Vicio y subcultura Japón tiene un problema con el potorro

Desde nuestro rincón del vicio se rompe una lanza por Rokudenashiko, artista japonesa encarcelada por obscenidad. ¿Su delito? Compartir en internet una versión sin pixelar de su propia vagina, algo prohibidísimo en Japón.

Porno japonés
Javier Blánquez | 09/11/2018 - 13:32

Quien alguna vez se haya molestado en ver cine porno japonés, sabe que aquello es una cosa que, para la mentalidad occidental, bordea lo absurdo y lo psicopático.

El porno japonés no es porno del todo porque, a causa de una ley en vigor que penaliza el delito de obscenidad, los productores –o quien se encargue de darle los últimos toques al acabado final– deben pixelar los genitales tanto de las mujeres como de los hombres.

Por ejemplo, si aparece un varón escuálido y lampiño con el micropene enhiesto, veremos al varón y su escualidez, pero no veremos sus órganos sexuales, porque si se hiciera alguien iría a la cárcel. Por eso vemos una maraña de píxeles que ocultan su hombría con forma de zanahoria pocha.

Lo mismo ocurre con las mujeres: se puede enseñar la ubre, pero el coño no, de modo que si llegamos a la misma esencia del porno, que es el coito, nunca se ve un coito, sino algo parecido a una vieja señal muerta de las televisiones de antes, cuando se terminaba la carta de ajuste. Es imposible ver nada sexual en la representación japonesa del sexo.

 

Legislación obsoleta

Y es que ahí las viejas leyes del siglo XIX que se avergüenzan de la anatomía humana siguen estando vigentes, y ese reparo a representar lo sexual se extiende al lenguaje hablado. Por ejemplo, en japonés hay una palabra, manko, que designa lo que aquí llamaríamos el chirri, el chichi, el chocho o el coño. O sea, la vagina.

Obscenidad

 

Ya ven que hemos utilizado cinco palabras distintas para designar la misma realidad carnosa y húmeda, y nos jugaríamos los ahorros de las últimas dos semanas a que por decir esto no vamos a ir a la cárcel; en España a la cárcel se va por otras cosas. Pero en Japón hay que tener cuidado, porque decir y hacer según qué cosas está mal visto, y en algunos supuestos te pueden enviar a la trena por haber representado algo obsceno, y encima compartirlo.

Obscenidad es como se titula el último libro de la artista japonesa Rokudenashiko, editado hace pocas semanas por la editorial Astiberri. Rokudenashiko es una mangaka que saltó a los medios de comunicación hace unos años porque fue metida en la cárcel por comerciar con objetos obscenos, y que en los últimos años se ha visto metida en un litigio largo y absurdo por producir lo que ella llama “arte manko.

Aclaremos, porque se vuelve algo necesario a partir de ahora, que manko no es que te falte un brazo, sino que es como se dice coño en japonés: Rokudenashiko un día empezó a hacer moldes de su vagina en escayola, esos mismos moldes los empezó a decorar con cosas cuquis o guays –lo que en japonés se conoce como kawaii–, y a medida que empezó a tener éxito con su propuesta, aspiró a hacer arte manko más llamativo y a mayor tamaño. Y entonces, un día, la policía entró en su casa, le confiscó el ordenador y varias piezas, y sin leerle sus derechos ni garantizar su presunción de inocencia, le metieron en la cárcel durante varios días.

 

Historias para no dormir

Toda la historia de Rokudenashiko está explicada en el libro –que es mezcla entre manga y bloques informativos escritos para contextualizar la historia–, y antes de seguir vale la pena hacer un resumen de todo esto, porque les puede parecer un embrollo lo del manko y su problema.

Sex-shops en Japón

 

Rokudenashiko tiene actualmente 45 años y lleva dibujando manga desde hace más de 20. Nunca fue una mangaka de éxito, sobrevivió como pudo durante mucho tiempo publicando ensayos en revistas marginales y nunca tuvo una serie popular que le mantuviera en el candelero.

Pero siempre iba buscando historias para dibujar, y un día, viendo un anuncio de cirugía estética vaginal –esa que, si te la haces, te deja un chirri menos carnoso, como el que seguro que tiene Paris Hilton, después de que te quiten trozos de los labios mayores, o sea, todo lo que cuelga–, decidió que ahí tenía un tema. Se fue a hacer la cirugía, no porque no le gustara su manko, sino por poder explicarlo luego en un cómic, y como no podía ver el resultado a ojo desnudo, se hizo un molde de escayola una vez le dieron el alta de la operación.

El molde era una cosa fea y sosa, así que se le ocurrió que podía decorarlo con cosas: figuritas, piedras, y así nació el arte manko, o arte del coño, que poco a poco fue encontrando un espacio pequeño en las galerías de arte de Tokio. Pero el arte manko no daba más de sí: servía para crear objetos del tamaño de una mano, como fundas de móvil, así que buscó la manera de hacerlo más grande y se planteó crear una piragua con la forma de su coño. Inició un crowdfunding, consiguió los fondos, creó un archivo vectorial para la impresión 3D de una piragua, y una vez construida, se puso a navegar.

 

En la trena

Y un día, la policía se plantó en su casa y la metieron en la cárcel. El problema para ella había sido, no la creación de arte manko, sino su distribución pública: como deferencia hacia los participantes del crowdfunding, durante unos días Rokudenashiko compartió con sus patrones un fichero vectorial de su coño, que es lo que se consideró obscenidad.

Rokudenashiko

 

No exactamente la piragua, ni las fundas de móvil, sino que rulara una imagen de su coño sin pixelar, aunque estuviera llenísima de píxeles porque era 3D. Pasó un tiempo en la cárcel, salió, su caso se volvió internacional, y más tarde fue detenida de nuevo hasta que finalmente su caso encontró una solución, insatisfactoria, pero que le ha permitido ser libre de nuevo. Todo esto, con mucho lujo de detalles y una prolija descripción de cómo funciona la ley contra la obscenidad en Japón, es lo que se puede encontrar en el libro, una lectura tan amena como inquietante.

Lo más sorprendente es comprobar hasta qué punto llega la inmadurez de los japoneses hacia su propia sexualidad. Uno de los mayores problemas que tuvo la artista fue, no tanto con la representación gráfica de sus órganos, sino con el hecho de referirse a esa parte de su cuerpo y a su arte con una palabra que en japonés no se usa porque se considera indigna y vergonzosa.

Nosotros, en español, podemos decir coño, vulva, potorro y un montón de sinónimos más, y hasta nos suenan bien –hay pocas palabras que llenen tanto la boca de sabor lingüístico como potorro, es que mola decirla con pausa, po-to-rrrrrrrrro, marcando mucho las erres–, pero manko en japonés es una grosería inadmisible. Rokudenashiko, por tanto, insistió en expresarla y repetirla, y en hacer que sus acusadores la tuvieran que leer en voz alta al escribirla en sus alegatos de defensa.

Obscenidad

El coño en Japón es un tema serio. Es un tema obsceno. Hasta el traductor de Google lo oculta: si pones “vagina” o “coño” para que dé una equivalencia en japonés, el programa te da alternativas como chitsu o neko (neko es gato, y por tanto equivalente al pussy inglés). También ocurre lo mismo con el pene, pero en menor medida, ya que siendo el órgano masculino también obsceno y carne de pixelado en el porno (lo de carne no iba con segundas), lo fálico se trata con mayor benevolencia y se considera menos obsceno. La lucha de la artista ha sido por intentar despenalizar el supuesto de obscenidad en lo que no deja de ser una parte anatómica natural y compartida por todas las mujeres, fuente de placer y de vida.

Japón, lo sabe cualquiera, es el paraíso de la formalidad, la eficiencia, la tranquilidad, el orden y la limpieza. Es la sociedad perfecta, salvo en algunos supuestos y casos particulares, como gente muy occidentalizada y desordenada que no hace bien las cosas, o en el aspecto sexual, donde sigue rigiendo una moral extraña, que no permite decir manko ni distribuir un archivo vectorial con las medidas de tu coño, pero sí ir a un sex shop –que son gigantes y divertidos, como aquí ya dijimos una vez– y comprarte una muñeca hinchable gigante con una representación hiperrealista del coño, o incluso vaginas portátiles para masturbarte en la tranquilidad de tu hogar.

El cómic de Rokudenashiko es, por tanto, una reflexión sobre qué es obsceno y qué no, y una forma rápida de entender por qué el porno japonés, con todo el potencial que tiene, es el menos porno de todos los pornos imaginables. Tan retorcidos para algunas cosas, y luego no pueden enseñar ni un triste coño.

 

  • Imprimir
  • Enviar por e-mail
Este mes, en 'Primera Línea'
Riley Nixon: "El porno encaja a la perfección con mi estilo de vida"
Este mes, en 'Primera Línea'
publicidad
publicidad
Búscanos en Facebook
publicidad

© Ediciones Reunidas, S.A. | Todos los derechos reservados