El sexo de Lucía Oda al miembro (masculino)

Estrenamos blog, un rincón en el que nuestra experta en sexo de cabecera (y de incógnito) alternará confidencias con reflexiones, consejos y quintales métricos de humor y pensamiento lateral. En su primera entrega, se declara falocéntrica. Es decir, partidaria de casi cualquier tipo de sexo que incluya un pene por medio.

Oda al pene
Lucía | 05/07/2016 - 11:33

Me gustan las vergas, confieso.

No digo todas en general, ni mucho menos, me refiero a que me gusta el miembro viril, erecto, claro está, cuando lo ves desafiante, crecido, pidiendo guerra, gritando a quien quiera oírle: “aquí estoy, ¿qué pasa?”. Un falo erecto es tremendamente hermoso.

Siempre he envidiado, además, un poco al menos, que los hombres measen de pie, frente a nosotras que tenemos que sentarnos: tendrá que ver con el patriarcado o no, vaya usted a saber, pero eso de poder miccionar bien erguido le da a esta cuestión tan prosaica un aire más digno, no dirán que no.

Pero volvamos a la verga en sí. Les decía que me gusta, que soy tremendamente fálica, que casi soy masculina en el sexo, que paso por encima de los preliminares porque tengo prisa por llegar al falo. Seré falocéntrica, y con ello quizás me esté perdiendo otras cosas (quizás sea por esto que nunca me sentí especialmente tentada de tener sexo con otras mujeres), pero es que me gusta sentir el pene dentro, bien sea en mi vagina o en mi boca. Si el INE hiciese una encuesta y preguntase qué les gusta más, si el sexo vaginal o el oral, tendría muy difícil dar una respuesta: ambos me pirran.

Lamerla como si estuvieses chupando un Calippo

No hay nada más placentero que comerse un buen miembro masculino: mejor si ya está en erección y si no, flácido y saborearlo con toda la boca y sentir cómo va creciendo dentro, hasta que notas los vasos sanguíneos y sabes fehacientemente que él está deseando penetrarte. Qué gusto recorrer con la lengua, sea con la punta o con toda ella, la longitud del pene: desde abajo hasta el glande y regodearse en éste con gula, chuparlo como si estuvieses comiendo un Calippo en pleno verano, como si fuese la tetina de un biberón y tuvieses mucha sed. Qué maravilla introducirse todo el pene en la boca, o lo que entre, hasta que te dé en la garganta, relajando ésta como sabiamente hacen las Tigresas Blancas, esas doctas asiáticas en materia de felaciones. No hay mayor placer que hacerlo y ver cómo él pierde el sentido de puritito placer…

Y qué decir de los testículos: a algunos hombres no les gusta que los estimulen durante el sexo oral (conviene siempre, si no conoces bien los gustos de tu partenaire en la cama, preguntar antes) pero si ambos están de acuerdo, es otro placer infinito chuparlos suavemente e introducírselos completamente en la boca, succionando con dulzura. Y cuando él esté a punto de correrse, cuando notes que ya no te cabe más miembro en la boca, cuando te sabes Diosa porque le estás volviendo loco en la cama, parar dos minutos y decidir: ¿me subo a horcajadas y le cabalgo hasta que nos corramos o le pido que se corra en mi boca?

El sexo de Lucía

 

Algunos alimentos endulzan el sabor del semen

No a todas las mujeres les gusta que eyaculen en su boca (no digamos ya tragarlo) y es verdad que el sabor del semen es fundamental (hay alimentos como las frutas o algunas especias como la canela, que lo endulzan y otros a evitar, como los espárragos), pero si sabes disfrutarlo es casi el paroxismo del sexo, el broche final, la guinda sobre el pastel: quedarte con toda su esencia, paladearla en tu boca.

Es casi tan gratificante decirlo como pedírselo: “córrete en mi boca que me lo voy a tragar todo”. Les volverá locos y tú te sentirás poderosa. Cuidado: que también me gusta que se corra en mis pechos, verle erguido frente a mí, destrozándose el pene con la mano, con prisa, deseando que llegue el momento del orgasmo y entonces, sentir toda su leche, caliente, grumosa, en mi pecho o en mi cara, y tomar algo de esa delicia con mis dedos y metérmelos en la boca y olfatearlo como un animalillo en celo. Y es que nada nos muestra más tal y como somos, animales en definitiva, que el sexo.

Si no, otra opción, la de sentir ese falo en tu vagina es igual de embriagadora: qué sensación tan placentera la de meterse una buena verga, mejor poniéndote arriba si te gustan las penetraciones profundas, y cabalgar y frotarte a su miembro, con ansia, con saña, hasta que no tengas abductores y sientas que te corres. Y parar, si puedes y retomar después con la misma ansia, o dejarte llevar si no puedes aguantarte más y sentir cómo se corre dentro de ti, cómo en ese momento final se hincha aún más la polla para darlo todo, como en un canto al trabajo bien hecho.

Lo dicho: me gustan los penes. Casi me atrevería a decir que se merecen un monumento.

El sexo de Lucía es el heredero en la web de ‘Primera Línea’ de este otro blog.

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