Historias del porno Mitchie va al cine

Un cine, una película X y la fantasía de que la ficción se haga realidad. Esos son los tres ingredientes de esta deliciosa historia, ocurrida en los primeros años de legalidad del porno americano, que protagoniza la legendaria Sharon Mitchell

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PACO GISBERT | 18/12/2014 - 10:44

En la década de los 70, los teatros del off Broadway, el circuito de teatro alternativo que se nutría de estudiantes y aspirantes a actores de la Costa Este norteamericana, estaban llenos de jóvenes progresistas que buscaban abrirse camino en el intrincado mundo de la interpretación. Paul Thomas, Harry Reems, Annette Haven o Marilyn Chambers pasaron por los escenarios de esos teatros donde se representaban obras de Pinter o Brecht, en las que actores, directores y escenógrafos planeaban hacer la revolución desde una caja con tres paredes.

Sharon Mitchell era una de esas chicas liberadas que quería ser alguien en el teatro y el cine. Una de esas mujeres que, parafraseando a Blas de Otero, pensaban que la actuación era un arma cargada de futuro, en la compañía de Martha Graham. Como lo ocurrió a muchos otros compañeros de tablas, Mitchell recibió un día la oferta para trabajar en películas X. Y entonces el cine X era una forma de hacer la revolución, el medio más libre para actuar en el cine desde un punto de vista independiente, antes de que Robert Redford lo institucionalizara en Sundance o los hermanos Weinstein lo mercantilizaran en Miramax.

Sharon Mitchell dijo que sí. Que por qué no iba a follar delante de las cámaras si eso le servía como forma de desarrollar su talento como actriz. Al fin y al cabo era feminista, progre y liberada sexualmente. Así que se lanzó al ruedo del porno como una forma de liberación de su cuerpo y su mente. Pronto, su desparpajo y su predisposición a ayudar a los compañeros de trabajo le hicieron ganarse el cariñoso sobrenombre de “Mitchie“, el alias por el que la conocían los pioneros del porno americano.

Mitchie se tomó tan en serio su nuevo trabajo que le encantaba ver sus propias películas para aprender, ser autocrítica y vencer su miedo al ridículo. Y, en aquella época, cuando los magnetoscopios que reproducían cintas de VHS o Betacam formaban parte de un futuro de ciencia-ficción, la única forma de ver sus interpretaciones era acudir a una sala de proyecciones.

Una maravillosa forma de morir

Una noche, Mitchie acudió al Variety Photoplays, un cine de Nueva York entre la Tercera Avenida y la Calle 13 en el que se proyectaba una película protagonizada por ella. Su compañero de reparto era John Leslie, que encarnaba a un hombre mayor que sentía fascinación por el personaje que interpretaba la actriz de Nueva Jersey. En una de las escenas de la película, Mitchie le practicaba una felación a Leslie y, cuando dicha escena apareció en pantalla, Sharon observó que, junto a ella, había un hombre de edad similar a la que representaba Leslie en la pantalla masturbándose. Entonces tuvo una idea surgida de su perversa imaginación: si empezaba a chupársela al tipo que tenía a su lado sentiría una especie de “feed-back” con lo que ocurría en la pantalla que le produciría satisfacción.

Pensado y hecho. Mitchie se agachó y comenzó a reproducir en la platea los mismos movimientos que simultáneamente hacía en la ficción, para solaz del tipo que se excitaba viendo la película. Sin embargo, este, por la oscuridad del local, no veía la cara de la chica que se la estaba chupando y pensó incluso que podía tratarse de un chapero de los que frecuentaban el local y ofrecían mamadas por 5 dólares. Pero, en un momento en el que la pantalla se iluminó, el hombre comprobó que la persona que le estaba haciendo una felación era la misma que la que veía en la pantalla. Y, presa de la excitación, sufrió un ataque al corazón.

Sharon Mitchell corrió asustada a llamar al teléfono de emergencias para que los servicios de urgencia se lo llevaran al hospital más cercano. Cuando, en la camilla, el hombre agonizante pasó cerca de la actriz, le susurró al oído un complacido “gracias”. Mitchie nunca supo si aquel hombre sobrevivió a tan excitante experiencia, pero piensa, como en un maravilloso cuento de Óscar Fontanarrosa sobre unos jóvenes que arrastran a un hombre mayor enfermo al fútbol sólo porque su presencia en el estadio le daba suerte a su equipo y acaba falleciendo en pleno éxtasis victorioso, que, si murió, la suya fue una forma maravillosa de morir.

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