Historias del porno Antes de la revolución

Antes de Marc Dorcel y de estrellas internacionales de nuevo cuño como Anissa Kate, hubo una edad de oro del porno francés. Una era que fue hija (bastarda) de la revolución social y cultural de mayo de 1968.

La revolución francesa del porno
Paco Gisbert | 07/05/2018 - 12:10

Se cumplen estos días 50 años del mayo del 68, el movimiento estudiantil que ayudaría a cambiar el mundo a partir de la utopía de unos jóvenes que no se conformaban con vivir como lo habían hecho sus padres y salieron a la calle a proclamarlo.

Aquel movimiento tenía, entre otros componentes, un carácter sexual, ya que abogaba por la libertad en las relaciones carnales y el establecimiento de un modelo vital muy diferente a la pareja tradicional y monógama impuesta por la sociedad occidental desde tiempos inmemoriales.

El mayo del 68 tuvo también una gran importancia en el cine, con los combativos abanderados de la nouvelle vague en primera línea de batalla, y particularmente en el cine erótico, cuyo desarrollo se convirtió en imparable a partir de la revuelta de los universitarios de Nanterre. De hecho, fueron los cineastas de la nueva ola del cine galo los primeros en introducir escenas de desnudos en sus películas, pero no sería hasta 1970, cuando se estrenó ‘La Michetonneuse’, de Francis Leroi y François Jouffa, que el cine erótico francés viviría su particular âge d’or en el tránsito hacia el cine pornográfico.

 

Los años carnales

En los tres años siguientes, el cine francés vive el eterno debate entre erotismo y pornografía con enorme efervescencia. Las películas con sexo se suceden, desde las clásicas ‘Emmanuelle’, de Just Jaeckin, o ‘El último tango en París’, de Bernardo Bertolucci, hasta las menos conocidas ‘La bonzeuse’, de Leroi y Jouffa, prohibida durante un año en las salas de exhibición, o ‘Les jouisseuses’, de Lucien Hustaix, mientras algunos festivales cinematográficos de postín, como Cannes o Avoriaz, comienzan a incluir en sus programaciones películas eróticas o pornográficas, en un claro guiño a lo que estaba a punto de llegar.

El año del bum del cine pornográfico galo es 1975. El 23 de abril de aquel año se estrena en una sala comercial ‘History of a Blue Movie’, de Alex de Renzy, una recopilación de stag films pornográficos que abarca desde ‘A Free Ride’ (1915) hasta ‘Smart Aleck’ (1956) y que ya había sido una de las puntas de lanza para la definitiva legalización del porno en los Estados Unidos.

En los meses siguientes, desembarcan en las salas francesas ‘El diablo en la señorita Jones’ y ‘Tras la puerta verde’, que son acogidas con alborozo por la crítica y el público, y los directores galos, que solo necesitan una excusa para dar el salto al sexo explícito, contraatacan con ‘Change pas de main’ de Paul Vecchiali, ‘L’essayeuse’, de Serge Korber, y, sobre todo, ‘Exhibition’, el documental de Jean-François Davy sobre la actriz Claudine Beccarie que se convierte en un fenómeno social en Francia solo comparable al que provocó ‘Garganta profunda’ en los Estados Unidos.

La revolución francesa del porno

 

Sin barreras

En agosto se celebra el primer (y único) festival de cine porno de París, que consagra a ‘El sexo que habla’, de Frédéric Lansac, al mismo tiempo que, solo en París y su área metropolitana, la mitad de las salas de proyección programan películas eróticas o pornográficas. En toda Francia son 3.000 las salas que programan cine sicalíptico. Este hecho propicia incluso que el diario ‘Le Monde’ publique un editorial en el que teme por el futuro del cine francés, barrido de las salas por el auge del porno.

Incapaz de articular una estrategia de censura ante la ola de erotismo y pornografía que sacude el país, el gobierno francés anuncia, a finales de aquel verano, la regulación de los contenidos pornográficos con una ley que crearía las salas X. Una ley que sustituyó la censura moral y política, ejercida hasta entonces de manera individual, por una censura económica, mucho más efectiva.

La revolución francesa del porno

 

La ley, promulgada el 31 de octubre de 1975, confinaba el cine con sexo explícito a salas que estaban gravadas con un 33 % en el TVA (el IVA francés), obligadas a entregar un 20 % de la recaudación a la promoción del cine francés y privadas de exhibir fotografías o carteles en la entrada de los locales. Una ley que, curiosamente, calcaría en gobierno de Felipe González en España ocho años más tarde, cuando reguló el porno en nuestro país.

La ley del gobierno de centro-derecha de Giscard d’Estaign acabó de hecho con la explosión del cine X galo que, a partir de entonces, sobrevivió en un gueto reservado a unos pocos especialistas (de José Bénazeraf a Alain Payet) hasta comienzos de los 80, cuando Marc Dorcel comienza a realizar filmes en vídeo y el mercado del cine X renace, esta vez sin la influencia del mayo del 68.

Pero esa es otra historia

 

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