Vicio y subcultura Nada acojona tanto como Aznar

Ahora que el Festival de Sitges ha vuelto a traer el terror al centro de nuestras vidas, el vicioso y subcultural Blánquez ha querido recordarnos que quien de verdad asusta el miedo es ese señor que no hace tanto fue presidente del Gobierno.

José María Aznar
Javier Blánquez | 16/10/2015 - 12:41

Yo lo que quería en realidad era escribir sobre el festival de cine fantástico de Sitges, que empezó hace unos días, o sea, sobre el terror en la gran pantalla y toda clase de criaturas malignas de ficción, pero últimamente han ido ocurriendo cosas que me han obligado a cambiar de planes.

La primera es que la programación del festival, salvando ‘High-Rise’ y ‘The Assassin, tampoco es especialmente sugerente, o quizá es que uno no esté tan bien informado como para detectar que ahí va a haber grandísimas joyas del underground del susto y el respingo. Y la segunda es que, si vamos a hablar de terror, de amenazas subterráneas que ponen los pelos de punta y paralizan hasta al más pintado, para qué irse a Sitges pudiendo leer los periódicos.

Ha ocurrido que, como el vampiro, que siempre vuelve -de ahí que los franceses también le llamen ‘le revenant’-, ha resurgido de entre las tinieblas en las que se escondía la criatura más terrorífica, malsana y sobrecogedora que ha creado la naturaleza. No hablamos ni de los dioses primigenios de Lovecraft, ni de los moradores del infierno, sino de algo mucho peor. Tiene bigote, tableta de chocolate, una mala leche del cagarse y responde al nombre de José María Aznar.

 

El eterno retorno

Aznar ha vuelto, oigan. No ha llegado apestando a azufre ni escupiendo fuego por la boca, sino extendiendo el dedo, apretando mucho la quijada y cagándose en la puta madre de los que dejaron España, esa España que él levantó hasta las cumbres de occidente, hecha unos zorros, desgobernada, hundida en la miseria, empobrecida, llena de gentuza y ahora amenazada por el auge de los rojos con coleta y la derecha soft con dentadura blanquísima, que le han comido todo el pastel electoral al partido que se hizo con el control del centro.

Está Aznar que echa humo, frito por tanto sindiós, y es verlo en la portada de cualquier edición digital de la prensa diaria, con una mirada como la de Medusa, capaz de congelar a cualquiera -en la línea de aquel vídeo mítico de los comienzos de YouTube, el “dramatic Aznar”, en el que el ex presidente se cosca de un fulano que le estaba grabando subrepticiamente con el móvil en un avión-, una de las miradas más pérfidas que recordamos, el Blue Steel del mal rollo, una condena a muerte, todo el peso de la autoridad sobre un país arrodillado. Aznar provoca cagarrinas. Aznar: it follows.

No hay que tomarse a broma esta última comparación con una de las más memorables películas de terror de los últimos años. Como la presencia que ‘te follows’ a menos que te follen, Aznar parece que no está, pero está ahí. Ojo avizor, en tensión, listo para reaccionar. Nos sigue lentamente, vigila los movimientos de sus súbditos, siempre ha tenido el control remoto de la situación, “pulling the strings”.

Tenemos la sensación desde hace muchos años de que Aznar tiene un plan: esperar a que todo esté a punto de irse a la mierda y, como Spiderman cuando llega in extremis para salvar a unos pobres niños que están a punto de caerse por un puente abajo, utilizar de repente sus poderes para detener el derrumbe de todo: del sistema, de la nación, de la moral. Esto va según el plan previsto: habrá un día, cuando Rajoy yazga humillado ante los pies de Albert Rivera, desposeído de poder, honor y dignidad, y cuando en España empiecen a suceder cosas intolerables -legalización de los porros y las putas, regulación de la mano de obra lumpen, más espacios de oportunidades para holgazanes y homosexuales-, entonces -como le decía Messala a Ben-Hur– “él vendrá”. ¡¡Vendrá!!

José María Aznar

Como el vampiro, como Cthulhu, como Javier Marías (que es el doble de Chucky), Aznar siempre ha estado ahí. Dormido pero vigilante. Retirado pero con amplio apoyo detrás. Que no está muerto lo que yace eternamente, y con los eones extraños incluso la muerte puede morir: de la misma manera en que hay figuras del pop que esperan pacientemente durante años para ejecutar un comeback jaleado por millones de fans -el más reciente es el de Dr. Dre-, Aznar hace tiempo que urde en las cocinas de su mansión un regreso heroico, a lomos de un caballo blanco, flequillo al viento, pecho al aire con la musculatura tonificada, brillante de aceite corporal, con el bigote crecido y la polla fuera, para volver a regir los destinos de España.

 

El Aznar que viene

Todo está pasando ya, que diría Carlos Jesús. Todo esto lo está preparando, no Antercherán, sino la maquinaria diabólica de FAES, que poco a poco va lanzando sus puyitas y clavando los alfileres en el muñeco vudú con unos pelos de la barba de Rajoy. Primero destruirá la paz en su partido y, cuando esto suceda y no quede nadie para detener el avance militar de la izquierda descamisada, de los separatistas, los filoetarras y las sanguijuelas de la periferia, él dará el paso al frente, “por responsabilidad y lealtad a mi país”, recuperará la presidencia de las gaviotas, se presentará a unas elecciones y arrasará. Vaya si arrasará. A modo de cierre en bucle del párrafo, y como dice el título de la novela de Milena Busquets -que no he leído ni tampoco apetece-, todo esto pasará.

Acojona, ¿no? Si esto fuera el título de un disco, sin duda sería “Fear of a Aznar planet”. Lo tiene todo preparado, el jodío. Todo lo que ha hecho en estos diez años alejado del poder -el entrenamiento espartano hasta conseguir una musculatura digna de Leónidas, el recorte disciplinado de los pelillos del bigote hasta que su labio superior pareciera el coño de una vieja, las alianzas con masones y otros sectarios que manejan las cuerdas del poder ancestral, su estudio meticuloso de la lengua inglesa- tiene una intención muy clara.

Recordadlo cuando abráis un periódico, o consultéis vuestros muros de Facebook, o pongáis la televisión y aparezca la faz ratonil de José María, envuelta en su bufanda de seda, con las gafas sobre la punta de la nariz y esa manera de clavar su pupila en tu pupila azul que, más que poesía, habría que decir que es una tortura medieval. No necesitas gore cuando cada vez que aparece Aznar, o sea, él, se te congela la sangre y se te suben los huevos hasta las amígdalas. Tened miedo, mucho miedo. It’s coming.

José María Aznar

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