Mad Men Lab: Me gusta Luis Aragonés

Con Luis, opina Silvia Cruz, se ha ido otra época y otra manera de vivir y entender el fútbol. Menos aseada, sin duda, pero más sanguínea, más sincera y más auténtica.

Luis Aragonés
Silvia Cruz | 05/02/2014 - 10:41

Ha muerto Luis Aragonés y me pregunto cuántas chicas sabrán quién fue este hombre. Y digo chicas porque en mi adolescencia eran pocas las que seguían el fútbol. Ahora son más, sí, pero Luis ya hacía un tiempo que andaba fuera de circulación.

Siempre me ha caído bien este hombretón destartalado, con pinta de gruñón, de aspecto rudo y poco cuidado. A Aragonés le llamaban el “sabio de Hortaleza”, sobrenombre que nunca he entendido del todo, pues no diría yo que lo que hacía requiriese de erudición ni sapiencia, aunque sí de cierto genio y mucha picardía.

 

Muy impopular en casa de los Cruz

Luis Aragonés despertaba las iras de las mujeres de mi casa por su pinta de “guarrote”. Según mi madre y mi abuela, no era lo que ellas denominaban un “hombre pulido”. Yo creo que pagaban su odio hacia el fútbol poniendo el foco en algunas de las personas que componen esa fauna extraña que conforma el mundo del balompié. Y al pobre Luis le caían chuzos de punta, claro.

Nada decían cuando veían en rueda de prensa a otros chicos más jóvenes, afeitados y por supuesto, más guapos. Luis era la estética de otro momento, de otro tiempo en el que los futbolistas no se depilaban las cejas ni se parecían a sus novias.  ¡Y pensar que Fernando Redondo les parecía a nuestras madres un poco afeminado!

 

De lo que ya no hay

Luis Aragonés se marcha y se lleva con él toda una época. Nunca me ha gustado esa expresión extrema de amor por lo que ahora se llama la Roja y que es el motivo por el que muchas de mi sexo lo conocen. La metralla televisiva y propagandística a la que nos han sometido en este sentido en los últimos años tiene en parte la culpa de que me desenamorara un poquito del fútbol. Solo gente como Luis le daba a todo un aire de realidad que yo agradecía.

Ahora, sin embargo, me parece todo un poco raro. No solo por la estética de macarras de barrio que han adoptado muchos jugadores, ni tampoco porque a mi me gusten los hombres rudos y nada más, ni siquiera porque en los últimos años gana siempre un equipo que no es el mío.

Esa rareza la produce, creo, la ausencia de tipos que se enfadan de verdad, que se toman lo del fútbol como un trabajo, bien pagado sí, pero como un trabajo, que saben que la gloria es efímera y que no se casan con nadie, ni para entrenar, ni para hacer declaraciones. De esos hombres, que reñían al pichichi, a la estrella, al crack y a todos los que lo rodearan, fuera y dentro del vestuario, quedan ya pocos. ¿Quién, aún teniendo razón, se enfrenta al presidente, a la afición y le suda la frente lo que diga la prensa? Quedan pocos con el aguante y el fuste que tenía Luis. Pocos, quizás solo uno. Y es una pena.

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