A unos centímetros de Sarkozy

Ayer mandamos a Gisbert a cubrir el concierto que dio Carla Bruni en el Festival de Pedralbes. Pensábamos que nos escribiría una crónica al uso, hablando de las virtudes musicales de la cantante franco-italiana y del entorno mediático en el que vive. Pero no. Nos ha mandado un relato sobre urinarios públicos y sueños. En fin, pasen y lean…

carla bruni
PACO GISBERT | 20/06/2014 - 13:00

Los lavabos portátiles de los Jardines de Pedralbes son una pasada. Tienen grifos que funcionan con sensores, los lavamanos son automáticos y huelen bien. Pero el de caballeros tiene un pequeño problema: los urinarios son muy bonitos, pero incómodos para mear. Hay demasiada distancia entre el mingitorio y la posición en la que ha de situarse el meador, de manera que uno tiene que hacer pipí con el cuerpo echado hacia adelante, en una curiosa y antinatural posición. En esas reflexiones ergonómicas estaba yo cuando entró en el baño un hombre y se colocó a mi lado. En mi concentración urinaria, solo pude apreciar que era un tipo bajito, trajeado y que, al parecer, tenía las mismas dificultades posturales que yo para desalojar su vejiga.

Suelo sentirme incómodo cuando alguien se pone a mear a mi lado en un urinario público. Nunca sé dónde mirar en esos interminables segundos en los que solo se oye el estallido de la orina contra la porcelana y me pongo muy nervioso. Y me da por hablar. Así que inicié una conversación típica de ascensor con la persona que tenía a mi lado.

– Ha estado bien el concierto, ¿no?

Mi compañero de retrete respondió con un extraño gruñido, pero no lo miré, no fuera a ser que pensaba que intentaba ligar con él. Continué en mi banalidad.

–      La verdad es que Carla Bruni no tiene voz, pero sus canciones tienen encanto y cuentan cosas.

–      Me alegro mucho que diga usted eso, porque es mi mujer. –me contestó el meón de mi lado, en un perfecto francés, mientras pegaba dos o tres sacudidas a su oiseau antes de devolverlo a la jaula.

Atónito, levanté la vista y vi que se trataba el mismísimo Nicolàs Sarkozy, el espectador del concierto que más expectación había levantado. Había meado a su lado sin saber que era él, sin poder comprobar de primera mano por qué sus enemigos lo llaman “Le petit Nicolàs”, como el personaje de Goscinny. De repente, Sarkozy desapareció de mi vista y del lavabo de diseño, como si la fragancia que emanaba de aquel  distinguido retrete lo hubiera abducido.

Salí a buscarlo y solo encontré la oscuridad de la noche, gente tomando copas de cava en un ambiente muy distinguido y sillones de chill out vacíos. Volví al escenario donde unos minutos antes había cantado Carla Bruni, pero estaba completamente desierto. Ni rastro de la Bruni, ni del Sarko, ni del entusiasta y políticamente correcto público que había asistido al recital de la cantante franco-italiana.

carla bruni

Me senté en una de las sillas vacías, ante el imponente escenario, y recordé que Carla Bruni nos había obsequiado con un concierto muy intimista, plagado de referencias autobiográficas, con momentos brillantes y canciones destempladas, poco adecuadas para el lugar en el que estaba cantando. Recordé el enorme revuelo mediático que había suscitado la presencia del ilustre marido de la Bruni en Pedralbes, los aplausos que cosechó cuando entró en el recinto y los que se ganó su mujer cuando le dedicó ‘Mon Raymond’, un tema escrito “pensando en él”, según dijo antes de cantarla.

Me dio un poco de rabia no haber podido hablar más con Sarko. Preguntarle cómo se siente un presidente de la República jubilado haciendo de ‘groupie’ de su mujer, si le había sentado bien que interpretara ‘Raphaël’, dedicada a su antigua pareja y padre de su hijo, el filósofo Raphaël Enthoven, o cómo se vive al lado de una aristócrata y artista.

Entonces noté unos insistentes golpes en el hombro y desperté ante los requerimientos de un acomodador del festival, que me invitaba a marcharme. Antes de irme, fui a echar una meada a los aseos de diseño pero, al revés que en mi sueño, hice mis necesidades en solitario.

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