Vicio y subcultura Bacalao: cuando Valencia fue moderna

Blánquez se sumerge en la verdadera historia del bacalao y de La Ruta, ese fenómeno subterráneo que aunó fiesta salvaje, drogas y vanguardia musical y convirtió durante años a Valencia en una de las ciudades más modernas y vitales de Europa.

Depeche Mode
Javier Blánquez | 15/12/2016 - 17:41

Cuando hablamos de ‘Ruta del Bakalao’, lo primero en lo que solemos pensar es en hordas de fiesteros en los parkings de las discotecas de Valencia a principios de los años 90, completamente crujidos, con la mirada perdida sobre las colinas que se atisban en el horizonte, calentándose al sol mientras le dan a la cerveza en botella, se hacen un arroz y unos tiritos en el capó del Seat.

Esta es la imagen que se nos quedó gracias a los medios de comunicación, que en aquella época, y al calor de programas sensacionales y con morbo, todo lo que iba de ‘Quién sabe dónde’ al seguimiento del caso Alcàsser en los programas de Nieves Herrero o Pepe Navarro, lo que más buscaban era la víscera y el escándalo, la moralina y la conmoción que pudiera provocar la estampa de una juventud descarriada, drogada hasta las trancas, robotizada por el ritmo marcial de una música martilleante a la que más tarde llamaríamos mákina.

Parecía como si toda una generación se estuviera yendo por el sumidero de la realidad, atontada por unos hábitos de fiesta que sólo podrían soportar anatomías muy bien entrenadas para aguantar un fin de semana entero con el ritmo a todo tren.

Clubbing

 

Aquello era otra cosa

La realidad, en cambio, fue una cosa muy distinta. Es cierto que los documentales de Canal Plus y otras televisiones que hoy se pueden ver en YouTube fueron ciertos, y que en su última fase –sobre todo a partir de 1990– la escena de baile en Valencia degeneró hasta convertirse en un anticipo de lo que, poco tiempo después, los ingleses tendrían en Castlemorton, la famosa rave gratuita de más de tres días en los que una colonia crustie de varios miles de personas acabó vandalizando un pueblo de la campiña, cagando en los jardines de los vecinos y vendiendo droga a los niños.

Pero Valencia no fue la Ruta, ni tuvo por qué haberlo sido nunca. Valencia fue durante todos los años 80 un oasis en Europa, un laboratorio en el que se ensayaron ramificaciones insólitas de la cultura del DJ, y aunque hay un aspecto de la historia muy conocido, bastante distorsionado y que ha crecido como una metástasis en la memoria colectiva, también hay un lado desconocido de todo este asunto. Cuando Valencia fue realmente una ciudad vanguardista.

Acaba de ponerse a la venta un libro necesario en la bibliografía musical en castellano que se titula ‘¡Bacalao! Historia oral de la música de baile en Valencia, 1980-1995′, y que debería ser una lectura obligatoria para quien todavía piense que toda aquella movida se reduce a las recopilaciones de Max Music con caricaturas de Aznar, el ‘Así me gusta a mí’ de Chimo Bayo y las bombers que llevaban los pelados con el logo de la discoteca A.C.T.V. O sea, para darse cuenta de que fue otra cosa.

Bacalao

 

Historias de ayer

Firmado por Luis Costa, el libro es el complemento perfecto –o la ampliación necesaria– que veníamos demandando desde que, hace unos años, apareciera ‘En èxtasi’, del periodista valenciano Joan Oleaque, un tomo en catalán que nunca se tradujo y que, a medio camino entre la historia cultural y la crónica gonzo, explicaba lo que había pasado en Valencia desde principios de los 80 hasta una década más tarde, que fue cuando se acuñó el concepto de ‘La Ruta’.

Oleaque explicaba en gran medida el origen del fenómeno, pero no profundizaba en su singularidad. Iba muy rápido por los primeros años y se detenía demasiado en los últimos. Sugería que hubo un momento idílico que, con el tiempo, se acabó yendo a la porra, que fue cuando del bacalao –la música de importación de calidad que se pinchaba en las discotecas de la periferia de Valencia en los primeros años en los que mandaba el PSOE– se pasó al bakalao, con todo su historial de politoxicomanías, accidentes de tráfico, registros de la Guardia Civil, recopilatorios chungos y pastilleros con la mandíbula mirando a Cuenca, que estaba por ahí cerca.

De ese momento virginal trata, de manera generosa, el primer tramo de ‘¡Bacalao!’, una historia oral urdida por Costa –periodista con más de dos décadas de trayectoria, disc-jockey afianzado en la escena barcelonesa, con muchos bolos a sus espaldas y algún que otro Sónar– en la que, durante más de un año, ha ido interrogando a los verdaderos protagonistas de este suceso anómalo que consistió en que, antes que en Barcelona o Madrid, e incluso mucho antes de que emergiera en Ibiza o Londres, y en paralelo con el underground disco de Nueva York, Valencia fuera una de las ciudades más modernas del mundo; tan moderna que nadie supo entender lo que estaba pasando ahí.

Con un ritmo ágil y una profusión de datos generosa, tanto es así que hacen que esta obra se lea como el primer libro importante relacionado con el clubbing en España, los verdaderos actores de la historia van explicando lo que pasó. Y lo que pasó es que, a finales de los años 70, y conscientes de que la música disco y el funk estaban entrando en una fase degenerativa, varios dj’s de discoteca que trabajaban en los alrededores de Valencia, como Juan Santamaría o Tony el Gitano, empezaron a construir una realidad musical al margen de la actualidad negra y con la mirada puesta en la revolución sonora que se estaba dando en Inglaterra al calor del post-punk.

Estos dj’s estaban seducidos por la oscuridad del punk de vanguardia, iluminados por la primera ola del pop electrónico y abducidos por la negrura del movimiento gótico, y esto es lo que ponían en las discotecas. Música con bombo pero sin continuidad de beats en la mezcla, guitarras a todo trapo con filo cortante más tarde complementadas por un bombo durísimo, todo lo que iba de Soft Cell a The Cure, y de Depeche Mode a Sisters of Mercy, pasando por Bauhaus, Ramones o Siouxsie.

The Cure

El lado oscuro

Valencia era, pues, una ciudad gótica, punky, algo siniestra, con tupés elaborados y ropas extravagantes, y había la costumbre de salir de noche evitando –en un alarde snob– todos los garitos en los que se pinchaba ‘funky’, o sea, música negra, que por aquel entonces no estaba en su mejor momento, o al menos la que llegaba a España no era la más puntera del momento.

Aquella modernidad valenciana se reunía alrededor de las cabinas en las que varios gurús de la prescripción musical iban destapando las últimas novedades llegadas de Londres, y cuando en aquel ambiente atípico entraron las drogas –un predecesor del éxtasis que allí se llamaba ‘mescalina’– la noche entró en ebullición.

Curiosamente, Valencia no aceptaba la electrónica como tal: si en las fiestas no había una fuerte robustez guitarrera, si los dj’s no pinchaban canciones en inglés, si aquello no apestaba a varón blanco anglosajón, el público rechazaba cualquier otra cosa. Y durante varios años de insistencia, de química y, de por qué no decirlo, aislamiento de Madrid –que ya tenía su Movida y no se interesaba por la periferia– y de Barcelona, que tenía algo más negro, más italodisco, pero mucho más confinado a la clandestinidad de los afters, fue floreciendo esa rareza desconocida en el resto de Europa. En Valencia, antes que en ningún sitio, se empalmaba la noche del viernes con la del sábado, y la del sábado con la tarde del domingo. Y aquello no tenía nada que ver con ninguna Ruta.

 

El sonido de la periferia

Es cierto que tampoco era Valencia capital. En realidad, el movimiento –consolidado por una cierta legislación benigna, o por la ausencia total de regulación en los horarios de ciertas áreas de actividad nocturna– se extendía por toda la periferia, Sueca y La Alcudia, Eliana y El Perelló. Ahí estaban Espiral, Barraca y Chocolate, discotecas seminales a las que más tarde se les sumaría Spook Factory, en Pinedo, donde la escena dio un paso adelante cuando empezó a pinchar ahí Fran Lenaers, con una técnica inédita hasta ese momento en Europa, con más base electrónica y mezclas más largas y precisas, creando una sensación de continuidad novedosa, a partir de 1984, que no se había escuchado todavía en ninguna discoteca de Ibiza ni de Londres.

A lo largo de esos años Valencia se consolidó como una ciudad de vanguardia, con una fiesta secreta y alucinante que poco a poco iba arrastrando más público venido de fuera –también del extranjero, seducidos por las maravillas que contaban algunas de las bandas líderes del synth-pop y del gótico que bajaban a Valencia a tocar a horas intempestivas–, y sin que los medios de comunicación, salvo los locales, le hicieran ningún caso. Valencia estaba muy adelantada al resto.

Chimo Bayo

 

Caída libre

Todo este trayecto, que culmina en la última etapa degenerativa que comienza alrededor de 1990 y que tiene como protagonistas el éxito inesperado de Chimo Bayo y la popularización de la Ruta, de la que todos los veteranos que hablan en el libro abominan, es el que se hace con detalle y documentación iluminadora en ¡Bacalao!

Después ya vino lo que todo el mundo sabe: la coca y el parking, los piñazos y las detenciones, la entrada de adolescentes desmadrados con un criterio musical penoso al que los dj’s de tercera generación tuvieron que satisfacer con música de mierda. Ahí Valencia perdió la iniciativa, mientras las ciudades más modernas de Europa pasaban a ser Berlín, Londres y París, y su legado más duradero fue un segundo episodio, aún más infamante (al menos musicalmente) al que hemos llamado ‘mákina’.

En 1994 ya llegó el Sónar, que vino a poner orden en todo esto, y finalmente ganaron los buenos. Pero esta nueva lectura de la historia, por fin justa y documentada, profunda como era obligatorio, nos explica que los buenos ya estaban antes, hace más de 30 años, y que nos habíamos olvidado de lo importantes que fueron. Valencia es la tierra de las flores, de la luz y del amor, pero también de los primeros dj’s que marcaron el camino a los que estaban por venir.

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