Vicio y subcultura Esas películas que dan asquito

En los 70 se hicieron varias películas que daban asco por sus imágenes. Blánquez, que en el fondo es un nostálgico, desea que vuelvan esas pelis gorrinas y repugnantes y apuesta por dos títulos que son la punta de lanza del cine vomitivo.

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JAVIER BLÁNQUEZ | 02/07/2015 - 13:44

Hace unos pocos días por fin llegaba a la red el tráiler de ‘Love‘, la nueva película de Gaspar Noé, la que causó máxima expectación, colas enormes y un poco de caos en su pase ‘golfo’ -bendita sea esta palabra- en una madrugada durante el pasado festival de Cannes. El morbo estaba justificadísimo, porque como explicaban al día siguiente las primeras críticas de la audaz prensa española e internacional allí convocada, la película de Noé no tenía por qué titularse ‘Love‘, sino ‘Porn’, ya que había conseguido cruzar la línea que no quiso traspasar Lars von Trier en ‘Nymphomaniac‘ y ofrecer para el circuito comercial de salas una versión elegante a la vez que sucia del cine X. Sin haberla visto todavía -se estrena en Francia el 15 de julio, y aquí llegará vaya usted a saber cuándo-, lo que nos cuentan de ‘Love‘ es que tiene menos argumento que una película de Andy Warhol, mucho folleteo explícito y, como está rodada en 3D, un momento tan obvio, pero tan épico, como ese en el que un pene majestuoso, en ese punto de rojez brillante previo a la eyaculación (Fernando Sánchez Dragó dixit), lanza un chorrazo de esperma a presión directo al público. Con las gafas puestas, al parecer, uno tiene la sensación de haber salido de la ducha, y no del patio de butacas.

Luego lo pensamos fríamente y, si esto es todo lo que tiene que ofrecer el cine provocador en 2015, si esto es a lo máximo a lo que puede aspirar un cine que cree una sensación de incomodidad en el espectador, la verdad es que nos hemos limitado a trucos muy sencillos y baratos, a pesar de la eficacia (y el dar pie al chascarrillo) que supone una corrida directa al ojo y en 3D. Habría que plantearse también, no solo si Gaspar Noé necesita el 3D (como ‘Enter the Void‘ no necesitaba los efectos especiales), sino si el cine porno en puridad requiere de estos trucos para seguir siendo útil. Tiempo atrás, se publicaban informaciones que decían que la industria del porno estaba experimentando con el 3D, con la realidad virtual (mediante el dispositivo conocido como Oculus), incluso con las gafas de realidad aumentada Google Glass, que parecía que las iba a llevar todo el mundo y al final no las lleva ni el tato, pero lo cierto es que seguimos donde estábamos, en el gonzo sin complicaciones, y en la solidaria dualidad de edades que podríamos resumir con la utilísima frase hecha ‘hoy por teen, mañana por milf’. De progreso tecnológico, poco. Bueno, nada.

Marca de Noé 

A la espera de ver ‘Love‘ de Noé -porque todo lo de Noé hay que verlo-, la sensación previa es que el director franco-argentino difícilmente va a recuperar ya su prestigio (o singularidad, o importancia) como bicho raro del cine, aquel que consiguió que la gente se fuera de los cines, o le deseara la muerte y todo lo peor, por las dos primeras barbaridades que dirigió en su carrera, ‘Solo contra todos‘ -aquella película que culminaba con una escena cruel de incesto y asesinato, y que en lo social se adelantaba en muchos años a la malaisie de la Europa actual, una especie de versión hard del ‘Código desconocido‘ de Haneke-, y sobre todo ‘Irreversible‘, en la que se jugaba el cuello con una durísima escena de violación que el 95% de las mujeres del planeta todavía no le perdonan.

La pregunta sería: ¿qué fue de ese cine que da asquito, el que incomoda y revuelve, el que te obliga a salir de la sala, o parar la reproducción doméstica para ir a potar a los váteres, o para pillar un cabreo monumental? Es difícil encontrar algo audaz en los extremos, básicamente porque los extremos hace mucho tiempo que se exploraron con éxito, y sólo nos queda esperar que alguien se atreva a viajar tan lejos. En los 70 se rodaron varias películas -que la gente de la generación de un servidor pudimos ver en la televisión (¡en la televisión!) en los años 80 y 90- que alcanzaban un nivel de repugnancia, sordidez y maltrato considerable. Citaré sólo tres, aunque podrían ser decenas: aquellas orgías de sangre en ‘Calígula‘ (1979), película que vista todavía hoy deja la sensación de que Tinto Brass se pasó ahí más pueblos que nunca -por supuesto, hay que acceder a la versión sin cortes, la que no se corta en mostrar enculadas que dejan en un asunto menor la mantequilla de Marlon Brando en ‘El último tango en París‘-; la espantosa eyaculación de un ser monstruoso, de pene como una barra de pan de medio, sobre una joven damisela que acababa hasta frotándose con el yogur en ‘La Bestia‘ (1975), de Walerian Borowczyk, y por supuesto ‘Pink Flamingos‘ (1972), de John Waters.

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Después de ‘Pink Flamingos‘ ya no existe el cine asqueroso, todo queda dicho allí. La escena final, ya saben, sin cortes ni trampas, es aquella en la que Divine se acerca a un bonito perro en la calle y, después de que éste deje su mierda en la acera, ella procede a comérsela (un poquito solo) entre arcadas, pero tragando. Hay que tener un estómago de hierro no sólo para hacer lo que hizo Divine (hace falta más que estómago, de hecho), sino para resistir una visión tan asquerosa. ¿Qué ha sucedido desde entonces?

Bien, tampoco hay que ponerse fundamentalista. Se han visto en el cine (más bien en los viejos reproductores de cintas VHS) cosas que nos pondrían los pelos de punta y nos harían devolver hasta la primera papilla, sobre todo en géneros muy al margen del mainstream -esa escena de sexo con un cadáver, con palito y todo, en ‘Nekromantic‘, por ejemplo-, pero el mainstream, que es donde se puede provocar a granel, se ha domesticado tantísimo que ya parece un perrito faldero, y no un unicornio rosa. Por mainstream no hay que entender ni siquiera Hollywood, sino el circuito independiente con aspiraciones a pasar de los festivales a las salas comerciales e incluso a una buena distribución en el mercado del home cinema, ya sea vía Filmin o blu-ray. Y entonces es cuando aparece, sin que te lo esperes, el unicornio rosa.

Alemanes cochinos 

Teníamos pendiente ver ‘Wetlands‘, una película alemana de 2013 que causó furor en el festival de Sundance en 2014 y que a principios de este año se comercializó por fin como vídeo doméstico en el mercado de Estados Unidos. Al final cayó este pasado domingo, en una tarde de aburrimiento. La dirigió David Wnendt, que ya venía de realizar ‘Kriegerin‘ (2011), una cinta sobre una chica neonazi -que en Alemania, a diferencia de los consistorios de España, es jugársela muy fuertemente-, y aunque no pasará a la historia como película extraordinaria, al menos ‘Wetlands‘ sí ha empezado a entrar en los cánones de cintas altamente repugnantes. De hecho, hay webs especializadas que publican su top 5 de momentos que dan para meterse los dedos en la glotis y exonerar el desayuno, aunque cinco es un número reducido para la cantidad de porquería que hay ahí metida. La historia es sencillísima: trata sobre Helen, una loca del coño post-adolescente a la que le va estar en contacto con gérmenes, relacionarse con gente chunga y follar por los descosidos, que un día debe ingresar en el hospital al causarse una fisura anal depilándose las cerdas del ojete con una cuchilla. Allí se enamora de un enfermero y hace todo lo posible para que no le den el alta.

Los momentos repugnantes de ‘Wetlands‘ van de lo hilarante al cierre de ojos inmediato. Comienza con la protagonista buscando el lavabo público más cerdo de toda Deutschland para ensuciarse el potorro con los bordes de los retretes, para ver si pilla algún hongo; luego hay una escena medio explícita de defecación en el pecho de un cantante heavy metal y unos pizzeros que juegan a follarse una peseta (un clásico del viejo servicio militar español) cambiando la moneda por una masa pan de pepperoni; hay caca y moco, que diría don Francisco de Quevedo y Villegas, flujo y sangre, Helen y su amiga hasta juegan a intercambiarse el Támpax. Durante hora y media, aquello parece una colección de aberraciones cotidianas, de cómo retorcer las costumbres hasta hacerlas pasar por pervertidas, una competición por lograr una escena verdaderamente impactante que quede retenida en el ojo como lo está el zurullo de ‘Pink Flamingos‘. Así que, a la espera de ver qué ha hecho Gaspar Noé, una cosa tenemos clara: siguen haciéndose películas que dan asquito, pero cada vez más exclusivas. O porque toleramos más (ya no nos afecta nada, oiga), o porque los que las hacen se esfuerzan menos. Que tampoco es necesario, ojo. Que no es plan de estar de rodillas sobre el retrete todo el día, tenemos cosas que hacer.

 

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