El sexo de Lucía Así se jode una primera cita

Incluso la más desastrosa de las citas, nos cuenta Lucía, puede acabar en sexo. Ni una falta de caballerosidad alarmante, ni una maceta rota ni una charla soporífera son obstáculos cuando las ganas aprietan. Pero claro, tampoco hay que tentar a la suerte.

El sexo de Lucía
Lucía | 22/08/2016 - 13:45

Acabábamos de echar un polvo. Y no, no había estado mal.

Yo llevaba un tiempo de ascetismo, algo que hago de vez en cuando para limpiarme de la morralla que me encuentro en el mercado, así que me vino muy bien la sesión de sexo, aunque no fuese especialmente memorable. Un orgasmo y nada más, no vaya a ser que fuera a gustarme. “Me gusta tu culo”, me dijo mientras estábamos en faena. “Y a mí tu reloj”, contesté.

El tipo se quedó a cuadros. ¿Cómo podía yo alabar, me dijo, el trozo de plástico que llevaba en la muñeca después de que él elogiase una parte de mi cuerpo (que no mi intelecto, claro)? ¿Cómo podía ser yo tan borde e insensible?

Y el caso es que yo tenía mis razones. Él estaba muy bueno (menos mal), pero era presumido, engreído y de derechas. Para colmo, unos minutos antes ya me había pedido que practicásemos el sexo anal sin condón. Y hombre, dado que era la primera vez que follábamos, no hubiese estado de más que aceptara ir poquito a poco. “Los del PP siempre así, dando por culo”, le contesté en cuanto insistió en entrar por mi puerta trasera.

Vale, sí, fue otro comentario borde. Pero antes de que me juzguéis, dejadme rebobinar la película para que tengáis un poco más claro cómo llegamos a ese punto.

El sexo de Lucía

 

Cómo pisar todos los charcos

Era nuestra primera cita carnal (también iba a ser la última), pero ya habíamos quedado en anteriores ocasiones. Varios cafés y un par de cenas. Él era un hombre de casi 50 años, atractivo, en forma, aparentemente seguro de sí mismo, padre divorciado. Lo único que me “chinaba” (a ciertas edades y tras haber pasado épocas en Tinder, una va mirando con lupa lo que se encuentra porque el mercado está muy muy mal) era que solo se atrevía a lanzar piropos o a abordar el tema del sexo una vez nos habíamos despedido. Cara a cara, nunca. Es tímido, pensaba yo.

Me dejaba en casa cual caballero y, acto seguido, me mandaba mensajes subidos de tono. Que si cómo me gustaría quitarte esa blusa que llevabas y que dejaba al descubierto esos hombros tuyos tan sexis, que si cada vez que te veo me pareces más atractiva. En fin, bien.

Una noche me pidió que le invitase a cenar en mi casa. Acepté. Llevaba mucho tiempo sin cocinar para un hombre y me apetecía una cena con unos platos bien cuidados. Siempre por whatsapp, me dijo: El único es que si me invitas a tu casa a lo mejor no cenamos, porque pueden entrarme ganas de quitarte la ropa en cuanto cruce la puerta. Bien, le contesté, prepararé algo que pueda comerse frío”. Me imaginaba una conversación entretenida, una tensión sexual  in crescendo.

Ay, la imaginación y las expectativas, que malas pasadas nos juegan…

 

La triste realidad

El sujeto en cuestión se presentó mano sobre mano (disculpadme, pero mis padres me enseñaron muy bien y siempre me dijeron que, si me invitaban a algún sitio, llevase algo). Ya no digo que trajera flores o bombones, por Dios, eso son cosas que solo pasan en ‘Love Actually’. Pero hombre, el postre, una miserable botella de vino. ¡un geranio, coño! Pues nada, no trajo nada. Primera señal de alarma.

La segunda no tardó en llegar. Apenas cruzó el umbral de mi casa: una inocente pregunta (¿la casa es tuya o es alquilada?) desató un soliloquio aburrido por su parte. Consideró que debía interesarme el mercado inmobiliario y se pasó una hora hablándome de los pisos de los que era propietario, seis en concreto, cuántos metros cuadrados tenían y con qué entidad bancaria había contratado las hipotecas. Curiosa forma de intentar impresionar a una mujer: hablar de tus posesiones materiales. Segunda señal de alarma.

Y yo que esperaba una charla interesante que incrementase mis ganas de sexo. Fatal, la cosa estaba yendo fatal. Sobre todo, para ser una primera cita tras un largo periodo de abstinencia estaba siendo un puto desastre. Osó incluso preguntar qué había de postre (él, que había venido a cuchillo puesto) y además me tendió su plato para que lo llevase yo a la cocina una vez habíamos acabado. Mi mirada asesina debió bastar para convencerle entonces de que ése no era un gesto muy galante. Nos sentamos entonces en el sofá y empezamos a hablar de música. Bien, por fin un tema de conversación entretenido. Y llegadas las doce, como si fuera Cenicienta, me dijo: Me voy, que estoy cansado”.

A tomar por culo. ¿Pero este sujeto era el mismo tipo que me calentaba con sus mensajes, que me había pedido que le invitase a cenar a mi casa, que incluso había llegado a decirme que nada más pasar la puerta me follaría? No daba crédito. ¿Será que los tíos habían aprovechado mi fase de ascetismo sexual para volverse definitivamente gilipollas?

“Bien”, contesté, “te acompaño a la puerta”. No voy a seguir con detalles, pero allí, en la puerta, se las arregló para romper la maceta que tengo en el pasillo y nos vimos recogiendo tierra a deshora. Recogiendo tierra en vez de echando un polvo.

El sexo de Lucía

 

El último asalto

Frustrada, caliente y alucinada, todo al mismo tiempo, me puse a cargar el lavavajillas. Total, ya que no iba a follar, al menos dejar la cocina recogida. Y de nuevo, como ocurría siempre que me separaba de él, volvió a entrarme un mensaje suyo de whatsapp: que si sentía mucho lo de la maceta, que si la cena había sido genial.

No pude menos que decirle, tras su enésima (y absurda) disculpa por lo de la dichosa maceta, que una maceta rota no tenía la menor importancia, que lo imperdonable de verdad había sido irse corriendo a medianoche dejándome plantada y sin sexo. “Ah, disculpa, contestó, pensé que no querías que fuésemos a la habitación”. ¿WTF? “¿Quieres que suba?”

Sí, le dije que subiera. Entendedme, llevaba muchos meses sin follar y le tenía ganas. Pero vamos, que por mucho que elogiase mi culo tras el orgasmo, yo ya tenía claro que no iba a haber un segundo encuentro carnal con él. Yo, si quiero una ponencia inmobiliaria, me voy al salón de Barcelona, que será a finales de año.

 

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