Coalición Canalla: La Posada de las Ánimas

Así es una noche cualquiera en este local de referencia de la noche madrileña, lugar de encuentro de cuerpos esculturales y caras conocidas.

Cinco bellezas como cinco soles
Luis Landeira | 12/02/2014 - 16:40

“Turistas, soldados, jugadores, degenerados, vagos, maleantes (…). La gente vagabundea, sin relacionarse con nadie, sin rumbo fijo, y la mayoría tiene un aspecto hosco y hostil. Es un sitio donde uno puede pasárselo bien de verdad”. Así describía William S. Burroughs a la Nueva Orleans de los años 50. Una descripción que también valdría para el Madrid del siglo XXI.

Una ciudad apocalíptica llena de antros de perversión donde los mutantes podemos refugiarnos del caos exterior y la lluvia ácida. Uno de ellos es La Posada de las Ánimas.

En su interior, uno siente la inquietante y reconfortante sensación de volver al hogar materno. Sobre todo, porque el 70% de sus parroquianos son famosos de la tele. O sea, como de la familia. Pasa, pasa, no tengas miedo…

365 días al año, a partir de las 23:00. Te aseguramos una noche única y diferente cada vez que vengas a visitarnos”, reza la propaganda de La Posada de las Ánimas. Y algo de eso hay. Sobre todo porque en la tercera planta del local hay una zona reservada, que suelen alquilar los VIP para celebrar eventos y fiestas privadas. Cuando hay final de ‘Gran Hermano’ o comienzo de ‘MYHYV’ (por poner un par de ejemplos de lo más mediáticos), la Posada se convierte en una bacanal.

 

Las noches célebres

Esta exclusiva planta, decorada por Tomás Alía, es como un cielo rojo aislado del resto del club por gruesos cortinones. Allí, donde es imposible entrar sin pulsera, alternan famosos y periodistas procedentes de las cloacas catódicas o de la prensa del corazón. Mira, detrás de ti están Pipi Estrada y Kiko, el exfutbolista, y más allá Beatriz Trapote, Aída Nízar, Sara Carbonero y Cayetano Rivera. ¿Nos hacemos unas fotos con ellos?

Tras esta indigestión de celebrities, bajamos a la segunda planta, más tranquila, donde hay reservados y hasta camas para tumbarse a la bartola. ¡Si incluso tienen taquillas de cristal para que cada cliente guarde su botellita a cal y canto! Desde aquí, apoyados en un balcón, dominamos la planta baja, abarrotada por decenas de aspirantes a estrellas de la tele. Chicas de botox y chicos de gimnasio, que miran y se dejan mirar y, a veces, tocar.

 

El precio de la fama

Pero La Posada de las Ánimas no sería lo que es sin su disparatada decoración. Un pastiche donde lo barroco se funde con lo postmoderno, en una maraña de objetos rococó iluminados por lámparas de araña que, en sintonía con la música (mayormente, mainstream pop y chunda chunda) nos transporta a “un mundo feliz”, de carne y cartón piedra, digno de una distopía de Charlie Brooker.

Pero si no te tomas muy a pecho tu carrera a la fama, lo pasarás bien aquí, tragando combinados premium en copa de balón y contemplando a las espectaculares y narcotizadas muchachas que, con sus mejores y más sexys galas, intentan cazar al famoso de turno que ha decidido descender a los infiernos para darse un chapuzón de multitudes.

Esta es la mayor baza de La Posada de las Ánimas: que cualquier día te puede sonar la flauta y, en la barra, en la pista o en los aseos, ser fichado por un cazatalentos de Tele 5. O también puedes acabar en la cama con, no sé, Yola Berrocal (si eres chico) o Pocholo Martínez-Bordiú (si eres chica). Y, en el peor de los casos, te irás a casa con la sensación de haber sido tú también, durante un rato, un poquito famoso.

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