Vicio y subcultura Huele a polla desde aquí

Además de apadrinar palabras que corren serio riesgo de extinción, Javier Blánquez se preocupa por el futuro de lo más rancio y lo más granado de la fauna ibérica. Por especímenes tan entrañables y con tan mala prensa como el viejo verde.

El sueño húmedo de un viejo verde
Javier Blánquez | 18/06/2015 - 16:50

Ya no se habla de los viejos verdes, pero los viejos verdes siguen ahí.

Sobre todo porque, para convertirse en un viejo verde, antes hay que haber sido un joven verde. Lo decía Francisco Umbral, ilustre anciano más salido que el pico de la mesa, que también había hecho de las suyas en alcobas, o eso al menos contaba, en sus años mozos, sus años de madurez y sus días de senectud.

La obsesión por las señoritas, o por las señoras, la edad da igual porque el pene del varón rijoso no tiene la obsolescencia programada como los iMacs, es algo que no se pierde y las erecciones sobrevienen hasta pasados los 80, si se tiene la suerte de llegar a esa edad. El viejo verde ha quedado silenciado en los medios de comunicación y en la literatura porque se aparta de la vista todo lo que sea tercera edad, a menos que te metas a alcaldesa, pero desde aquí seguimos embriagados por su fuerte olor a polla.

 

Por su aroma los conoceréis

El viejo verde, por supuesto, emite un aroma intenso, almizclado, a pene recubierto de requesón.

Sus feromonas emiten ese efluvio caducado, como de colonia a granel, pero esa potencia odorífera es la que nos recuerda que siguen ahí, y que tenemos que tomarlos como un modelo de conducta válido en esta sociedad. Son la prueba, cuando consiguen sus objetivos -porque el viejo verde depreda como si fuera un águila imperial prensando conejos con sus garras, o al menos no lo descarta, aunque a veces se corte-, de que el éxito sexual puede conquistarse en cualquier momento de la vida.

El reciente romance de Mario Vargas Llosa -rebautizado como Mario Viagras Llosa por Beatriz Miranda, periodista de La Otra Crónica en ‘El Mundo’- con la mujer de los hilos de oro, con la ex de Julio Iglesias -que ya era un viejo verde antes de ser viejo, y cuando en realidad era más bien marronoso de rayos UVA-, han vuelto a poner sobre la mesa el asunto, han resucitado a ese señor mayor con apetitos de fornicio del que hablaba la canción de El Chivi.

Ahora hay quien los llama pollaviejas, pero un viejo verde y un pollavieja no son lo mismo. El pollavieja tiene dinero, aunque no use la polla. El viejo verde usa la polla, o sueña con usarla hasta que se le caiga a cachitos, aunque no tenga dinero: es el típico señor mayor, con las arrugas justas y un tinte de pelo muy característico de Grecian 2000 que deja un ligero tono pardusco -se puede reconocer perfectamente viendo fotografías de Pedro Ruiz o Fernando Sánchez Dragó-, y que se alegra la vista con todo lo que tenga que ver con mujeres.

Le gustan jóvenes y maduras, las saluda cortésmente y las desnuda sutilmente con la mirada mientras se le van erizando moderadamente los pelillos de los huevos, les recita versos de Jorge Manrique y les invita a tomar café con melindros. Si por un casual tuviera suerte y mojara (el sexo en la rosada espelunca, no el melindro en chocolate), necesitaría de la pastilla azul mágica, pero lo habitual es que sólo arranque unas risas de su objetivo, gracias a su cultura, su gracejo y su don de gentes.

 

Depredadores de vuelo rasante

Al viejo verde le basta con eso, en realidad. Quiere que no se le margine en la sociedad por su edad, como si fuera un trasto de los que se venden en tiendas de anticuario, porque ser un viejo verde no necesariamente significa ser un baboso repugnante que se arrastra por las fiestas con canapés por levantar unas faldas.

El viejo verde de categoría siempre ha sido alguien que ha sabido comportarse, aunque luego su mirada tenga incorporada un escáner de rayos X y un obturador en la retina especialmente preparado para disparar instantáneas que almacenar en el disco duro mental -que siempre dan mucho juego en momentos de soledad-, técnicas que, lógicamente, se aprenden ya de joven, cuando eres un joven verde.

Algunos de los mayores freaks de la historia reciente de España han elevado el concepto viejo verde a la categoría de obra maestra. Luis Racionero, por ejemplo, un tipo que no ha parado de casarse, de procrear, de llevarse a señoras al huerto con sus relatos de la década de la contracultura, el hippismo y el ácido en Berkeley -seguro que es así como acabará Monedero dentro de unos años, citando a Lenin, a Gramsci y a Naomi Klein, mientras de reojo va mirando los canalillos de las polluelas de segundo de Políticas en su despacho sin aire acondicionado-.

O también Camilo José Cela, que es la máxima expresión del viejo verde y a la vez exageradamente reptil, o batracio, asqueroso en su textura como de goma húmeda, como si lo hubieran hecho de algún tipo de material bulboso, y que no dudaba en darle una patada a la mujer de toda la vida para irse con otra más joven. Decíamos antes lo de Dragó: qué decir de él, que parece que te esté practicando un coito tántrico de siete horas cuando clava en tu pupila su pupila azul.

Detrás de cada viejo verde hay una obra maestra de ser humano: Jimmy Giménez-Arnau lo es, Fernando Fernández Tapias lo es, Miguel Boyer lo era, seguramente lo sea Minguella. Mientras especulaban en la bolsa, siempre tenían al lado un póster central de ‘Interviú’, o una novela de Henry Miller, o un gato en tránsito de felpudo.

 

Jóvenes aspirantes a la senectud

Hay gente moderadamente joven que ya está preparada para dar el salto al viejoverdismo ilustrado (por ejemplo, Salvador Sostres o Juan Manuel de Prada). Es gente de misa de a doce, aperitivo, almuerzo opíparo, siesta gorda y que cogen el coche para Benalmádena y después ‘a putes’. O que se pone los informativos de La Sexta para comprobar cómo ninguna de las presentadoras de esta cadena lleva ropa con mangas, y que debajo del traje de tweed, el lino y el corte inglés de Emidio Tucci, esconde un potencial erótico conservado en formol en las proporciones justas, presto a ser destapado como un tarro de esencias.

Su pene es un radar, se orienta y se inclina en todo momento allí donde sea que detecte mayor cantidad de estrógenos, y entonces tranquilamente observa, medita, quizá converse y se deleitará en su calenturienta imaginación, mientras unas manos de sombras trepan por los muslos de una Lolita en sueños.

El viejo verde es inofensivo, y no merece esta marginación. Hagamos de él un héroe depositario de experiencia y sabiduría, y no una incomodidad moral. Desde aquí, damos las gracias al nuevo héroe del sexo (en acto o en pensamiento) en la tercera edad, al ilustre Nobel, por recuperar para el imaginario colectivo a tan distinguido espécimen de la fauna urbana. Que por mucho tiempo nos siga llegando a la nariz, intenso como el café, agrio como un yogur caducado, el perfume de la polla del viejo verde.

 

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