El sexo de Lucía Tipos (y tiempos) curiosos

Tras echar un polvo juntos y no volver a verse el pelo, él contacta con ella a través de una red profesional. Y Lucía se pregunta qué lleva a los hombres a tener este tipo de comportamientos, lo que da pie a una reflexión sobre las redes sociales y los tiempos en que vivimos.

Lucía y el Tinder
Lucía | 20/10/2016 - 12:15

Antes, cuando era joven (virgen santa, cómo queda esta expresión), yo tenía tendencia a pensar que atraía a los raros, que era como un imán para los tipos extraños.

Hoy sin embargo, y oyendo hablar a mis amigas, me he percatado de que debe haber una epidemia, no sé si debida a los efectos tardíos de Chernobil, de tipos raros. ¿Cómo defino raro? No, no me refiero a que sea un ermitaño que le guste leer a Agustín Fernández Mallo. Para nada: para mí un tipo raro, con comportamiento extraño, es sobre todo aquél falto de coherencia, de lógica, de sentido común, inmaduro, que se le ve a lo lejos que es un Peter Pan, bipolar (qué miedo me dan los bipolares), ciclotímicos, que hoy dice negro y mañana blanco…

Será porque soy algo germánica, pero para mí la coherencia es harto importante en la vida.

 

El retorno del mamut

Él era raro. Ya he hablado de él en una ocasión en este ágora de debate, de hecho, le dediqué el post Tirarse a un mamut, porque fue manifiestamente malo en la cama y demostró muy poca clase con su última petición al final del encuentro sexual. Cosas que pasan oye, tampoco vamos a fustigarnos.

Pero lo curioso a mis ojos es que, después de echar ese polvo, de no volver a dar noticias (sí, yo tampoco las di, porque por mi experiencia sé que a los tipos que te encuentras hoy en día les da miedo volver a decir hola, o que se lo digas. Deben pensar que acto seguido les vamos a decir que nos casemos y tengamos ocho hijos, cuando no es el caso vaya).

Lucía y el Tinder

 

Sigo, cuando el retoño de mamut ni siquiera plantea una caña (porque oiga, ¿por qué no vas a ir de cañas un domingo), cuando pasa casi un año de la cita, va el tío y me contacta por Linkedin.

Sí, lo que leéis: me envía una invitación en Linkedin para formar parte de sus contactos. Y yo me pregunto, ¿para qué cojones, si no tienes el mínimo interés en tenerme en tu entorno, ni como amante, ni como amiga, ni como compi de cañas ni como nada… pues para qué narices me contactas en Linkedin?

¿Esperas acaso que valide tus aptitudes? ¿Que te recomienda para algún puesto de trabajo? ¿O lo va a hacer él: “Lucía es periodista, adecuada para este puesto de trabajo e incluso en una ocasión, follamos”? Aunque mira, si alguna empresa buscase recrear los tiempos de los dinosaurios, este sujeto en concreto vendría bien de mamut, esa aptitud yo sí podría validarla…

 

Fenómenos extraños

No lo entiendo: me parece que la gente se aburre, que quiere tener muchos contactos en sus redes sociales (aunque esté luego más solo/a que la una) y que desde luego, tiene muy poquita coherencia. Porque si yo no quiero saber nada de alguien no se me ocurre contactarle en una red social.

Todo esto me lleva a pensar que soy de la vieja escuela (que tiene que ver directamente con la forma en cómo inicié este post): a mí me gusta que me aborden o abordar por la calle; me gustan las distancias cortas; las conversaciones en directo y no por whatsapp; me gusta la gente que viene de frente y que te dice lo que quiere y lo que no, y si lo que quieren es sexo, me agrada que no lo anden disimulando.

Por eso me pone muy nerviosa la incoherencia de todos estos fantasmas que abundan hoy en día: con los que follas un día y aunque les haya gustado el polvo, no vuelven a repetir porque tienen a mil mujeres más desfilando por la pantalla de su teléfono. Que no vuelven a comunicarse contigo pero un día te sorprenden queriendo contactarte por Facebook o Linkedin.

Sí, hay pandemia de fantasmas, de tipos curiosos pero que no generan curiosidad alguna. Vivimos tiempos curiosos y carentes de interés, de frivolidad y donde lo que se busca es tener muchos likes en Twitter y muchos contactos, aunque luego tu vida y tu cama estén vacías.

A mí, de frente. E incoherencias, las mínimas, que ya tiene una el culo pelado de aguantar tonterías.

Lucía y el Tinder

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