Historias del porno: los pechos de Lolo Ferrari

Pasó a la historia como la mujer con pechos más grandes de la historia del porno. Paco Gisbert nos descubre toda la frustración y la amargura que escondía Eve Valois/Lolo Ferrari tras su descomunal perímetro torácico.

Lolo Ferrari
Paco Gisbert | 02/01/2013 - 19:04

La mayoría de los seres humanos desea diferenciarse de los de su especie, sentirse diferente al resto, y lo hace sobre todo de dos maneras. Una es la vía del poder, intentando mandar sobre sus semejantes, ya sea en el gobierno de la nación, ya en el club de su localidad natal, ya en la comunidad de vecinos. La otra es hacer o poseer algo que no está al alcance de los demás, bien en el aspecto físico, en el intelectual o en algo que tenga que ver con alguna habilidad insólita.

Eve Valois pertenecía al segundo grupo y tiene una biografía que bien podía haber servido como argumento para una gran novela de terror. Nacida en el seno de una familia de intelectuales de Clermont-Ferrand el 9 de febrero de 1963, Valois vivió una adolescencia desdichada, marcada por un físico que la atormentaba. Su propia madre le decía que era “fea y tonta” y Eve, acomplejada ante tanto reproche, solo encontró consuelo en un tipo llamado Eric Vigne, un hombre ocho años mayor que ella con el que se casó en 1988.

Valois volcó en Vigne todas sus frustraciones y este la animó a dar el paso más importante de su vida: convertirse en otra persona. Como un Fausto redivivo, Eve Valois se metió en un quirófano y se arregló la cara y el cuerpo por completo, a base de silicona y colágeno. Una transformación total de su imagen a cambio de la fama. Pero Eve quería más. Quería tener algo que los demás no tenían, ser diferente al resto, y se colocó unos implantes mamarios desorbitados. Cada uno de sus pechos pesaba casi tres kilos y su perímetro torácico alcanzó los 130 centímetros. Un monstruo con pechos imposibles.

Fenómeno de feria

Aquella imagen de moderna Frankenstein moldeada por la cirugía estética le abrió los platós de televisión y los castings en películas de corte erótico. Con el nombre de Lolo Ferrari, presentó el programa televisivo ‘Eurotrash’, posó para innumerables publicaciones eróticas, intervino como secundaria en diversos filmes de serie B y llegó a participar en media docena de películas X.

Incluso probó fortuna como cantante y llegó a grabar un par de olvidados temas que hoy forman parte de esas antologías del friquismo musical. Su marido se convirtió en su mánager, su consejero y su chulo, mientras Lolo se exhibía en diversos clubes nocturnos de toda Europa con la distinción de los pechos más grandes del mundo, certificada por el Libro Guiness de los récords, como reclamo.

Pero el instrumento para pasar de ser la niña tonta y fea de la adolescencia a la bomba sexual de finales de la década de los 90 acabaría por volverse en contra de Lolo Ferrari. Con el tiempo, tuvo que recurrir a un experto para resolver sus problemas de espalda, muy castigada por el acarreo diario de sus pesadísimos pechos, y también sufrió diversos trastornos derivados de la carga que soportaba en su delantera, como dificultades para dormir boca abajo o un miedo intrínseco a subir en avión por temor a que los implantes de silicona explotaran por la presión, y cayó en una grave depresión nerviosa. Hasta para follar en las películas porno tenía problemas con sus compañeros, constreñidos por sus enormes pechos. La mujer que se transformó en otra para gustar a los demás y ser famosa pagó su desafío a las leyes de la naturaleza de la manera más cruel.

El 5 de marzo de 2000, Lolo Ferrari apareció muerta en su domicilio de Grasse, rodeada de medicamentos y con una sobredosis de pastillas como diagnóstico de su óbito. Su marido fue acusado, en un principio, de haber propiciado la muerte de Ferrari, aunque finalmente fue puesto en libertad por falta de pruebas. “¿Por qué iba a matar yo a la gallina de los huevos de oro?”, declaró Vigne en su defensa.

El caso se archivó con la etiqueta de suicidio involuntario y Lolo Ferrari permanece en la memoria de la gente como un juguete roto. Como la mujer que se vendió su imagen al diablo de la fama para que conseguir una pizca del cariño que le faltó durante su adolescencia y juventud. Como un fenómeno de feria que sacrificó su vida por una gloria más bien triste.

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