El sexo de Lucía Una vida anodina

Una cita clandestina en un hotel, un corsé, unas botas negras y un collar de perro son los antídotos secretos contra la rutina conyugal de una pareja de muy largo recorrido en esta fantasía erótica de nuestra experta en sexo.

Sexo anodino
Lucía | 14/12/2016 - 16:47

Como siempre, a las siete de la mañana suena el despertador. Como siempre, la rutina: levántate, ducha rápida, prepara el café, el desayuno de los niños, él se los lleva al colegio, beso rápido en la mejilla…

Y así todos los días, salvo los fines de semana: cuando vuelves a casa, después de un día en la oficina, más de lo mismo: baño de los más pequeños, cena, algo de tele, algún programa que no haga pensar y casi te quedas dormido en el sillón.

Y así todos los días. Una vida anodina, ya ni apenas se miran, con la de veces que follaban antes, parece que está lejos pero no, qué va, fue hace apenas unos años. Ahora llevan una vida anodina. O eso parece.

 

Doble vida

Hoy han quedado, como el segundo jueves de cada mes. Lo hacen un par de veces al mes, la primera fecha intentan respetarla y la otra se establece en función de las agendas. Siempre es el mismo hotel: uno que está a unas manzanas de casa, para no perder tiempo en los desplazamientos, con una decoración un poco barroca, un poco al estilo ‘Histoire d’O’, que se presta perfectamente a sus fantasías.

Adela suele llegar primero, y va preparándolo todo: esa mañana, cuando salió de casa, se llevó un bolso más grande, en el que había dejado preparado ese corsé negro tan elegante y que tanto le pone, la fusta, las velas, las esposas… Se vistió con una falda ajustada y se puso las botas negras de tacón de aguja, otro elemento fundamental en la indumentaria.

Lo primero que hace al llegar a la habitación del hotel es darse una ducha y ponerse por el cuerpo ese aceite tan untuoso, tan suave y erótico que ella misma se lamería el cuerpo si pudiese. Carlos suele llegar un poco más tarde y ya lo encuentra todo preparado: conoce al dedillo las reglas. Según pasa la puerta de la habitación, deja de ser dueño de sí mismo y pasa a ser un juguete entre las manos de Adela.

Sexo anodino

 

Entre sábanas

Adela le quita la ropa, y tirándole suave pero firmemente del pelo, se lo lleva hasta la ducha. Allí, mientras él siente las gotas de un agua casi hirviendo quemándole la piel, ella empieza a masturbarle: la verga se le pone durísima solo de imaginar lo que queda por llegar.

Tras la ducha y sin secarle, Adela le coloca el collar de perro y, a cuatro patas, ella con su corsé y sus botas negras altas y él totalmente desnudo, se lo lleva cual can hasta la cama. Pero antes de dejarle que se suba se pone a sus espaldas y le come el ano: restriega su lengua en el culo de su marido hasta que le oye gemir de placer. Tras la lengua, la punta del tacón de su bota: ay amor, no hay placer sin penitencia, le dice Adela la dómina.

Con la polla erguida como una espada y el líquido pre seminal que sale sin permiso, Carlos se tiende en la cama: a veces boca arriba, a veces boca abajo, según los caprichos de Adela. Hoy le ha puesto una máscara negra, solo se le ve la boca. Le tumba boca arriba y la mujer, hoy especialmente caprichosa, se abre de piernas en la boca para que él pueda meterle bien la lengua en el coño, que ya llevaba un buen rato mojado. “Chúpame bien, cabrón”. “Sí, ama”, atina a contestar él.

Adela se corre, un par de veces y Carlos tiene que hacer esfuerzos para no eyacular: “No puedes correrte sin mi permiso le dice ella”, y le da un bofetón tras retirar el coño de su boca. Le coloca a cuatro patas en la cama y empieza la sesión de azotes en el culo, que se vuelve rojo como un tomate y Carlos gime y gime, está a punto de correrse. No puede más.

Adela le castiga este jueves sin penetración, le dice que hasta el próximo día no podrá penetrarla. En compensación, se pone bajo él y le come la verga, primero suavemente, luego con violencia, hasta que le llega a las amígdalas. Chupa, succiona, bebe, lame… Carlos explota: se corre como un toro en la boca de Adela, que se ríe mientras se queda con toda la corrida, relamiéndose como si fuera una niña que disfruta de un helado de chocolate.

Exhaustos, se tienden en la cama, se ríen, se toman una copa. “Ostras, las ocho, hay que irse, no llegamos”. Recogen la ropa, ya se ducharán en casa después, y pasan por casa de los suegros a recoger a los niños.

Se diría que llevan una vida anodina.

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