, y no hubiera ahí fuera legiones de personas dispuestas a ofenderse por cualquier cosa, sin lugar a dudas ampliaría muchísimo el repertorio de jerga carcelaria y palabras malsonantes en mis conversaciones diarias, y parecería que en vez de hablar estuviera teniendo un ataque de aerofagia verbal.

No vamos a engañar a nadie: la afición por el lenguaje soez nos viene de lejos, desde que leíamos obras importantes como el ‘Diccionario secreto’ de Camilo José Cela, que es un compendio de palabras y variantes de la lengua española que tienen que ver con el sexo y la escatología, o algunas obrillas erótico-satíricas como ‘Las gracias y desgracias del ojo del culo’, de Quevedo, o ‘La insólita y gloriosa hazaña del Cipote de Archidona’, que estaban tan cargadas de sinónimos del pene y de la mierda, del ojete y del glande, que al acabar la lectura había que ir al baño a limpiarse las manos, que olían a una extraña mezcla de semen agrio y diarrea fresca.

Lo que pasa es que si en un contexto inapropiado empiezas a decir palabras y/o expresiones consideradas malsonantes, como las que tienen que ver con lo genital –coño, potorro, verga, pijo, raja, una polla como una olla–, con lo escatológico y lo sexual en un ámbito más amplio e incluso integrador, lo más habitual es que la gente se eche las manos a la cabeza y te aparte de sus círculos sociales, con lo que hablar sucio, con la lengua en plena erupción de palabras soeces, puede granjearte un problema de reputación.

 

La exaltación de la libertad

Pero qué liberador sería hablar mal todo el rato, y referirse a la gente con apelativos sucios, o poder estar jurando en hebreo sin respiro, como si fuéramos un actor de ‘El precio del poder’, la película que incluye el mayor número de veces que se ha pronunciado la palabra “Fuck” en la historia del cine, y que cada vez que suena es como un disparo, una emisión de adrenalina en vena. Ojalá una rutina diaria rica en joder, puta, mierda, cojones ya (como Fernando Arrabal en televisión), y órdenes/estatus tan directas como “me puedes comer los huevos por detrás” o “me suda el coño a riadas”. El arte de hablar mal hay que cuidarlo, y sólo está al alcance de los mejores.

Es por eso por lo que ahora que se acerca el Mundial de fútbol, la selección a la que más queremos ver jugar es Argentina, y no España, porque si hay algún tipo de criatura viva que maneje el lenguaje soez con una maestría absoluta, ese es el hincha argentino.

Selección argentina

 

Se ha convertido ya en una tradición que, cuando juega la albiceleste, nuestro deseo es que el equipo sufra, que esté a punto de perder (o pierda muy dolorosamente), para que entonces afloren los aficionados y desplieguen su asombrosa técnica del insulto humillante, que comienza con vocablos como “boludo”, luego sube a “pelotudo”, asciende a “forro” y culmina con expresiones insuperables como “cementerio de canelones” o “la reconcha de tu reputísima madre” o “hijo de mil furcias”.

Twitter, que comenzó siendo un sitio de risas, troles e insultos a la gente famosa, ahora se ha convertido en un patio de recreo de la izquierda castradora y ya no se puede decir nada a nadie, no sea que te linchen, pero si ves el fútbol y vas con Argentina, ahí queda un reducto de libertad. Los aficionados necesitan aliviar la tensión y la descargan contra los jugadores insultando con un acierto afilado incomparable.

 

Necesario y saludable

De ahí que sostengamos la teoría de que hablar mierda por la boca y llenarse el vocabulario de cochinadas es mejor para el estrés y la salud que una clase de yoga, una dieta vegana, desinstalar el WhatsApp del móvil y desintonizar algunos canales de televisión.

El precio del poder

 

No hay nada más liberador y relajante que cagarte a gritos en la puta madre de alguien, desearle luego que le folle un pez –la imagen siempre ha sido tremendamente perturbadora y viscosa, además de zoófila–, obligarle a que te la coma de canto y, por supuesto, acordarte de todos sus muertos.

Ojalá hubiera espacios públicos en la calle, o nuevos centros de oración en sustitución de las iglesias, a las que ya no va casi nadie, en los que se incentivara un tipo de terapia basada en el grito y el insulto. Si ya lo pudierass hacer en la cara sin miedo a represalias en el trabajo, o destruir tu matrimonio o tus lazos familiares, eso ya sería la hostia, o la polla con cebolla. Ojalá cosas de realidad virtual en las que puedas poner a parir a tu ex, y escupir verbalmente con una violencia incontenible. Ni el spinning te deja más fino.

Por eso nos gusta gente como Rajoy o Deadpool, que en medio de un discurso dice joder y coño sin que pase nada, y que adereza las peleas en la calle con chistes guarros propios del Señor Barragán, y la gente se sonríe. Nos gusta la gente que de manera natural y salada sabe emplear un taco en su lugar y momento correcto, combinando el afán de aliviarse con la necesidad de espectáculo por parte de espectadores neutrales.

Lo que no es admisible bajo ningún concepto es el insulto o la puya cutre, en plan Gabriel Rufián, porque se puede faltar como un mozo de cuadras, pero no como un cursi. Si se quiere ser cursi, el estilo Màxim Huerta es el mejor que hay, pero es para las cosas bellas, no para los momentos zafios. Si se quiere ser un bulldog, entonces leamos el Twitter que importa, que es el que manejan los argentinos.

Ojalá empiece el Mundial ya: queremos insultos nuevos y más grandes en nuestra vida. Un sí rotundo a soltar mierda por la boca.

 

 

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