Vicio y subcultura Miquel Iceta, dancing machine

Para Blánquez, la campaña de las elecciones catalanas ha sido un soberano tostón solo amenizado por los contoneos y los golpes de cadera de ese titán de las pistas de baile que ha resultado ser Miquel Iceta.

Miquel Iceta
Javier Blánquez | 22/09/2015 - 10:42

Hasta el 10 de septiembre pasado, Miquel Iceta era lo mismo que su partido, el PSC: una cosa anodina, la sombra de un tiempo pasado, un resto de serie de la política catalana, ahora tan desmantelada y en fase de renovación.

Iceta era el único que quedaba por ahí después de que Pere Navarro, el figurín, decidiera darse el piro y dejar que los socialistas siguieran hundiéndose un poco más, sin prisa pero sin pausa, en esas arenas movedizas que han ido tragándose uno a uno todos los escaños que en otros tiempos les habían dado un base para gobernar la Generalitat. Un líder en las antípodas del maxilar de hierro de Artur Mas, tan de galán de segunda del cine americano en los años 40, o de los anchos hombros del ex waterpolista Albert Rivera, que antes de líder de Ciutadans se dedicaba al noble oficio de fucker. Y de repente, toma Moreno: la campaña electoral es él y nada más que él.

Porque hablemos claro. Esta campaña está siendo una ‘basauri’, un corral, una competición por ver quién miente más alto, desinforma más claro (valga el oxímoron) y se recrea con más desvergüenza en los tópicos y la mala educación. Imposible pisar un mitin de Junts pel Sí porque te ponen una música de mierda y sólo hay intensas chillando y tipos que, a falta de programa, parece que te estén intentando dar un folleto de los testigo de Jehová. A los del PP o Unió, mejor no acercarse, que igual te roban. Los de la CUP, miren, igual sí porque seguro que tanteando en los lugares oportunos hasta se folla. Y a los de Ciutadans si se va es por ver si cae un beso de Arrimadas, porque para lo demás ya llevan diciendo lo mismo por las teles desde hace dos años, sin variar ni una coma. Hasta que Iceta va y la lía y resulta que the place to be es la Festa de la Rosa -celebrada este pasado domingo- o cualquier otro evento con marcheta. Iceta tiene fuego en los pies, menea el esqueleto, es too much para el body.

 

El baile de la rosa

Cuando le vimos bailar por primera vez, tras el cierre del primer acto de campaña, no dábamos crédito. Al principio, como es normal, muchos pensamos que era un arranque eufórico -demasiado eufórico, para lo que dicen las encuestas- de un candidato que, en ese momento, tenía más de fiestero alocado que de político.

Dentro del ecosistema institucional catalán ya sabíamos más o menos de qué palo iba Iceta: hombre de partido, fiel al aparato, pretoriano del viejo PSC de los tiempos de Obiols y Maragall, una especie de Rubalcaba catalán, que es al Parlament lo que Ana Blanco al Telediario, ese que siempre está ahí. En la campaña de 1999 se hizo un outing que a muchos les sorprendió -que lo hiciera, no el contenido de la confesión-, y que él no tuvo problema en reconocer que era una maniobra electoralista. No sirvió de mucho porque volvió a ganar Pujol. Pero la causa homosexual avanzó un paso valioso y, en lo personal, él ya estaba preparando el camino.

A Iceta le encanta la música de Queen, y mientras Freddy Mercury cantaba ‘Don’t Stop Me Now’ se puso a bailotear aquel día con demasiado énfasis, sin llegar a ser el típico energúmeno de discoteca grande, el que mete los codos y esturrea el cubata entre los vecinos, pero tampoco con un arte especial, sin depuración mínima en los movimientos. Es dancing machine, pero no dancing queen. Nos hizo gracia porque fue un arranque espontáneo y muy honesto, típico de quien a las cinco de la noche está en la pista del Arena, le ponen un hit de Mónica Naranjo y pierde la cabeza, chilla, levanta los brazos y al final del segundo estribillo se abraza a quien tenga al lado, da igual si oso, musculoca o mariliendre. Sin que le importe nada, living the moment.

Luego lo volvió a repetir en un mitin con Pedro Sánchez (también llamado Pdr Snchz cuando pincha techno), y ya se ha convertido en un running gag que necesitamos tanto como Clive Owen su chute de cocaína en ‘The Knick’: cada vez que tiene cámaras, tiene la oportunidad -y no tiene agujetas-, y nadie de su equipo le agarra para que no cometa el error, Iceta va y se toma los discursos como si fueran el Sónar. Ha hecho suyo aquel mantra de Deee-Lite: groove is in the heart.

Ahora que está dando entrevistas, el monstruo mecánico Iceta -llamémosle Mazinger Iceta- aprovecha para recordar que esto no es nuevo, que él ya era así desde hace tiempo, que el mundo le hizo, si no rebelde, al menos fiestero, y que muchas son las correrías que ha protagonizado en Ibiza en su juventud, donde al parecer se hizo un tatuaje animado por un novio de entonces -aquí la fantasía desea que fuera al mediodía, de reenganche, tras una noche de house con Carl Cox en Space-, y que aunque sea un señor leído, que repasa periódicamente los siete volúmenes de la ‘Recherche’ de Proust en francés, también le va el glam.

Hay un punto de dandismo contenido en Iceta, que aunque no tiene percha al menos cuida los detalles como las patillas rojas de las gafas y el corte del traje, que le estiliza unos centímetros vitales tanto a lo largo como a lo ancho. Ahora está con los debates, los besos a los niños en los mercados, los alegatos y la petición de voto, y mañana estará en el Parlament haciendo algo, pero si por él fuera, ahora mismo estaría repasando la correspondencia de Oscar Wilde, viendo películas de Matt Damon y especulando con lo jodida que sería la independencia de Cataluña si luego no nos dejan participar en Eurovisión.

Esta campaña electoral catalana, que está siendo un coñazo y que más que animar a votar está dando ganas de echar la pota, lo está petando sólo cuando sale Iceta. En los debates no levanta la voz, se explica, tira de sarcasmo -no al mismo nivel de Antonio Baños, que va por las televisiones como si fuera el tercer miembro perdido de The KLF, envenenándolas de situacionismo-, pero no es en las televisiones donde le queremos ver, a menos que le lleven a ‘El Hormiguero‘ -que no tardará-. Es en las tarimas, pidiéndole al DJ que vaya preparando una de Lady Gaga, otra de Samantha Fox y algo de George Michael, por si acaso.

Va a ser una pena que el PSC se lleve la hostia que las encuestas le pronostican para el domingo, porque no estaría mal que sacara mayoría absoluta y entonces, ya si, se quitara la corbata, se bajara los pantalones y se marcara un molinillo con salva sea la parte mientras suena una playlist de Spotify con los mejores temas de la carrera de Elton John. Si el futuro de la política pasa por el pop, ténganlo claro: Miquel Iceta es el más moderno, el más despendolado, el Miguel Bosé de la cosa, el puto amo.

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