Vicio y subcultura Por qué las candidatas de C’s están más buenas que las de Podemos

A cinco días de las elecciones, Blánquez constata que mucha gente vota más con la entrepierna que con la cabeza. Y, cuando eso ocurre, las encuestas no sirven para nada. Si no, mirad la diferencia entre las candidatas de Ciudadanos y las de Podemos.

Begoña Villacís
JAVIER BLÁNQUEZ | 19/05/2015 - 16:50

Hace poco se publicó en ‘El Español‘, el nuevo proyecto periodístico que va a dirigir Pedro J. Ramírez, un perfil de Albert Rivera. En la foto que acompañaba aquel texto se veía al presidente de Ciutadans hablando por teléfono durante un trayecto en AVE. Nada fuera de lo común, hasta que llegó una web dirigida al público gay y dio la voz de alerta: “Cuidado, que Rivera calza de manera muy respetable”. Es cierto que las dimensiones de lo que asomaba en lo que Chiquito de la Calzada, muy ingeniosamente, llamaba ‘la portañica’ no estaba a la altura de las dimensiones mitológicas del piquetón de Gerard Piqué, ni del leviatán de carne en barra que se les han transparentado en algunos ocasiones a otros futbolistas como Radamel Falcao o Mario Götze, pero viniendo de una época de cacahuetes encogidos, arrugados y espolvoreadas de canas blancas como los de Rajoy, Rubalcaba y demás muestras fósiles del pleistoceno superior, lo de Rivera tenía su aquél. Al menos, esas señoras que, muy húmedamente, se proponen votarle por guapo tienen más justificaciones para dirigir su elección.

En aquel artículo gay-friendly se establecía a continuación una comparativa de medidas intuidas tras las telas del pantalón, y el resultado era altamente viril: tanto Pedro Sánchez como Pablo Iglesias hacían bastante bulto, lo que sumado a la insinuación que una vez deslizó Carmen Rigalt en una columna suya en ‘El Mundo‘, avisando de que el verdadero trípode de la nueva política era Juan Carlos Monedero -si las paredes de su despacho en la Complu hablaran-, todo esto nos dice que la regeneración no solo viene acompañada de ideas, sino también de paquete.

La parte por el todo

Podríamos seguir con el tema, pero comprenderán que esto es ‘Primera Línea‘ y de ciertos temas eréctiles no tratamos. Este artículo no trata sobre penes, sino sobre aquello de lo que el pene significa como metonimia -el todo por la parte, o la parte por el todo- en lo que vendría a ser la erótica del poder. Maldita sea, desde los tiempos de Kennedy por lo menos, a la hora de decantarse por un candidato político importa tanto la imagen, o el magnetismo animal que transmite, como las ideas. Incluso se diría que en muchas ocasiones las ideas importan un pimiento y lo único que cuenta es una dentadura caballar de blanco nuclear, unas patillas canosas acompañando unos labios sonrosados como las que una vez le fueron muy bien a Felipe González -que por otra parte tiene algo de silvano, de Polifemo que habita en las profundidades de una espelunca- y un cuerpo mínimamente prieto para salir elegido concejal. Aunque a veces la realidad nos contradice, las calvicies, las risas levemente disfuncionales y la dejadez en el ejercicio físico penalizan en las urnas.

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Solo así se explica que gente muy preparada, intelectualmente brillante, como la que hemos ido sondeando en los últimos meses, haya utilizado argumentos para decidir su voto más propios para elegir qué película ir a ver al cine el sábado -ya saben, el clásico “es que sale Scarlett Johansson marcando el culo durante gran parte del metraje”-. Un cerebro privilegiado del cual tenemos que ocultar su identidad confesó no hace mucho que aquella foto que circuló por todos los móviles de España en la que, supuestamente, aparecía Teresa Rodríguez -candidata por Podemos a la Junta de Andalucía– en la playa, desnuda por completo, y con el pubis perfectamente depilado, bajo la leyenda “no tenemos nada que ocultar”, le había decidido a votar a Pablo Iglesias en las generales. Y cuando se confirmó que aquello era un montaje, que la señorita de potorro limpio como los chorros del oro no era Teresa, esta misma persona, decepcionada, reduciendo su ideología a una perfecta depilación brasileña, decidió que su voto no sería para Podemos. Por si acaso asomaran tupido rizos por las ingles.

Votar con la entrepierna 

Otro caso: un señor de derechas, convencido de que la ideología que todavía más importa es la democracia cristiana, firme admirador de Duran i Lleida, curiosamente no va a votar a CiU en las municipales ni en las autonómicas de Cataluña, sino a Ciutadans. La razón es que la candidata de C’s a la alcaldía de Barcelona, Carina Mejías, que es una señora bien arreglada, que parece que haya acabado de salir de la esteticién, con su peinado perfecto, su maquillaje discreto, su traje-chaqueta y su aspecto de profesional liberal con cargo bien remunerado, le pone bastante. Antes que a Trias, que no sabe pronunciar las erres, o Albertito Fernández Díaz, que no sabe pronunciar las eses, o al señor de ERC, que no sabe pronunciar, él ha decidido que va a votar con la entrepierna en vez de con la cabeza. La (social)democracia también es esto.

Y al final se está dando un caso peculiar. ¿Y si el ascenso en las encuestas de C’s no es únicamente por Rivera, que es como un busto en mármol de Demóstenes, ni por las propuestas de legalizar las putas y los porros y de bajarle el IVA al whisky, sino también por el elenco mujeril del partido? Antes de que nadie nos acuse de frivolidad, recordemos cómo los cuadros del sexo femenino ayudaron mucho en su día al asentamiento del PP en los primeros años de Aznar: un partido que antes sólo tenía a Isabel Tocino como reclamo estético, y más desde que se fue Verstrynge y su esposa de entonces, la estupenda María Vidaurreta, que no hacía más que salir en los ecos de sociedad, en recepciones en el Palace y el Ritz dándose besos con la Preysler y cotilleando con Carmen Posadas, vestida de Loewe y comentada con piropos hiperbólicos en las columnas de Umbral, el partido, decíamos, empezó a alimentar los corrillos y las conversaciones de bar gracias a sus mujeres.

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De hecho, el concepto ‘mujeres del PP’ ayudó mucho a que el partido fuera visto como una opción de gobierno saludable, aseada, bien oreada en las partes bajas y con encajes elegantes. No sólo estaba por ahí Ana Botella, por entonces con un aura virginal muy alejada del estereotipo de ogresa que le ha quedado después de dejar Madrid como unos zorros, sino también otras señoritas de buena familia como Mercedes de la Merced, Celia Villalobos -olvidad a la jubilada que juega al ‘Candy Crush‘ en el Congreso y recordad a aquella señora vigorosa de antaño, con más curvas que el circuito de Jerez– y algunas alcaldesas con permanente entre 1993 y 2004, y con mechas de 2004 en adelante. Además, muchas señoras escondían a una bolleraza dentro, que siempre ayuda a que ciertos votantes resistentes digan ‘venga, va’, con la pinza en la nariz. Había algo ahí de pussy power.

No nos ponemos con Podemos

Y resulta que el pussy power en Podemos es inexistente, mientras que en C’s es rampante. Siendo honestos, y únicamente en un plano estético -aquí las propuestas nos dan igual, como si proponen resucitar a Stalin o hacerse del Tea Party republicano, o prohibir el fútbol y los toros a la vez-, el atractivo visual de Podemos está solo un poco por encima del de Bildu, con esos tops de tirantes feísimos que dejan asomar pelambrera sobaquera (también conocida como ‘sobaca mora’) y esos peinados que bien pudieran aparecer en el programa ‘Megaconstrucciones‘. Pero el de C’s, pues mire usted: hay señoras ahí que están muy bien. Dan ganas de votarles para que todas ellas vayan ocupando escaños y así acaparen más minutos de prime time en el ‘Telediario‘, todas como recién duchadas, con su pelo bien acondicionado, sus horas de gym bien empleadas, sus incisivos tan radiantes como una hoja toledana.

Nos centraremos sólo en dos, ejemplo suficientemente representativo de lo que son las “mujeres de C’s”. Primero, Begoña Villacís, candidata a la alcaldía de Madrid: luce una de esas dentaduras bien arregladas, entre Marco Banderas (caso extremo) y cualquier tertuliana de ‘Sálvame‘ (véase la Patiño), y un fondo de armario bien seleccionado, comprado a lo largo de los años con criterio y dedicación, pateándose por igual Prada y Mango, y seguro que por debajo no lleva tanga, sino alguna pieza de La Perla. Va al gimnasio, se explica, arruga mucho los ojos cuando sonríe, demuestra que tiene estudios, no transmite olor a palo de gallinero. Tiene atractivo, o sea. Y luego está Inés Arrimadas, portavoz del partido, diputada en el Parlament de Catalunya y, según suena por los mentideros, probable candidata a la Generalitat cuando Rivera, el macho alfa, se postule para la Presidencia del Gobierno. Qué decir de Inés: siempre sale por la tele, o al atril del hemiciclo, como si se hubiera dado una ducha cinco minutos antes, con un brillo en los labios que parece un amanecer en Creta, con una conjuntación en la ropa entre casual y arreglá que da gusto, con esos taconazos, los tejanos estrechos, la chaqueta del Zara y la camiseta blanca que oculta tanto como sugiere.

Sé de hombres concienciados, que leen las obras completas de Lenin, que están dispuestos a abandonar su fidelidad a la izquierda dura para seguir, como si fueran ratoncitos tras el flautista de Hamelín, a la dulce Inés de C’s, pues ¿no es verdad, ángel de amor, que en esta apartada orilla más pura la luna brilla y se respira mejor? Si luego Ciutadans lo peta en las elecciones, no desestimen estos factores: el paquete de Rivera y el charme dulce de sus más estrechas colaboradoras. Del resto de partidos no hace falta hablar: salvo la Cifu, que es como la madrastra de Blancanieves en una producción de Mario Salieri, es todo un campo de nabos, un sindiós de testosterona, un bajonazo. A tope entonces con C’s. El programa pasaremos de leerlo y lo utilizaremos para recoger las babas.

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