Coalición Canalla: Silencio, el club de David Lynch

Cruzamos los Pirineos para visitar el local subterráneo creado por el director de clásicos del cine inquietante como ‘Terciopelo azul’. Un oasis onírico oculto en el distrito más arty de París.

Club Silencio
Luis Landeira | 12/02/2013 - 10:37

“Todas mis películas muestran mundos extraños, mundos a los que nunca podrías ir a menos que los construyas y los reproduzcas en una película”, dijo David Lynch en una entrevista. Por eso, decidió crear el club Silencio, un intento de traer a nuestra dimensión escenarios y ambientes que, hasta ahora, sólo existían al otro lado de la pantalla. “Quería hacer algo sólido, tangible”, afirma el cineasta.

Para acometer el proyecto, hicieron falta tres millones de euros, que aportaron los empresarios Arnau Frisch, Manu Barron y Antoine Caton, también responsables del templo canalla parisino Social Club. En 2010, los tres empresario de la noche se reunieron con Lynch y le dieron el visto bueno definitivo al proyecto.

Así, Silencio empezó a tomar forma, en los sótanos de un señorial edificio construido sobre un viejo cementerio. Concretamente, en el número 142 de la Rue Montmartre, en pleno Distrito Dos, a medio camino entre la Bolsa y el museo del Louvre.

Un club ‘de autor’

Tras unas complicadas obras, orquestadas por el propio Lynch y ejecutadas por los Atheliers Gohard, el diseñador Raphael Navot, la agencia de arquitectura Enia y el experto en iluminación Thierry Dreyfus, el club Silencio abrió sus puertas en 2011. Lynch se ocupó de elegir hasta el último detalle del local, desde la sal de los cacahuetes hasta las tazas de los váteres, convirtiéndolo en una verdadera obra de autor. Silencio es, pues, tan Lynch como ‘Inland Empire’ o ‘Cabeza borradora’.

El lacónico y expresivo nombre del club está sacado de otro de los clásicos del director norteamericano, ‘Mulholland Drive’, película en la que ya aparecía un cabaret llamado Silencio, al que Naomi Watts y Laura Elena Harring acudían guiadas por un sueño. Pero el Silencio de la realidad supera al de la ficción y Lynch mezcla su inconfundible estética con toques warholianos y dadaístas. Al entrar, uno piensa en las actuales coctelerías de lujo, pero también en la Factory o el Cabaret Voltaire.

Dentro del laberinto

Para acceder al club Silencio hay que bajar una negra escalera de seis metros, que te lleva, literalmente, a otra dimensión. Un fascinante universo de 2.100 metros cuadrados, iluminado con luz tenue, donde hay laberínticos pasillos abovedados, techos circulares recubiertos con madera dorada o butacas “diseñadas especialmente para propiciar un estado mental abierto a lo desconocido” (Lynch dixit). Todo ello, sazonado con ese toque años 50 tan característico del autor.

Entre otras cosas, Silencio dispone de un pequeño cine con 24 butacas (dotadas con reposapiés y mesita lateral, para asegurar a los que se sienten en ellas unos niveles de confort máximos), unas imponentes barras de cocktails, un escenario con telón al fondo y una sala de fumadores disfrazada de bosque art decó al más puro estilo ‘Twin Peaks’.

Un público inquieto

“Con Silencio, quise crear lugar íntimo en el que convivan todas las disciplinas, y cineastas, pintores, fotógrafos, músicos, escritores, diseñadores de moda o cocineros puedan reunirse y establecer un diálogo no sólo entre ellos, sino también con un público de todas las edades”, comenta Lynch. Y lo ha conseguido: hoy, un par de años después de su inauguración, es un punto de encuentro entre artistas y aficionados.

Aún así, Silencio, que abre de 6 de la tarde a 6 de la mañana, es un club privado a medias. Para entrar antes de las 12 de la noche tienes que ser socio, pero después basta con que pases por taquilla. Si quieres pertenecer al club, debes pagar 840 euros al año (420 si eres menor de 30 o no vives en París). Pero solo con la cuota premium, de 1.620 euros, podrás acceder a eventos privados o shows secretos de artistas como Kitty, Daisy & Lewis, Lana del Rey, The Kills o el propio Lynch y su orquesta.

 

Pero, por encima de todo, lo que da el toque más elegante y exquisito a Silencio es su discreción. No hay carteles exteriores, ni “gorilas”, ni más señal que una puerta negra como una noche sin luna. Tras el misterio, downstairs, está el lujo. Porque, hoy por hoy, hay pocas cosas más lujosas que tomarse una copa de vino, un cocktail o una ambrosía gastronómica en el interior de un sueño de David Lynch.

 

 

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