Historias del porno: Zidanes y pavonas

De vendedor de gafas de sol con rayos X a inventor del cine X moderno, el porno tal y como hoy lo conocemos. Paco GIsbert nos cuenta la historia de Mark Carriere, el hombre que facturó 30 millones de dólares gracias a la silicona y la falta de escrúpulos.

Max Carriere
Paco Gisbert | 13/12/2012 - 14:24

Esta es la historia del fin del porno como cine, del hombre que convirtió la industria  del cine X en una cadena de montaje, del tipo que mató definitivamente al guionista de los filmes con sexo explícito. La historia de la época en la que el porno volvió a sus orígenes, como mera filmación de actos sexuales, y convirtió al cine X con argumento en una excepción.

La historia empieza en 1985, cuando Mark Carriere llegó a Los Angeles para promocionar ‘Star 84’, una película para lanzar al estrellato a Tina Marie, una estrella de origen samoano con jugosos pechos y escaso talento para la actuación con la que acabaría casándose. Carriere procedía de Merrilville (Indiana) y tenía una vocación profesional pintoresca: toda la vida había soñado con dedicarse a la venta por correo.

Empezó como vendedor de esos absurdos objetos que la gente compra para mejorar su vida y que son más falsos que una moneda de 3 euros. Gafas de sol con rayos X, filtros para ver la televisión en color o muñecos que pronostican el tiempo que hará mañana. Pero Mark Carriere era un tipo listo y vio en el porno el negocio para ganar dinero vendiendo cintas de vídeo. La idea se la dio su hermano Brad, quien se quedó a cargo de su empresa cuando Mark se mudó a California.

Como churros

En Los Angeles, Carriere se hizo con un rincón del negocio del porno al dirigir, con el nombre de Mark Curtis, y producir películas de bajo coste, en vídeo y para consumo rápido y perecedero. Ni más ni menos que el modelo que había establecido Vivid, el del “star system”, la carátula con la estrella y la filmación en tres días. Pero Mark Carriere llevó ese modelo hasta la sobreexplotación.

Tuvo una idea que acabaría por convertirlo en millonario. Si el público quería ver a un rutilante estrella del porno en acción, había que basar todo un paquete de películas en esa actriz. Así que contrataba a una actriz contrastada o recurría a una joven aspirante de gran belleza, buscaba a un prestigioso fotógrafo para que le hiciera miles de fotos en un día y, en la jornada siguiente, rodaba seis o siete escenas de sexo con ella. Otro día rodaba escenas con cuatro o cinco actrices de escaso atractivo o nulo gancho mediático. Con ese material, montaba tres o cuatro películas, basadas todas en la actriz principal, que aparecía en las carátulas de todas las películas. A esa forma de trabajar la llamaba “sustancia y relleno”, que venía a ser algo así como aquella máxima que instauró Florentino Pérez en el Real Madrid y que se conoció como “Zidanes y Pavones”. Sólo que aquí, eran Pavonas.

El imperio de la silicona

Era un apasionado de los pechos gigantes, en una época en la que la silicona estaba prohibida en los Estados Unidos como instrumento para aumentar el perímetro torácico. Pero eso no era un obstáculo para Carriere. Como un moderno Prometeo, cuando descubría a una futura estrella del porno, la convencía para hacerse “unos retoques” y la mandaba a Idaho, “la ciudad más paleta de los Estados Unidos”, según expresión de la bailarina y actriz Treasure Brown, para que la operara el doctor Pearl, un sexagenario siniestro de dudosa ética. Éste anestesiaba a la chica y le colocaba dos prótesis de silicona en los pechos, le insuflaba colágeno en los labios y le reducía la nariz. La futura estrella ya estaba dispuesta a entrar en su cadena de montaje.

Aparte de su ambición por convertirse en un nuevo Frankenstein, Carriere se implicó en su invento de tal manera que llegó a reventar el mercado del vídeo en los Estados Unidos. Con sus sistemas de producción, las cintas de vídeo X pasaron de costar 80 dólares en 1985 a los 5 que valían diez años después. Él mismo pasó de facturar 3 millones de dólares en 1991 a los 30 de 1995.

Con Mark Carriere, el porno se convirtió en un producto de consumo barato y rápido, en el que lo único importante era ofrecer escenas de sexo de mujeres transformadas artificialmente por la cirugía estética. Él inventó el mercado que conocemos hoy en día, en el que se confunde el cine porno con el sexo filmado, en el que el porno no tiene nada que contar y mucho que enseñar.

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