Vicio y subcultura Guía básica para reconocer a un heterazo

Blánquez despide el año con otro alarde de subcultura impenitente y viciosa. Esta vez, toca reflexionar sobre los últimos coletazos del culto al macho en estos años de crisis irreversible de la testosterona.

Retrato de heterosexual sin complejos
Javier Blánquez | 30/12/2014 - 14:38

Los años 80 fueron la última década verdaderamente viril.

Desde todos los frentes posibles se glorificaba la masculinidad en su interpretación más heroica. Eran los tiempos de las bandas de heavy metal de músculo tenso y perlado de sudor, en las que el pelo largo no era un símbolo de afeminamiento (salvo en Poison y Europe), sino de fervor vikingo; era el gran momento de los mostachos y el paquete marcado, la edad dorada de las películas de justicieros que, metralleta en mano -y a veces hasta con un bazooka-, iban pelándose al personal como quien va pisando hormigas por el parque y de todas las formas imaginables: con el cuchillo, con una barra de hierro, a puñetazo limpio, quebrando cuellos como quien parte nueces. Jo, qué tíos.

 

Manowar, pura esencia ochentera

 

Eran tiempos en los que se mezclaban un mundo antiguo, guerrero, temeroso y conquistador, con un mundo nuevo en el que las voces oprimidas empezaban a reclamar unos minutos para que se las escuchase.

Y entonces pasó lo que pasó: allí donde habían dominado las figuras masculinas rotundas empezaron a modificarse los patrones de comportamiento para regocijo de doctorandos universitarios (quizá habría que decir doctorandxs universitarixs, pero gráficamente queda fatal y no lo voy a hacer ni jarto de vino) matriculados en programas de estudios de género.

Ejemplos: Kurt Cobain vistiéndose de mujer en el contexto de punk-rock actualizado de la escena de Seattle y condenando la homofobia; Bill Clinton con su carrera hundida por culpa de una churrupaílla débil en lugar de la apostura cowboy de Ronald Reagan en el Despacho Oval; actores como Tom Cruise donde debería haber estado un quebrador de muñecas como Steven Seagal. Una raza belicosa reducida a una colección de pusilánimes, o sea.

 

Tom Cruise, primer síntoma de que algo olía a podrido en Dinamarca

 

Todo esto, como se sabe, ha ido a más. El macho ya no vende. De hecho, la masculinidad llevada a su extremo -a diferencia de lo que ha ocurrido con la feminidad, donde se habla de ‘empoderamiento’ (pedimos perdón por utilizar un anglicismo tan horripilante donde pudiera haberse escrito reafirmación) en vez de suripantismo- está poco peor considerada que votar a un partido de derechas.

Si sale Bertín Osborne por los sitios a decir que él, que recuerde, no ha tenido nunca un gatillazo en su largo historial de sexo desenfrenado -el nuevo fan de Albert Rivera contabiliza un millar de conquistas en su hoja de servicios, como El Burlador de Sevilla en la península-, ya salen las masas a acusarle de machista, prepotente, antigualla y vestigio de una época rancia en la que dominaba la sociedad patriarcal, opresora e insensible. Pasa con cualquier otra celebrity en decadencia que se jacte de su hombría, a menos que seas Rocco Siffredi o Manuel Ferrara, que entonces te hacen la ola (quizá porque para ellos lo de empotrar, antes que hobby o vicio, es profesión con la que llevar comida caliente a la mesa).

 

Bertín Osborne bebiéndose la vida a grandes tragos

 

Si a esto añadimos fenómenos como la metrosexualidad (el hombre hetero adoptando estrategias de la comunidad gay para reforzar su imagen, sin necesariamente cambiar de acera), el fortalecimiento de la ‘independent woman’ a partir de las canciones de Destiny’s Child y todo lo que ha venido después, que daría para una tesis doctoral, con la guinda del equilibrio de roles entre heteros y gays, hasta el punto de que las costumbres sexuales se han mezclado de manera irreversible en estos tiempos de poliamor, bisexualidad, bi-curiosidad, costumbres swinger y mujeres con la testosterona por las nubes (además de un frondoso bigote doble, el de Hitler y el del labio superior), la conclusión es que ser hombre heterosexual en 2014 se ha convertido en algo extremadamente difícil; es más sencillo sacarse una licenciatura en física cuántica con ocho matrículas de honor que sentirse varón pleno y satisfecho.

De ahí ese movimiento de resistencia, clandestino y todavía a la fuga, formado por elementos dispersos, debilitados pero autoconscientes de su condición a los que llamamos ‘heterazos’.

La palabra heterazo, que tiene ese sufijo hiperbólico al que la lengua castellana es tan dado, tiene una razón de ser lógica: en el momento en que otras opciones sexuales han reafirmado su autoconfianza y han conquistado terreno antes sólo disfrutado por nuestro hombre evolucionado del reptil -es decir, allí donde antes había sarasas apocados ahora hay gays orgullosos, que se refieren entre sí como mariconazos sin que en el concepto haya nada peyorativo-, el hombre straight tiene que volver a poner en valor su condición heterosexual.

Antes, que te gustaran las mujeres, y únicamente las mujeres, y sin cosas raras de por medio, era lo normal y no había que explicarlo. Ahora hay que distinguirse entre una lonja abundante de variedades de folleteo, transgéneros e injertos botánicos, así que el hetero a secas se queda en poco. Hay que ser hetero en mayúsculas, o mejor dicho, hetero en mayestático. El súper-hetero. O sea, el heterazo.

Va a ser una lucha ardua, amigos, una reconquista más complicada que la de Don Pelayo, el Cid y todos los caballeros de la Orden de Santiago juntos, pero ya ha comenzado. El hetero, consciente de que había abusado durante siglos de su predominio, ha tenido que ceder terreno para expiar sus pecados, pero está dispuesto a volver. Es cierto que su electorado es más reducido que el de UPyD -casi a unos niveles Vox- en comparación con las hordas del vivalavirgen identitario-sexual en el que nos han metido Cara Delevingne, Boris Izaguirre, La Veneno, Miley Cyrus y Miguel Bosé -arquetipos, respectivamente, de la bi-curiosa, el mariconazo, la trans, la fresca y la polilla-, pero el hetero está dispuesto a volver. Y quiere volver a lo grande.

Vamos ya, pues, con la guía. En cinco puntos.

Uno. Decir heterazo es reafirmar un sentido del orgullo perdido. ¿Cómo se reconoce a un heterazo? Para empezar, el heterazo habla en voz alta y no se esconde, no se amilana. Reivindica la heterosexualidad como un comportamiento digno, que no debe ceder ni un milímetro más ante el avance de otras opciones mucho menos nobles -así es como habla el heterazo, como Jimémez Losantos en una de sus homilías en EsRadio- y que lo promulga públicamente: la vida sexual puede volver a ser triunfante, rica y plena con dos simples elementos, un pene y una vagina. Meter, sacar, nada más. El heterazo no contempla ni un solo escenario más. Como Mel Gibson -posiblemente, el primer heterazo que levantó la voz, out and proud-, sostiene que el culo lo puso Dios ahí para cagar, y no para que entraran dedos, enemas y otras porquerías. El heterazo no sólo no quiere experimentos, sino que si estuviera en su mano y llegara al gobierno, como quiere el de la coleta, lo prohibiría todo.

 

Mel Gibson a punto de pasarse la ley del tabaco por el forro de sus respetos

 

Dos. El heterazo se mantiene fiel a una estética que podríamos llamar clásica: por fuera lo reconocerás porque suele llevar gafas de sol, mirada alta, cruz de oro en el cuello, un nomeolvides en la muñeca, está fibrado pero sin pasarse -si va al gimnasio, hace pesas, pero no le hables de fitness ni de running, que te escupe-, conserva el pelo justo en el cuerpo –ni como un jabalí, ni como un oso, pero con sus partes hirsutas en la paletilla, el pecho y el pernil, aunque con el detalle del vello púbico rebajado, para que se note más la prolongación del perineo cuando se transforma en falo-, y mantiene la vieja costumbre de marcar paquete, pero con un lamparón de grasa en la camisa (dos botones abierta) para que no se le confunda con su archirrival, o sea, el mariconazo. El heterazo sabe que hay una tenue línea roja que le separa del otro extremo, y la delinea perfectamente moldeándose a partir de referentes como Torrente o Pipi Estrada.

 

Pipi Estrada, periodista de pelo en pecho

 

Tres. Al heterazo le gustan las siguientes cosas: los toros, las procesiones en Semana Santa, Intereconomía, las películas clásicas de Schwarzenegger y, por una cuestión de nostalgia, la saga Los mercenarios’de Sylvester Stallone, el último suspiro del cine de justicieros. Al heterazo le gusta llevar navaja en el bolsillo, ir en moto de gran cilindrada y comer en restaurantes gallegos. Su profesión preferida es, en este orden, la de militar, taxista, transportista -nunca menos de tres ejes en el camión- y apoderado de José Tomás. El heterazo, al entender que la cultura y el refinamiento son cosa de invertidos, desprecia las artes nobles de la literatura y la poesía y detesta la obra completa de Oscar Wilde, solo utilizaría los siete volúmenes de ‘En busca del tiempo perdido para encender el fuego en la chimenea o, lo más probable, limpiarse en el WC. En música, es muy de Judas Priest, Barón Rojo y Los Punsetes, no le gusta la ópera, se niega a ir al ballet porque los tíos ahí marcan demasiado en lo que viene a ser la ingle, la sopa la toma sorbiendo fuerte, en el bar pide berberechos y si le ofreces cerveza sin alcohol igual te rompe la botella en la crisma.

 

Stallone, mercenario de la heterosexualidad venido a menos

 

Cuatro. Como dijo Aznar, uno de sus ídolos, al heterazo le gusta “la mujer, mujer”, y por tanto busca en la hembra todos los atributos propios de su sexo que aprendió a apreciar en aquellas películas italianas protagonizadas por Sofia Loren que vio en su tierna infancia por el segundo canal de Televisión Española. Si un hombre dice que le gusta, por ejemplo, Keira Knightley, ténganlo por seguro: será cualquier cosa, pero heterazo no es. El heterazo sigue utilizando expresiones del tipo “que haiga donde agarrarse”, el va el pechote y el arbusto, le apasiona el cuarto trasero jamonero, el tinte rubio, el pintarse como una puerta. Como cada vez quedan menos mujeres que respondan a ese orden arquitectónico clásico y depurado -lo que llamaríamos mujeres jónicas, o dóricas, e incluso corintias-, el heterazo frecuenta bares de mala muerte, prostíbulos y otros lugares de alterne, donde pasan la noche los marineros, los malos estudiantes y los camellos, y donde se escuchan casetes de El Fary. Vive en un mundo idílico de roña y sordidez en el que se imagina como macho alfa, amo del corral, doblador de voluntades con una sola mueca de su sonrisa -en la que, en el extremo izquierdo, asoma la punta de un palillo-. La otra variante es sentirse Don Drapper en ‘Mad Men’, pero para eso hay que tener dinero, y entonces ya no se sería heterazo, sino empotrador, que es el heterazo sin esfuerzo.

 

El Fary, referente de la masculinidad sublime y tronada

 

Cinco. También hay criptoheterazos. Es decir: heterazos que, ya sea por pudor o por no llamar la atención en un impasse de incertidumbre que, en el futuro, podría llevar a ingresar en listas negras en caso de derrota en esta cruenta guerra de los sexos, se esconden y no se revelan como tales. El hetero tiene su equivalente al gay que no quiere salir del armario (ya lo hemos dicho antes, la polilla), y es ese hetero autoconvencido de su heterosexualidad que no accedería nunca a un trío con otro hombre por miedo a cruzar sables, que jamás participaría en una orgía por vergüenza a dejarse ver por otros miembros -para él, eso ya es como un anticipo de la homosexualidad, y no-, y que no consume vídeos porno por el repelús que le provoca la simple visión de un pene. Pero de todos esos supuestos heterazos hay que sospechar: el que te pregunta si has tenido una fantasía homosexual para acto seguido recalcar que él nunca, ése jamás pasaría la prueba del polígrafo de Conchita en ‘Sálvame Deluxe’; el que dice que no practica el sexo oral por miedo a contraer un cáncer como Michael Douglas entraría en el mismo saco -pero esa es otra historia, la de los hombres reticentes a comer potorro, y de ella hablaremos algún día-; el que admite que tal señor tiene un cierto aire de apostura, belleza aúrica o rasgos firmes, homosexual encubierto es. El heterazo verdadero se distingue porque no tiene ninguna clase de dudas: lo dice abiertamente, sin miedo, sin temor a represalias. De igual manera en que el gay tímido ganó terreno cuando se convirtió en mariconazo orgulloso, el hetero en retirada volverá a reinar en la selva de los géneros cuando, transformado en heterazo -como el über-mensch de Nietzsche-, recupere las viejas costumbres de sus ancestros. Y ahora, con permiso, me voy a una película de Spike Jonze.

 

Michael Douglas, heterosexual con remilgos

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