Max Cortés en el Sónar

Este año tuvimos un corresponsal de lujo para cubrir lo que sucedió en el Sónar. Max Cortés, actor de cine X y DJ, se coló en el festival y no solo nos lo cuenta con ojos de alucinado, sino que ha grabado un vídeo que podéis ver en exclusiva.

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MAX CORTÉS | 12/08/2014 - 13:58

Es jueves 12 de junio cuando entro por primera vez en el recinto del Sónar. Me encuentro una sala llena de portátiles, kilómetros de cables y un montón de personas de ambos sexos absortas en sus pantallas, al lado de decenas de latas de cerveza vacías y bebidas energéticas para compensar. Pregunto de qué se trata y me dicen que es algo parecido a Music Hackers y una ristra más de palabras que no comprendo. Huyo y me doy de bruces con el Village, la plaza central, donde está gran parte del cotarro. Las nubes salvan mi calva de arder en llamas y el césped artificial aporta una sensación de frescura extra. Sentado en ese césped, veo pasar ante mí muchos pies descalzos, en su mayoría femeninos: pedicura, uñas pintadas y callosidades bien resueltas. Pero también, masculinos, de los que ahorro comentarios por vuestro bien. Tras repasar al heterogéneo público con la mirada (aquí conviven hipsters, normcores, hippies, rockeros, ravers, algún musculado, heteros, gays o andróginos), fijo mi atención en el escenario y me quedo hipnotizado con Karen Marie Ørsted, . Tremenda la nueva estrella nórdica. La danesa viaja entre pop, trap, funk, electro, bass y hip hop. Compruebo que tengo una semierección importante.

Ahora voy hasta el Sónar Dome en busca del escenario de Red Bull Music Academy, donde empiezo a escuchar y disfrutar de un live set con vocalistas. Esto es algo más que un festival de música electrónica. Se funden estilos: techno, sonidos ochenteros, acid, house, rock e incluso percusiones africanas. Y todo eso hace que siga morcillón.

Me doy cuenta de que estoy rodeado de familias: abuelos, padres y nietos juntos, unidos por la música electrónica. Y me pongo tierno pensando que estoy en un mundo ideal en el que todos me hablan, me aman. Unas chicas surafricanas me invitan a visitarlas a su país. Me escriben una dirección que no entiendo en una servilleta con un lápiz de ojos e insisten en que me quieren ver en su tierra, que parece que van a organizar un Sónar allí.

Cuando vuelvo a atender al escenario, veo a Daniel Miller y mi morcillonismo se convierte en una erección tremenda. Inmóvil en su performance,Miller hace technazo fino, fino. Es el puto amo, después de 40 años de trayectoria. Todavía fascinado por Mr. Miller, me enfrento a Plastikman y su espectáculo traído desde el Guggenheim de Nueva York, incluido el obelisco iluminado que crea objetos que, literalmente, bailan al ritmo de la música. Me envuelve una música cadenciosa, con momentos suaves, largos, casi invitando al público a la charla.

Sobre las 21.30, cuando la luz solar nos abandona, nos quedamos a oscuras, solo auxiliados por las luces que emanan de los móviles y con serios problemas de equilibrio a causa de las sustancias ingeridas. Y el Village se convierte en una especie de absurdo jack ass, con tropezones y golpes por todos lados.

Creo que el 90% del público es extranjero, porque escucho hablar en inglés, francés, alemán, holandés, italiano, japonés, checo y otros idiomas indescifrables para mí. Claro, que puede que sean nativos barceloneses a los que las sustancias ingeridas hacen hablar en un dialecto que solo ellos conocen.

Tengo que hablar de drogas, porque haberlas haylas. Hay porros, poco visibles pero fácilmente identificables gracias al viento que propaga su aroma, y, sobre todo, MDMA en todas sus variantes, pero con el cristal como estrella, compartido en corrillos poco disimulados e ingerido con el dedo desde el pedacito de bolsa de plástico del Dia. Pese a ello, no veo pedos importantes. El asistente al Sónar sabe cómo racionar sus dosis para abrazar, besar y sobar a quien tiene al lado, pero sin llegar a torcer la boca o dejar los ojos en blanco. Probablemente, la gran perdedora en este combate de psicotrópicos sea la farlopa. Veo poca gente con síntomas de andar encocada y los que hay están más preocupados de encontrar un lavabo en condiciones para empolvarse la nariz. Porque ahí está el problema: los váteres son lo que son, inodoros portátiles que, con el paso de las horas, adquieren un olor tan peculiar que los inhabilita para hacerse una rayita tranquilamente.

Pero la noche llega en nuestro auxilio y, cuando nos sumimos en la oscuridad, empiezan a surgir de los bolsillos, calcetines y sujetadores toda suerte de trozos de bolsitas de supermercados, chivatos de paquetes de tabaco y demás recipientes con las sustancias mágicas en su interior. Con la ayuda de la luz de los móviles y amparados en el anonimato de la multitud, se abre la veda: puntita de esto, mojadita de aquello, trocito de lo otro… Con ese sentimiento de amor que provoca, todos empiezan a compartir su tesoro con aquellos que tienen más cerca. Y yo estoy cerca, por lo que, a partir de ese momento, guardo la cámara, cierro el iPad, dejo de tomar notas y me fusiono con la masa. En ese instante, yo también empiezo a amar al prójimo, al hipster, al hippie, al raver, a las modelos rusas que tengo detrás y a mis amigas surafricanas.image-18-06-14-02-10-23

Viernes

Nada más entrar me encuentro una sala en la que alguien da una conferencia para explicar a un grupo de guiris con cara de circunstancias

lo que fue la ruta del bakalao. Paso de largo y me fijo en la tecnología que utilizan ahora los dj’s para trabajar (vinilos y, sobre todo, el ordenador conectado a cualquier aparato) y en el público. Me llama la atención la gran cantidad de personas con estética hippie, pese a que lleven cámaras reflex y teléfonos inteligentes, y me vienen a la mente las fotos que he visto de Woodstock, aunque sustituyendo el barro por césped artificial.

Voy a escuchar música, que para eso he venido. En algunos escenarios suena música experimental, con instrumentos poco convencionales, incluidos los que produce el movimiento del cuerpo humano en un sofisticado aparato que hace que cuanto más bailes, más se anime la música. Pensando en que dicho invento es el mundo al revés (yo creía que era la música la que hacía mover el cuerpo), me topo con un concierto de FM Belfast y me vengo arriba. Como yo, la gente se vuelve loca con la versión que los islandeses hacen de ‘Pump Up the Jam’ en clave de pop fresco y gamberro.

Ahora que estoy emocionado, reflexiono sobre la gente que he conocido en el festival y deduzco que, definitivamente, el público del Sónar es consumidor de porno. Lo deduzco porque me abordan, se hacen fotos conmigo, me dan datos sobre películas en las que presuntamente aparezco y que ni siquiera recuerdo haber rodado, me abrazan, me preguntan si estoy filmando algo durante el festival y, por supuesto, se ofrecen a salir en esa película inexistente. También me arrastran de vez en cuando a los lavabos para invitarme y yo, que soy una persona educada, no puedo declinar la oferta porque, si rechazo la invitación, se lo toman como una ofensa personal. Así que pienso que, en vez de buscar el anonimato, lo mejor es llevarse bien con todo el mundo y acabo mimetizado con el entorno.

Sónar de noche

Alucino con la capacidad de regeneración de la peña. Hay gente que hace solo una hora estaba física y mentalmente destruida y aparece fresca como una rosa. Yo apenas puedo caminar sin apoyarme en las paredes del interminable pasillo por el que accede la prensa. En la penumbra, sé que voy por el camino correcto porque, como la Caroline de ‘Poltergeist’, voy hacia la luz. Al final, aparezco en el Sónar Club y mi alma da un vuelco: Röyksopp & Robin en el escenario. Suena ‘The Girl and The Robot’ y me pongo eufórico. Guardo la camara y me sumerjo en la música, descomponiendo mi cuerpo con movimientos imposibles. Entonces me atrapa un grupo de osos de algún país nórdico. Me abrazan, me besan con sus tupidas barbas y deciden que soy su nuevo mejor amigo para esa noche. Escurro el bulto y me doy de bruces con unos autos de choque de feria. Unas guiris disfrazadas de indias arapahoe con zapatillas aprovechan mi sorpresa para secuestrarme y me llevan hacia su auto de choque diabólico. El tipo al que se le ocurrió montar una atracción así en un festival de las dimensiones y el espíritu del Sónar debe de tener una mente muy retorcida: decenas de personas que han tomado cócteles extremos atrapadas en una atracción que consiste en darse de hostias con un coche de broma. Temo por mi integridad y huyo antes de que un loco me ampute una pierna.

Creo que he caminado demasiado y busco un escenario para relajarme. Encuentro un DJ Set al que concedo una oportunidad, pero nada me convence. Así que me siento a tomar una cerveza mientras escucho, sin prestar demasiada atención, sesiones de dj’s que no me sorprenden. Y, de repente, suena ‘We Will Rock You’ en un remix a ritmo de Dirty Dutch y se me pone la piel de gallina sin quererlo. Signo de que he vivido demasiadas emociones en 13 horas de Sónar y ya es hora de retirarme antes de que esto se complique todavía más.

Sonar2014 from Primera Línea on Vimeo.

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