Vicio y subcultura PILF’s, el carisma sexual de las políticas

Blánquez se embarca en una excursión viciosa a las entretelas de la erótica del poder y saca a la luz un par de verdades incómodas: que Sarah Palin es el nuevo negro en Estados Unidos y que a los hombres españoles modernos nos ponen más las políticas que las folclóricas.

Lisa Ann como Sarah Palin
Javier Blánquez | 15/03/2016 - 9:41

Cuando apareció por primera vez el acrónimo MILF, de esto hace ya bastantes años, tuvimos que iniciar un largo y complicado proceso de pedagogía para explicar en qué consistía la cosa.

Era en una época en la que la gente, por lo general, sabía poco inglés e incluso cinco palabras tan básicas como ‘mother I’d like to fuck’ exigían una traducción simultánea, por si las moscas, pero aún menos se era consciente de la pujante atracción erótica de la edad adulta.

La obsesión por las señoras maduras se llevaba en privado, todavía no estaba aceptada como una corriente mainstream de la que se hablaba abiertamente y sin pudor, y convendría recordar cómo, en los inicios del lento boom de lo MILF, todavía había muchas risas, caras de estupor e incluso reprimendas desaprobatorias cuando se celebraba el tronío y la buena genética de una mujer de bandera.

Todo esto ya ha cambiado, por suerte: el mercado MILF está fuerte en la red, el porno que más se busca es, por lo general, con una dama noble y curtida llevando las riendas del sexo, y para los que siempre quieren ir más allá, se ha inventado el acrónimo GILF para suavizar lo que antes, de manera mucho más soez y bruta, simplemente se llamaban ‘grannies’. Cada cual se excita con lo que le da la gana, y hay gente para todo.

 

Un concepto nuevo

Una vez asimilado lo MILF, en 2016 toca hacer pedagogía de un concepto aún más espinoso: el de PILF. Si vamos a buscar en Urban Dictionary, las definiciones son muchas y contradictorias: desde ‘Pokémon I’d like to fuck’ -que ya es ser retorcido, de tener la mente muy sucia– a ‘platapus I’d like to fuck’, siendo platapus una versión ortográficamente incorrecta en inglés del ornitorrinco, esa especie de pato con plumas.

Pero hay una que se aproxima a donde queremos llegar: ‘President I’d like to fuck’, pues incluso los presidentes y las presidentas son polvazos, y tienen seres humanos, que diría Rajoy en pleno subidón disléxico -y que conste que don Mariano no tiene en principio, de lo primero, ni quizá tampoco de lo segundo-. Pero como la letra P sirve para muchas cosas, incluso para hacerle una impresión 3D y jugar con ella al pádel, aquí la utilizaremos como la inicial de ‘politicians’, o sea, de ‘políticos’. Porque admitámoslo: está últimamente el personal que se cepillaría hasta a Rita Barberá, llegado el caso.

 

El estado de la nación

La política, en España, se ha convertido en el nuevo porno. Quizá ya no por mucho más tiempo, pues se empieza a notar el hartazgo tras la resaca de tanta información, de tertulias y de luchas intestinas por el poder -conseguir poltrona y carguito, pisar moqueta-, cosas que, al fin y al cabo, al ciudadano de a pie ni le arreglan los problemas y le dan más dolores de cabeza de lo normal. Pero todavía hoy se siente la obsesión por ciertas señoras de los partidos con representación en el Congreso, los municipios y los parlamentos autonómicos,  tanta que incluso hay groupies de ministras y diputadas, y saltan chispas de vez en cuando, tras una rueda de prensa.

Lo de las ‘politicians I’d like to fuck’, que comenzó a ponerse interesante cuando circularon por internet las fotos fake de una supuesta Teresa Rodríguez (Podemos Andalucía) en topless en una playa, mostrando los bajos bien afeitados, no ha remitido y en algún momento puede que se vuelva algo general, corriente en las conversaciones de bar. Porque una cosa es tomarse la política como algo visceral, tener ganas de votar -por la continuidad o por el cambio- y sintonizar la cadena de Marhuenda para ver qué se saca esta vez para defender al PP. Y otra cosa muy distinta, por ejemplo, es ser admirador sexual de Soraya, la vicepresidenta.

No hace muchos años, los conceptos MILF y PILF se juntaron en una especie de conexión cósmica en Estados Unidos, cuando en pleno apogeo de la derecha ultraconservadora -es decir, el Tea Party, el extremo más cafre del partido republicano-, se puso de moda la gobernadora de Alaska, Sarah Palin. Palin era la típica señorona yanqui con gafas de profesora de lengua, vocabulario de madrastra masoquista y mucha curva, y de repente la colectividad pronunció, no al unísono pero con bastante unanimidad, las palabras mágicas: “pues está muy bien para su edad”.

Y Estados Unidos de punta a punta comenzó a fantasear con Palin, hasta el punto de que la actriz porno Lisa Ann (ya retirada) retomó sus años de gloria y relanzó su carrera como MILF con ‘Who’s Nailin’ Paylin?’, una serie de vídeos en los que se caracterizaba como la bestia negra de la derecha y se cepillaba a contrincantes de la oposición y a un par de militares rusos. Luego se descubrió que Palin era una adúltera consumada y bajó el nivel de morbo, porque una cosa es fantasear con ello (y con uno mismo) y otra confirmarlo (con otro), y en el ínterin Lisa Ann se consolidó como mito del porno. La política demostró, pues, que tenía una fuerte influencia. La erótica del poder no era un mito.

Lisa Ann

 

Aquí, en España, hemos tenido varios episodios de obsesión bastante interesantes. El primero es el que tiene a Cristina Cifuentes, presidenta de la Comunidad de Madrid, como protagonista. Cifuentes, además de ser una señora estupenda que parece que esté prolongando su juventud año tras años -pelo lacio y largo, de un platino teñido ligeramente choni pero sin llegar a cruzar el límite, siempre de traje chaqueta pero sin olor a rancio, gusto por las motos de gran cilindrada, el heavy metal y a llevar tatuajes escondidos en la muñeca y el culo-, hace tiempo que aparece en las quinielas de obsesiones eróticas de gente muy desviada.

La mujer de derechas, severa y clásica, debería incluirse en la tipología de fetiches sexuales: ya no estamos en aquellos días de las películas de Tinto Brass, donde la excitación tenía que ver con esvásticas y mierda muy chunga, pero el marco es muy parecido. La rigidez moral, la rectitud en el comportamiento, un punto sadomasoquista, dolor y dominación: es mucho mejor una dirigente del PP que una dominatriz en una cueva, vestida de cuero y con látigo.

Cristina Cifuentes

 

Por supuesto, está el sector de derechas light, en el que las políticas también podrían ser encargadas de una oficina de Viajes El Corte Inglés -hablamos del sector C’s, del que ya dimos cuenta aquí hace unos meses, el de Arrimadas, Villacís & co.-, y en ese aspecto particular quien ha empezado a tomar impulso es -una vez más- the real deal, el mirlo blanco del PP, Andrea Levy.

Hace unos días, a modo de coña en el programa ‘El Intermedio’, Thais Villas, que es otro ejemplo del alto nivel que tienen las presentadoras de La Sexta, propuso un juego entre diputados del Congreso. La cosa iba así: le preguntó a Levy, jóvena barcelonesa de dientes prominentes y figura escueta, paradigma de la derecha post-adolescente que se revuelve contra el implacable avance de la contracultura de izquierdas, a qué diputado de una bancada rival se cepillaría, y sin dudarlo Levy identificó a un tipo de Podemos con melena leonada, barba sexy, muñequeras y buena planta que respondía al nombre de Miguel Vila.

 

Otra esfera de intereses

No hubo romance, que Vila tiene novia y Levy, en realidad, tiene asiento en el Parlament de Catalunya, pero cuando los políticos ya se tiran los trastos entre ellos, aunque en principio sea pura endogamia, también es síntoma de algo: que interesan más -perdón por el juego de palabras fácil- los coños que los escaños.

Andrea Levy

 

Hasta no hace mucho, sólo las concejalas de pueblos minúsculos, tipo Olvido Hormigos o aquella señora de Ciudadanos que salió en ‘Interviú’, se las daban de frescas y licenciosas en esta España que vivía ajena a la política, que estaba más interesada por el fútbol y el ‘Sálvame’, y que por GILF sólo les salían Carmen Lomana y Rosa Benito. Pero desde que comenzó la política pop, ya se mira al personal con otros ojos: las mujeres hablan sin tapujos de lo buenísimo que está Albert Rivera, alias el Empotrador, y otras se fijan en la notable dimensión del paquete de Pablo Iglesias.

Y para equilibrar la balanza, se investiga la vida personal de Andrea Levy, no sea que esté disponible para cualquier clase de menester, y suben las audiencias cada vez que Cifuentes aparece con la coleta recogida en un programa de entretenimiento (tertulia o no). En definitiva, parece que por fin nos ponen más las políticas que las folclóricas. La era PILF ya está aquí.

Olvido Hormigos

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