Vicio y subcultura Chuck Palahniuk está muy mal de lo suyo

Chuck Palahniuk está en plena forma. El escritor norteamericano publica estos días en España otro par de viciosos artefactos subculturales que no han dejado indiferente a Javier Blánquez: la novela ‘Eres hermosa’ y el cómic ‘El club de la lucha 2’.

El club de la lucha
Javier Blánquez | 30/06/2016 - 11:33

Es muy probable que Chuck Palahniuk ande estos días por Madrid. El escritor americano es un grandísimo fan de las fiestas del Orgullo, incluso se dice que tiene casa comprada en Chueca para cuando le da por pasar unos días en lo que considera el principal paraíso gay en el mundo, aunque en caso de corretear por aquí lo más seguro es que sea de incógnito, sin ninguna intención de llamar la atención, de vacaciones.

Eso sería en cierta manera frustrante, porque molaría poder hablar con Palahniuk, que siempre tiene cosas interesantes que decir, y que anda metido en uno de los periodos más burros de su carrera como escritor. Como decimos en el titular, está muy mal de lo suyo, y de tan disparatado, destructivo, cínico y bestia que se ha puesto, resulta que está, posiblemente, en su mejor momento.

 

La broma infinita

Cuando hablamos de Palahniuk, hablamos sobre todo de un deformador grotesco de la realidad, un escritor cuyas imágenes hiperbólicas e imposibles consiguen que disimulemos con una carcajada el horror que nos producen algunos de los síntomas más asquerosos del mundo y la sociedad en la que estamos inmersos. Un hombre, en definitiva, que nos cuenta hasta qué punto todo lo que tenemos a mano se está yendo a la mierda, pero que ya nada importa: morirse también tiene algo de apetecible, la extinción de la especie humana sería un plan molón, y el fin del mundo sin duda sería el mayor espectáculo posible. Como Nerón, a él le gustaría que ardiera todo, mientras toca la lira.

Chuck Palahniuk

Así ha sido desde que publicó su primera novela, ‘El club de la lucha’. Como sabrá quien la haya leído, o quien haya visto la película de David Fincher, se trata de la historia de un pobre oficinista, adicto a los muebles de Ikea, que para sentirse vivo tras muchos años de anestesia consumista encuentra solo  dos opciones: o visitar reuniones anónimas de enfermos de cáncer, o pelear en los párkings hasta perder un diente y recibir un ojo morado.

Así es como “conoce”, al despertar de su anestesia vital, a Tyler Durden, una versión mejorada de sí mismo. Es Durden quien le marca el camino para transformar la sociedad a mamporros, siguiendo un complejo plan de terror anarquista. A medida que su manera outsider de concebir la vida se va haciendo popular –gracias a su Club de Lucha, donde cada vez más gente acude–, el protagonista del libro consigue reunir una fuerza paramilitar dispuesta a cometer actos terroristas y así tambalear los cimientos de nuestra sociedad.

 

El horror cotidiano

Todo esto nos suena muy familiar, suponemos. ‘El club de la lucha’ es de mediados de los 90, pero hoy ya no se puede leer como una distopía, sino como una novela profética: cada vez que recibimos noticias de un atentado en un aeropuerto podemos decir aquello de “Palahniuk ya lo avisó” –es un cínico visionario sólo superado por Houellebecq–, cada vez que sentimos que hay un declive de la vieja masculinidad podemos recordar cómo Palahniuk ya se preocupó de esa cuestión en sus libros, y por supuesto cada vez que sentimos que estamos controlados por corporaciones, gobiernos y centros de poder, y que en conjunto no somos más que unidades programadas para el consumo y la irreflexión –hasta que se llega a la conclusión de que la única manera de cambiar el sistema es salirse de él y reventarlo con bombas–, pensamos entonces en el autor de Portland. Un oráculo, un dios.

En los últimos meses, Palahniuk vuelve a estar de moda porque han llegado al mercado en español sus dos nuevos títulos: por una parte, ‘Eres hermosa’ (Penguin Random House, 2016), una novela sobre el orgasmo femenino, los gurús sexuales y el consumismo imparable, y por la otra la esperada continuación de ‘El club de la lucha’.

Lo que pasa es que ‘El club de la lucha 2’ (Reservoir Books, 2016) no es una novela, sino un cómic. Habrá quien diga ahora, quizá, lo de “hostia, qué guapo”, pero cuidado: lo que sobre el papel pinta muy bien, luego se convierte en un disparate sangriento y grotesco que solo gustará a los fans más acérrimos de Palahniuk. No porque la historia esté mal, sino porque está mal explicada. Palahniuk es la hostia como novelista, pero como guionista de tebeos aún no ha acertado con la tecla.

El club de la lucha 2

 

Segundas partes…

El punto de partida es el siguiente: Sebastian y Marla –los personajes que, en la película, interpretaban Edward Norton y Helena Bonham-Carter– llevan diez años  casados, tienen un hijo, ya no sienten que Tyler Durden ronde por sus vidas, pero eso no significa que estén bien: sus existencias son una mierda, se sienten muertos, tienen trabajos aburridos y echan de menos los antiguos subidones que les proporcionaban acudir a reuniones de enfermos terminales, drogarse, comprar mierda que no necesitas y pelearte con la gente.

Es más: Sebastian está medicado hasta las orejas, y Marla hace años que no tiene un orgasmo como dios manda. Pero un día alguien secuestra al hijo de ambos, su casa se viene abajo después de que el secuestrador le pegue fuego, y entonces comienza la cacería del verdadero responsable de todo eso, o sea, Tyler, la proyección psíquica de las fantasías más destructivas de Sebastian.

Hay un problema con ‘El club de la lucha 2’: aunque empieza muy bien, se nota, como decíamos, que Palahniuk no es guionista y la historia, además, es un disparate. A medida que avanza todo se complica sin un sentido lógico ni una conclusión coherente –de esto hasta el propio Palahniuk se burla, pues el cómic se editó originalmente por entregas de grapa y sabía que muchos fans se estaban quejando a medida que avanzaba la serie–, y aunque hay momentos de carcajada –por ejemplo, un grupo terrorista formado por envejecidos enfermos de progeria–, lo que más hay son giros de guion sin ningún sentido, ese cameo del propio Palahniuk en el que ya decíamos que se burla de los lectores, y muy poca chicha en el texto.

El club de la lucha 2

De hecho tardas en leerte sus casi 300 páginas no más de hora y media, lo que impone un ritmo mucho más frenético que el de cualquier cómic de Alan Moore, Warren Ellis o Grant Morrison, además de menos niveles de narración y explicación de lo que ocurre. Lo que no impide que haya muchos momentos típicamente Palahniuk en los que se nos revela claramente que el mundo está enfermo, que la única solución es el exterminio, y que el hombre -decimos siempre hombre porque Palahniuk es profundamente misógino– ha perdido cualquiera de sus antiguas cualidades heroicas.

 

A otra cosa

Nuestro consejo sería: si de verdad queremos reírnos un poco con las hipérboles de Palahniuk y sus distopías delirantes, lo mejor es darle una oportunidad a su última novela, ‘Eres hermosa’, que al menos en su primera parte –al segundo tramo le ocurre lo que ‘El club de la lucha 2’: se enreda tanto que deja de ser creíble o medianamente lógica– plantea ideas de las que aquí, en ‘Primera Línea’, somos muy aficionados.

La historia es la de una chica tonta del interior americano que aspira a prosperar como abogada pero que no pasa de becaria que lleva cafés en una importante firma de Nueva York, una especie de lila inspirada en las novelas de la saga Bridget Jones que cree en los príncipes azules y a la que, oh sorpresa, un día se le presenta su propio salvador, el hombre más rico del mundo, Linus Maxwell, más conocido como C.Li.Max, que le invita a cenar. A medida que trascurre el libro, veremos como Linus es un científico del orgasmo, un investigador de los secretos del placer femenino, que utiliza a su nueva conejita (de indias), la pavisosa Penny, para perfeccionar una línea de juguetes eróticos pensada para maximizar la intensidad de los orgasmos de las mujeres, para así controlar la voluntad del 100% del mercado de consumo en el mundo.

Palahniuk viene a decir que quien tenga en su mano los mecanismos del placer dominará el mundo del futuro, y que en ese mundo no hay espacio para los hombres –a menos que se sea gay como él, claro; parte de su cinismo y su capacidad para decir según qué barbaridades se le permite precisamente por eso–, ni tampoco para el pensamiento individual. Lo más divertido del libro son las escenas de masturbación: cuando, durante varias páginas, Linus se dedica a introducirle todos los dedos posibles a Penny por la vagina, a presionarle vasos sanguíneos con tal de controlar dilataciones y contracciones del flujo de la sangre para incrementar la producción de otra clase de flujo, cuando hace que durante horas esté con las piernas temblando, agotada, chorreando, pidiendo más, pidiendo que pare.

¿Está bien de la cabeza Chuck Palahniuk? Eso es lo divertido: lo está. Pero cuando se pone a escribir, se lanza por el tobogán de lo grotesco, de lo más bestia todavía. Y ahora que ha escrito su novela erótica –aunque él la vista de novela romántica, tiene el típico lenguaje cerdo de los textos pornográficos; Linus es una mezcla entre Steve Jobs y el Marqués de Sade–, más nos damos cuenta de que es el último terrorista que le queda a la literatura contemporánea. Si lo ven por el Orgullo, denle un abrazo o una hostia en la cara, pero hagan algo. A Chuck hay que mantenerle vivo, para que siga pasándose tres pueblos, inventando barbaridades, locuras y disparates que leeremos, cómo no, con la mano izquierda y con un ojo a la virulé.

Chuck Palahniuk

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