Vicio y subcultura Dejemos a la gente follar tranquilamente en público

Blánquez vuelve de vacaciones en plena forma. Uno de los sucesos del verano, el día en que pillaron a Sánchez Dragó follando en un bar a la vista de todo el mundo, le sirve para reivindicar tanto los polvos en público como la figura del escritor políticamente incorrecto de derechas.

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JAVIER BLÁNQUEZ | 31/08/2015 - 14:10

Es una pena que la gente, por lo general, no acostumbre a follar en público. De tanto en tanto escuchamos historias entrañables de una pareja dándose duramente en una playa, a la vista del personal, o incluso en el centro de una pista de baile en una discoteca, y cuando eso sucede la reacción de los espectadores es invariablemente la misma: la atención se centra en el coito, nunca hay una manifestación de reproche o violencia en contra, nadie aparta la vista ni interrumpe la faena sino que se jalea, se crea una dinámica como de espectáculo deportivo. No solo se aprecia el valor de hacerlo a la vista de todo el mundo, sino la coordinación de movimientos, la implicación, el instante de abandono lujurioso con final explosivo. Cuando está la gente follando para que se les vea, no hay mucha diferencia entre eso y el fútbol.

Nos gusta ver a dos fornicando, y nos gusta más en directo que en plasma. Una película porno raramente se pasaría ante un grupo numeroso de personas ávidas de espectáculo, en pantalla gigante y con cervezas, porque llega un momento en el que la ceremonia del porno, tan estudiada, tan profesionalizada, es incapaz de enmascarar una sensación de mentira, de guion, de narrativa ficcionada. Pero cuando estás en un bar y resulta que hay una pareja dándose el lote, con tanta torridez que ella acaba encima de él, a horcajadas, gimiendo como montura cansada por un largo viaje por caminos de piedras, no importa lo que haya en la televisión, ni el copazo que te acaban de traer, ni el ajustado tanteo de la partida de dardos de la pared de enfrente: el show está en el reservado.

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Ocurrió a mediados de agosto, cuando en el rutilante bar José Alfredo de Madrid, heredero del enclave retro-casposo por antonomasia, el Toni 2, la parroquia se quedó atónita ante la monumental corrida -en el sentido taurino del término- que ofició el escritor Fernando Sánchez Dragó en uno de los sofás, tremendamente bien compenetrado con la periodista, escritora y también colaboradora del nuevo programa del escritor en Televisión Española, Anna Grau. Lo hicieron a la vista de todos y no les importó, dejándose llevar por el fragor caliente del momento, comiéndose el bozal a mordiscos, mojando el churro como si fuera ésta la última noche del sistema solar. Hay fotos que lo atestiguan y tuits in situ, como los que emitieron los miembros del grupo indie-rock Rusos Blancos, documentando el momento histórico en el que el autor de ‘Gárgoris y Habidis. Una historia mágica de España‘ demostró que era posible aquello que cantaba El Chivi, el sexo en la tercera edad.

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Aquellos tuits eran un reflejo de la reflexión del comienzo de este texto: la sensación de comunidad que se había formado en José Alfredo ante el inesperado suceso coital del Premio Planeta para mitigar el bochorno de la noche de Madrid. Todo el mundo móvil en ristre haciendo fotos y grabando, cruzándose miradas cómplices y dándose codazos en el brazo en plan “hostia, tío, ¿lo estás viendo?”, siempre con ese deje de máximo respeto ante el gesto generoso de compartir un acto tan íntimo, y además ayudando a entretener las horas durante las semanas más aburridas del año, las del verano en una ciudad de vacaciones. Es cierto que Dragó era reincidente -a juzgar por un comentario del local en Tripadvisor, algo negativo, que le restaba glamur al bar por verse que el amante de los gatos de vez en cuando echaba, polisémicamente hablando, su polvete sobre las mesas-, pero nadie lo sabía en ese instante. Era un pequeño secreto íntimo hasta que se hizo global, y se dio ese momento de comunidad íntima, de miradas cómplices y abrazos, como cuando Messi marca un golazo.

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Antes de seguir, vaya por delante mi absoluto fanatismo por Sánchez Dragó, espléndido orador, cultísimo de verdad aunque demasiado exhibicionista de su vis pedante, lector ávido y narrador más lioso que enrollado, proselitista de la fauna gatuna y referente en el comentario sobre materias tan interesantes como drogas, misticismo, religión, filosofías del underground, Japón y toros, que son asuntos que nos interesan mucho. Somos conscientes del rechazo que provoca entre determinados círculos apegados a lo políticamente correcto, pero precisamente eso es lo que mola de Dragó: que las convenciones, que el bien quedar, le tocan un pie muchísimo y no le importa lo que opine el personal, y si hay que follar a puerta gayola se hace, y si hay que hablar de las propiedades beneficiosas de la marihuana o el LSD, también (Dragó fue quien nos enseñó a hablar de enteogenia, en vez de psicodelia, al disertar sobre los ácidos y las variantes del éxtasis). Habrá a quien le dé asco, pero a él no. La prueba es que, pudiéndosele haber intentado hundir, como en el episodio aquel de las lolitas japonesas que se trajinó en Tokio siendo un zagal en los años 60 (que no a los 60 biológicos, que eso sería asqueroso), ahora le respetamos más que nunca.

El cialis que toma Dragó es de una calidad excelente, y a los hechos nos remitimos: a sus casi 80 tacos al hombre le funciona el taller a pleno rendimiento y es capaz de dar lecciones de fornicio a mucho polluelo joven con tendencia al gatillazo. Aparte de que no está nada mal el nivel de sus conquistas: a la mujer japonesa le hizo un hijo hace poco, y además tiene la libertad dentro del matrimonio para escaparse por ahí y echar una canita al aire entre copichuelas y chupitos. Cuando se estrene su programa, que se llamará ‘Libros con wasabi’, sin duda lo veremos: creíamos que no podía ser más dios, pero ciertamente se ha superado.

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El ejemplo de Dragó nos reafirma en la reflexión anterior: no sólo la gente debería animarse más a follar a la vista de todos, sino que incluso deberían habilitarse zonas discretas, apartadas, pero bien visibles, en ciertos locales que quieran ser la vanguardia de esta práctica. Imagínese entrar en su bar de siempre: antes, las distracciones eran el partidazo del Plus, la mesa de billar o una selección de fotos del dueño con VIPs de toda índole (aquella noche en la que vino Jaime Cantizano con unos colegas y se hizo un retrato de recuerdo, por ejemplo). Pero si hubiera el rincón de follar -si Risto Mejide tiene el de pensar, habrá que darle una chance a otras necesidades del body-, la gente sabría que tendría periódicamente un espectáculo sorpresa, lo suficientemente breve como para no aburrir y lo suficientemente singular como para levantar vítores, jaleos y hasta la ola entre la parroquia. Si Sánchez Dragó ha unido a toda España con un solo polvo furtivo, qué no hará por este país un tsunami de sexo en público, universal y gratis, como la nueva sanidad post-PP. Pasaremos del una, grande y libre al lema que hizo eterno a Rocco Siffredi: una, grande y venosa. Merece la pierna. Reflexionemos.

 

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