El sexo de Lucía Los polvos más dulces

Lucía nos cuenta lo que ella considera “polvos dulces”, que no tienen nada que ver con la glucosa y sí con aquellas relaciones que, por unas cosas o por otras, no acabaron en la cama.

Polvos dulces
LUCÍA | 07/02/2017 - 9:30

Vamos a empezar aclarando lo que yo denomino “polvo dulce” que no me estoy refiriendo con ese calificativo a encamarse con un intensito, que te ponga música de Ismael Serrano mientras te habla sobre la película ‘Sense and Sensibility‘ o peor, de la Ley de Memoria Histórica.

No, edulcorantes en la cama, los justos (y discursos también). Yo, con dulces, me refiero a esos polvos que nunca fueron pero que podían haber sido, esos “no encuentros” que no se materializaron por las razones que fueran. ¿No tenéis alguno en vuestros haberes? Yo tengo algunos, pocos, confieso, porque siempre he sido mujer de acción y el verbo se me hace carne fácilmente. Pero alguno que otro atesoro.

Recuerdo uno en mis tiempos universitarios: el de un mocetón moreno de ojos negros (los hombres latinos siempre han sido mi debilidad), un Adonis perfecto que estudiaba Psicología en aquella Salamanca de mi juventud y que había trabajado como modelo. No me extraña, pensé yo cuando me lo contó orgulloso.

Mis amigas estaban enloquecidas aquella noche: él se quería enrollar conmigo, y yo, que a veces me cogía la luna, pasé olímpicamente de su tentadora propuesta. “¿Pero le has visto bien, estás bebida?”, me preguntaban ellas incrédulas. Sí, lo había visto bien y de tener que llevarme a un tipo a una isla desierta me habría llevado a Mario, aún recuerdo su nombre.

 

El hombre del pijama

Lo curioso es que iniciamos una amistad, en la que él me ponía colacao caliente los fines de semana y me leía a Nietzsche. Y lo del colacao caliente no es eufemismo, lo juro. Caliente me ponía, eso sin duda, porque estaba buenísimo y el muy cabrón solía recibirme en su casa en pijama, de estos de hospital que casi se transparentan, con un pantalón que se abotonaba en la zona del miembro. Y que casi siempre tenía abiertos varios botones y dejaba entrever sus atributos. Se le habría olvidado cerrarlos, no penséis mal, que seguro no era por provocar.

 

Chicos, yo soy miope, pero se me iban los ojos, qué queréis. Si volviese el tiempo atrás seguramente me lo habría follado con saña, que es como hay que follarse a estos tíos que están tan buenos (y que son tan listos, porque belleza sin cerebro no pone). Pero nunca hicimos nada.

En una ocasión me preguntó por qué no me había acostado con él. “Tienes a tantas mujeres a tu alrededor y te tiran tanto los tejos que decidí que yo no lo iba a hacer”, contesté. Ay, sí, fui distinta a las otras, pero me quedé sin disfrutar de ese miembro que aparecía con timidez tras los botones del pantalón del pijama.

Hace pocos años tuve la ocasión de vivir otro “no encuentro”. En esta ocasión era un periodista, casado, que me conquistó recitándome versos en First Class de un avión, no me digáis que no es glamuroso, lo de la primera clase y lo de la poesía.

Estando casado él, yo tenía muy claro que no quería más que un polvo, a lo sumo dos si el primero era muy bueno, porque ya se sabe que los casados los carga el Diablo. Él tenía las mismas apetencias que yo, así que un día quedamos a tomar algo al mediodía. Su periódico no quedaba muy lejos de mi casa.

 

Besos para todos

No sé cuántos martinis blancos, con su aceituna de rigor, pude tomarme. Varios… El caso es que, como él no se lanzaba (alguien que recita poesía es, como habéis intuido, tímido), me envalentoné (el alcohol ayuda mucho) y en un momento dado, en la puerta de aquella tasca le dije: “O me besas o te beso, pero ya no aguanto más”. “No, por favor, respondió, que no puedo, estoy casado”.

Buah, casado ni leches: asalté su boca con hambre atrasada y con toda la artillería pesada. Qué beso, aún lo recuerdo con cariño: de éstos profundos, ansiosos, en los que sientes que todo lo que está a tu alrededor desaparece. Llovía aquel día de otoño pero nos daba igual, ahí estábamos los dos, el casado y la alocada Lucía, besándonos como si fuese la primera vez que pruebas otra boca.

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“Me encantan los días lluviosos y ver llover desde la cama”, me dijo un rato después. “Me encantan los días lluviosos y ver llover desde la cama, contigo dentro”, le repliqué yo. ¿Que si follamos? Pues no, se quedó en uno de esos “polvos dulces” de los que ha tocado hablar hoy en este artículo.

Me quedé con las ganas: le dio miedo, se le caía el mundo imaginándose enganchado a otra mujer estando casado. Así que no pasó más que esos hermosos besos y nos quedamos los dos con las ganas.

A veces es mejor así, porque quizás aderezas tanto ese posible encuentro con toda tu imaginación y luego puede resultar un polvo sin más. Así que mejor que se quede en el baúl de los polvos más dulces, cuya memoria nunca podrá ser ensuciada con la mundana realidad.

Polvos dulces

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