Mad Men Lab Pedorros, no, gracias

La cruzada de los vecinos del barrio barcelonés de Barceloneta, argumenta Cruz, no es contra el turista a secas, que ese siempre será bienvenido, sino contra el turista pedorro. El que pasea sus lorzas, sus borracheras y sus pésimos olores por una ciudad que bastante tiene con lo que tiene.

Turismo
Silvia Cruz | 04/09/2014 - 11:26

Seguro que habéis oído hablar de lo hartos que están los vecinos de la Barceloneta de los turistas marranos, pesados y ruidosos.

Si no vivís en Barcelona, es posible que creáis que esto es un remanso de alta cultura lleno de visitantes ávidos de ver las grandes obras de arte que alberga la ciudad y de comer ricos manjares de cocineros modernos o hechos en tascas donde abunda el pan con tomate y el aceite de oliva se desparrama a cascoporro, que para eso somos mediterráneos. Y seguro que pensáis que los vecinos que se manifiestan estos días son unos tiquismiquis que no aguantan nada, que como no tienen para irse de vacaciones reparan en todo y todo les molesta.

Pero lo cierto es que la foto de los tres zanguangos en pelotas comprando en una tienda 24 horas que se ha visto estos días en los medios da mejor cuenta de lo que sufrimos en esta ciudad que esa imagen idílica y azucarada que quieren vendernos desde otras instancias más elevadas.

Y oye, que no todos los turistas son así, por suerte. A ver si vamos a pensar que los rusos adinerados o los japoneses son de la misma calaña. ¡Ni hablar! Ellos son mucho más respetuosos, sobre todo porque no se les ve el pelo y los tienen metidos en un circuito de fantasía que se circunscribe al Paseo de Gracia, donde no se les permitiría bajo ningún concepto ir en bragas por la calle o molestar a los clientes de los lujosos hoteles donde se hospedan.

 

Todo tiene un límite

Pero esos tipos sin camisa, chillones y beodos abundan ya por varios barrios de la ciudad, no solo por la Barceloneta. Chicos jóvenes, atiborrados de sangrías o mojitos a tres euros, van por la calle enseñando unos cuerpos que no por jóvenes tienen que resultar agradables a quienes comparten con ellos supermercado, tienda de ropa o restaurante.

Ellas, por su parte, van en bikini a cualquier sitio, y yo me pregunto si a la universidad o a la oficina en la que trabajan en sus fríos países también acuden de esta guisa a compartir espacio con otros humanos.

A riesgo de parecer viejuna, me reitero en que los gritos y los cánticos se hacen mejor en una discoteca y que el bikini o la desnudez son para casa o la playa. Porque en el resto de espacios me enerva el griterío y me eriza las pestañas tener que compartir espacio con sobacos, ingles y olores ajenos.

 

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