Mad Men Lab El despatarre es cuestión de género

Hagan ustedes el favor de cruzar las piernas, han venido a decir los responsables del metro de Nueva York, no sea que la tan suburbana costumbre de despatarrarse dé pie a un nuevo capítulo de la guerra de los sexos.

Pintura de labios
Silvia Cruz | 23/01/2015 - 14:14

Cuando a finales de 2014 a las autoridades del metro de Nueva York se les ocurrió lanzar una campaña para pedir a los hombres que se no sentaran con las piernas muy abiertas, no se esperaban que el movimiento fuera a cuajar de esa manera. Hasta tesis doctorales sobre posturas masculinas y femeninas se esgrimen para argumentar sobre el asunto y explicar, a grandes rasgos, que eso de despatarrarse en el suburbano lo hacen los machos porque son machistas y es una de las muchas formas que tienen de exhibir su poder.

Enseguida se creó el hashtag #manspread y la gente encontró un nuevo sentido a tener un móvil: hacerle fotos a todo el que abría sus extremidades inferiores un poquito (o un mucho) más de la cuenta en el transporte público para demostrar que ese mal era epidemia. Algunos de los artículos que se han ido generando en este tiempo hablan incluso de que algunas mujeres se sienten violentadas con estas poses y esperan que con esta campaña se acabe con “un ridículo privilegio masculino.”

 

¿Agravio comparativo?

De lo que no hablan es del resto de objetivos de la campaña informativa del metro de Nueva York y que competen a actitudes, digamos, más femeninas. Y es que los paneles informativos también piden a los viajeros que no se acicalen en el metro y que por favor, no se corten ni se limen las uñas. En ese acicalamiento incluiría yo una práctica que me da mucha grima y que he visto con demasiada frecuencia en el metro de Barcelona: depilarse las cejas. Y no veo ni un artículo en el que se hable de la imposición del matriarcado cuando una señora se sienta a mi lado y decide ponerse divina en lo que dura su trayecto al trabajo.

A mi, que un tío se despatarre en el transporte público me molesta por lo que tiene de falta de educación. Ni me amedrenta, ni me violenta, ni me parece un machito, ni un machista. Que una señora se pinte las uñas o se las corte o se quite las cejas, me resulta también de muy poca educación. Ni feminista, ni violento, ni ofensivo. Para catalogar con tanta precisión a una persona necesito yo más rato del que dura un trasbordo. Algunos creen que el metro es su sofá, otras que es su cuarto de baño. Y con ambas cosas pretende acabar la susodicha campaña del metro de Nueva York.

Pero no se me olvida lo evidente. Sobre esta cuestión, un medio elaboró este vídeo, en el que buscan demostrar que no se trata por igual a una mujer y a un hombre que se comportan de la misma manera. Sucede en un vagón de metro y mientras el chico se abre de piernas, ocupa dos asientos y molesta al personal y nadie le dice nada, a la chica se le pide por favor que no ocupe tanto sitio y se le afea el gesto.

Esto me recuerda a una fobia que adquirí siendo cría. Fobia por una tía mía que me reñía a voz en grito y con coscorrón incluido si me sentaba sin apretar los muslos. “Las niñas no se sientan con las piernas abiertas”, me decía siempre. Yo, inocente de mi, pensaba que me lo decía para que no se me vieran las bragas. Pero no era así. No, porque el pescozón me llegaba incluso con pantalones. “Es indecente”, me dijo ya un día harta de ver que sus enseñanzas no daban fruto. Y, claro, con la indecencia no se bromea. No con mi tía. Pero resulta que vi que la indecencia era algo que solo me afectaba a mi, ni a mi hermano, ni a mi padre, ni a mi tío. Y supongo que a eso se refieren con lo del “ridículo privilegio masculino”, ¿no?

A mi me enseñaron “cosas de chicas” que descarté en cuanto pude. Por eso decidí que al sentarme, las piernas las colocaba yo en el ángulo que más me apeteciese, con falda o en pantalones y con el único límite de no molestar al de al lado.

 

Un asunto de faldas

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