Vicio y subcultura El año del culo

Javier Blánquez inicia con este post un nuevo blog, llamado ‘Vicio y subcultura’, cuyo nombre ya lo dice todo. Y, para arrancar, nada mejor que empezar por detrás, por el culo, considerado el gran triunfador a nivel mediático en este año 2014 de crisis, corrupción y ojetes.

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JAVIER BLÁNQUEZ | 19/11/2014 - 14:04

La educación sexual es un ‘work in progress’, y cada cierto tiempo hay que volver a explicar cosas que las generaciones más talludas suelen dar por aprendidas, pero que las jóvenes camadas todavía no han acabado de incorporar comme il faut a su repertorio de apareamientos y sus reglamentarios prolegómenos. Sólo así se puede explicar que el típico artículo que acostumbra a aparecer tanto en las revistas femeninas como en las webs canallas de tendencias -generalmente con el epígrafe ‘La Guía Vice para comer coños’ o ‘Masturbación: lo que nadie antes te había contado (pero Cosmopolitan sí)’- tengan tanto éxito: naturalmente, hay quien entra para repasar la lección y consumir el tiempo divertidamente con reflexiones del tipo ‘esto ya lo hago bien, pero me tengo que currar más lo del dedo’, aunque también hay quien no tiene ni idea de cómo se baja a la mina.

Si con el tema del cunnilingus hay despiste -como bien dicen mujeres experimentadas, no se trata de meter la punta de la nariz y ver qué ocurre-, imagínense el complemento conocido como annalingus. O lo que los anglosajones, pasando olímpicamente del latín, llaman ‘rimming’ y nosotros, brutos como un arado que somos, sencillamente ‘comida de ojete’. Hace unas semanas, la revista especializada en hip hop ‘Complex‘ ofrecía a sus lectores en la edición online un memorable artículo que explicaba, paso por paso, cómo chupar bien el cerito sexual, ayudando así a derribar uno de los pocos tabúes que quedan en la práctica heterosexual: que el hombre acepte trabajar allí donde se abre uno de los siete chakras, y también que se deje trajinar por la mujer en el último y sacrosanto bastión de resistencia de su integridad masculina -todavía hay mucho orgullo por mantener virgen el floreto-. Porque esto ya se sabe: dejarse lamer es de invertidos, y un hombre de verdad no visita la retaguardia de su pareja nada más que con la lanza en ristre, y como mucho se deja meter la puntita del dedo en momentos especialmente húmedos. Pues bien, no. Esto se acabó.

El ojete: Instrucciones de uso 

La guía Complex para comer el culo -escrita, no con el ídem, sino con una gracia salada descacharrante-, incluía consejos como depilar adecuadamente esa zona –“nadie quiere meter su lengua en una selva”, venía a decir-, trabajar bien las nalgas antes de concentrarse en la entrada de la cueva, humedecer abundantemente para conseguir una adecuada dilatación que facilite el trabajo en las paredes del recto y, por supuesto, no soltar ninguna ventosidad -céfiros infectos, como bien las describió don Francisco de Quevedo en su panfleto jocoso ‘La culta latiniparla, o como diría el refrán, “entre un cerro y otro, rebuzna un potro”– en pleno trance del rimming. Si así se hiciera, la experiencia sexual sería más completa, satisfactoria y además dejaría en la lengua ese característico sabor como a metal antiguo, el que se te queda cuando muerdes una medalla de bronce en un torneo de petanca, que poco a poco va conquistando a gourmets de la degustación caníbal. Y si se observa atentamente ahí fuera -en los blogs de hip hop y en la industria del porno, dos subculturas especialmente obsesionadas con el booty-, se observará que poco a poco el rimming deja de ser underground y se consolida como mainstream. Parafraseando a Podemos, el miedo (a husmear y frotar la abertura del orto) ha cambiado de bando.

Y es que, si se repasan varios acontecimientos recientes de la cultura pop, era fácil prever que todo esto iba a desembocar en lo que algunos medios ya están llamando, con fanfarria de trompetas, ‘2014, el año del culo’. A finales de 2013 fue la foto robada del móvil de Scarlett Johansson, en la que lucía unos cuartos traseros de adecuada forma esférica, así como la popularización del twerking, que tiempo atrás triunfaba en los guetos negros, donde se llevaban más las competiciones de menear las nalgas al compás de una polirritmia electrónica que los típicos concursos de camisetas mojadas de la basura blanca que acaba apareciendo en los vídeos de Girls Gone Wild. Resultaba que Miley Cyrus era enjuta de carnes, pero al ponerse en pompa y restregarse contra la cara de Robin Thicke estaba llamando la atención sobre el cambio de paradigma: en su particular lectura del feminismo, Miley estaba diciendo que las mujeres reclamaban de sus hombres que hicieran el esfuerzo de satisfacer sus necesidades anales como previamente habían aprendido las del clítoris.

El triunfo del culo

Alguien dirá: la obsesión por el culo siempre ha estado ahí. Por supuesto, sólo faltaría: el culo lleva ahí más tiempo que la puerta. Pero el culo, para el varón heterosexual de costumbres tirando a cavernícolas, descendiente de la estirpe de los hotentotes, los cafres y los ostrogodos, siempre se había identificado como un territorio de conquista: es aquella parte que se agarra a manos llenas, que se asalta con violencia y que se invade por sorpresa como una blitzkrieg en los alrededores de Polonia. Hubo un tiempo en que también se entraba por delante de la misma forma impetuosa, como quien derriba las puertas del castillo con el ariete adornado con cabeza de carnero, a golpes, hasta descuajaringar los goznes. Pero el ojete reclama amor. Hay otra forma de conquista más gratificante, más basada en la paciencia y la delicatessen, que ofrece una recompensa pequeña pero valiosa como la de encontrar una perla en el cascarón de una ostra. Y es ahí donde ha hecho su magia Nicki Minaj, la que antes fuera la equivalente negra a Lady Gaga y ahora reina en el circuito del pop comercial y el hip hop como The Queen of Ass, la estrella que ha desviado la mirada de los atributos habituales para que finalmente se pose en la puerta de atrás -para muestra, échese un vistazo pausado a su cuenta de Instagram-.

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La portada de ‘Anaconda, primer single de un álbum que tiene que ver la luz a mediados de diciembre -si no hay más retrasos-, es la demostración de que el culo ha triunfado en 2014 por encima de la pechuga, el muslo y el monte de Venus. En cuclillas como quien va a mear entre un par de coches, pero con la mirada hacia atrás, indicando el camino directo hacia las posaderas, con los brazos indolentemente colgando -claramente diciendo “ven a por esto, no opondré resistencia si lo haces como debes”-, Nicki Minaj estaba ofreciendo un culo generoso que reclama satisfacción plena y pausada. Era una invitación al macho hetero a dejarse vencer por la tentación del ojo arrugado. El videoclip del mismo tema, en el que se le ve agitando el flan de magro ante un Drake hipnotizado por el portal dimensional de Nicki, dice lo mismo: a partir de ahora, el culo no es un túnel clandestino que debe ser perforado, sino una puerta hacia el cielo que hay que abrir utilizando, igual que Gandalf en las Minas de Moria, una lengua específica: en el caso del mago, ya se sabe, es el élfico, y en el nuestro, la que, susurrando “abracadabra“, enrollamos sobre sí misma para conseguir un extremo más puntiagudo y flexible.

Para quien aún dude sobre la preeminencia y obsesión por el culo en 2014, que repase las fotos de Kim Kardashian en la revista ‘Paper‘ y su construcción dorsal churrigueresca formada con las adecuadas inyecciones de aceites y grasas animales hasta conseguir una grupa digna de Bucéfalo, Babieca e Incitato, tres de las más eminentes jacas de la historia antigua. Kim, primigenio imán de miradas lascivas gracias a unas nalgas diseñados en laboratorios de la NASA, llevaba tiempo diseñando las nuevas reglas del juego. Antes de que el culo conquistara el mundo, ella ya era una avanzada a su tiempo. Y lo sigue siendo, claro es: habría enseñado las tetas, o el pasaporte, o el sobaco, en las fotos, y no hubiera pasado nada. Pero enseña el culo y medio planeta celebra la visión como si fuera el primer contacto entre terrícolas y extraterrestres, un encuentro en la tercera fase. El ojete, ese gran desconocido. Ese misterio insondable. Pero no por mucho tiempo.

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