Vicio y subcultura Elogio del empotrador

Blánquez nos sumerge en el mundo del vicio y la subcultura con el retrato de un tipo de hombre característico de estos años inciertos: el empotrador. El hombre para el que todo es fácil por su condición de imán para las mujeres.

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JAVIER BLÁNQUEZ | 03/12/2014 - 15:29

Fíjate en sus ojos: tiene la mirada del tigre, como Rocky en los segundos previos a darse de hostias con Apollo Creed, como un defensa del Atleti antes de partir una tibia, como Eduardo Inda cuando cubre de insultos y capellanes a un tertuliano de Podemos. En sus pupilas se concentra la sangre, el icor y la luz roja de los neones en el bar, mientras se le dilatan vigilantes, avizor a cualquier movimiento, como un gato que observa el deslizamiento de una lagartija por la pared. Pero a diferencia del depredador, él no busca: espera. No hay prisa, todo a su tiempo: en el aire flota un pestazo a feromonas que podría tumbar en un momento a todas las activistas del Femen. Despreocupado, alza el vaso de tubo sujetado con tres dedos, delicadamente reposa el borde del cristal en sus labios y le da un sorbo nítido, preciso, ni muy largo ni muy escueto, para mantener el equilibrio en sus humores y sus calorías. Es una retroalimentación energética, una inversión en imagen. No llama la atención, pero se nota, se siente. Con paciencia de santo Job, aguarda a que se precipiten los acontecimientos, y entonces ya es demasiado tarde: ella se le ha acercado con la guardia baja y ha caído en un santiamén. Esa noche, el empotrador se habrá cobrado una nueva presa.

A diferencia del libertino del siglo XVIII, que tenía que picar más piedra que un cantero en Carrara -además de invertir en perfumes, afeites, terciopelo azul y varios modelos de peluca empolvada-, y también muy lejos de lo que nuestros abuelos llamaban ‘galanes’, que eran señores con percha para que les quedara bien un traje de sastrería, un sombrero hongo y un bigotito estilo Dalí -y que tanto podía ser un macho alfa como podía escabullirse por la retaguardia-, el empotrador, ultimísimo eslabón de la cadena evolutiva de la sexualidad masculina, se sirve de un don primordial: el carisma. No necesita nada más: los verás moldeados en gimnasio como si fueran de carne elástica y con peinados ensortijados, peludos y lampiños, con una calvicie avanzada o con la mata leonina de Arcadi Espada, altos y bajos, vestidos de Armani o de Urban Outfitters, descalzos como Beckham en un día hippy o con el último modelo de Nike, pero lo que les une es que follan sin esfuerzo. El hombre de toda la vida se lo trabaja, unos días sale bien y otros días sale mal -es la esencia de la vida-. Pero el empotrador es un imán de chochos.

 

El rey león de los coitos 

No sirve el argumento de que este arquetipo ya existía. En parte sí y en parte no: incluso a Don Giovanni, cúspide de la heterosexualidad rampante, de la caza al por mayor de mujeres de toda edad, condición y color de pelo, el que presumía de haber conquistada sólo en España a 1.003 féminas, tenía que sudar tinta para acabar calmando sus deseos. El gran follador histórico, el más ilustre mito erótico en carne y hueso del que las crónicas han dado noticia –Giacomo Casanova, endulzador de monjas, duquesas decrépitas y costureras-, relata en sus memorias todo tipo de conquistas sexuales, pero también tropiezos y frustraciones. A modo de justificación, Casanova decía que él no conquistaba, sino que se dejaba conquistar. Pero eso no le convierte en un empotrador. El empotrador es otra cosa. Es el T-1000 al lado de una cafetera o un cenicero de aluminio. Es el rey león en la selva de los coitos. No necesita Tinder. No necesita saber hablar, ni dar el primer paso. Si a un panal de rica miel dos mil moscas acudieron, que por golosas murieron, presas de patas en él (copyright: Félix María Samaniego), al empotrador acuden las mujeres como presas de un encantamiento, sonámbulas en su trance hormonal, deseosas de simiente.

El empotrador es un concepto que va más allá del follador. El follador maneja buenas estadísticas generales, pero no necesariamente tiene porcentajes de tiro espectaculares: por una que encesta, quizá ha fallado tres canastas. Su virtud es la persistencia: como el buen pescador, tira la caña y no la saca del río hasta que un pez ha mordido el anzuelo. Algunos días se pesca, y otros no: si este ritual se prolonga en el tiempo, al final el historial causa una impresión de abundancia, aunque en el listado no consten los esfuerzos titánicos ni el presupuesto que finalmente consiguieron financiar la noche triunfal. El empotrador funciona de otra manera: como en una oficina de hacienda, él da turnos de espera y sólo cuando se le despeja la agenda concede una cita, que debe ser necesariamente rápida, a tiro hecho, sin perder el tiempo. Porque hoy en día, quien más quien menos, puede follar -las herramientas de socialización online multiplican las ocasiones, es todo una cuestión de probabilidades; ahora ni siquiera los adolescentes se arriesgan a salir de casa sin haberse rebajado el vello púbico-. Lo que anda caro es follar sin esfuerzo. Y ahí el empotrador es una rara avis privilegiada.

La estratificación social que tan atinadamente identificó Michel Houllebecq en ‘Las partículas elementales’ -la que divide a los hombres entre triunfadores y fracasados sexuales, sin apenas término medio, un síntoma clásico de los años 90- quizá ya haya quedado desfasada. Las nuevas generaciones, que a los 12 años ya saben quién es Manuel Ferrara y se apuntan tempranamente a clases de Pilates para tener el tono muscular que les permita ejecutar las posturas de sus vídeos favoritos en PornHub, no arrastrarán las frustraciones de la era internet, donde todo se tenía que hacer en analógico e incluso caballeros bien servidos como Pipi Estrada tenían que mentir en los datos -3.000 mujeres en su juventud, dijo, sin despeinarse, en una entrevista- para justificar su aura. El aura del empotrador es un concepto importante: antes estaba disimulada entre el pelotón de soldados del coito que, sábado tras sábado, afilaban sus uñas y su declamación hasta lograr un estilo florido, argentinizante, rico en halagos y adjetivos gentiles, que sirviera para camelarse a la gachí de turno. Al perfeccionar el arte, aumentaba el recuento. Pero el triunfo ahora, está, como se ha dicho, en no despeinarse. No en desear, sino en ser deseado.

 

Paladín de lo fácil

Admiramos al empotrador por eso: en una época dura, de escasez de oportunidades, cash flow menguante -miren a Amando de Miguel, pasándolas putas cenando un cartón de sopas Gallo- y premoniciones cenizas del fin de la civilización, nos jode que además haya que currárselo para meterla en caliente. Ahora que el acceso a todo es más fácil -te descargas películas, discos y hasta te hacen descuento del 25% en ropa y menaje del hogar en el Black Friday-, frustra al personal que, siendo fácil follar, no sea encima rematadamente fácil.

Querría el hombre de la segunda década del siglo XXI que, en lugar de ensayar la posición del palique acodado la repisa de la coctelería, las frases testeadas con éxito en un lance pasado, y sacar la Visa oro para el bebercio, las cosas fluyeran como en un guion preescrito. Le repatea que haya especímenes envueltos en halo de santidad, luminosos como Budas, con el carisma más alto que las cotizaciones en bolsa de Inditex, tan ocupados en artes amatorias que necesitarían a lo largo de su vida dos trasplantes de pene, un amanuense que le redactara los whatsapps y un fisioterapeuta para recuperar en tiempo récord, a lo Carles Puyol, los tirones de la ingle, la subida de gemelos, la contracción de la chepa, las pubalgias, incluso una dietista que gestionara el gasto calórico y mejorara el rendimiento. El empotrador llega el día en que necesita un secretario -secretaria no, porque entonces no trabajaría nadie-, o un chico de los recados que le recoja la chaqueta de la tintorería, que le administre la agenda, le planche la camisa y le anude la corbata, que le pase chuletas sotamanga para no confundir nombres, no mezclar identidades, saber que la pelirroja con pecas se llama Yolanda y la rubia de infinita longitud anatómica es letona, y no lituana -que son matices que pueden llevar a equívocos incómodos-.

El empotrador padece uno de los llamados ‘first world problems’: su magnetismo animal es tan irresistible, su campo de gravitación erógena arrastra con una fuerza casi comparable a la de un agujero negro, su predisposición es tan total y su eficacia es tan perfecta -por gatillazo solo le sale una escena de una película de John Woo en la que al chino de turno se le encasquilla el revólver-, que no puede parar de follar. Si en estos tiempos democráticos del fornicio hay todavía clases y aristocracia, el empotrador es el Duque de Alba de las alcobas, el tronista entre tronista. Y por eso merece elogio. Y otro día, si la oportunidad lo permite y el respetable lo demanda, les hablaremos del heterazo.

 

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