Vicio y subcultura Deportistas que follan

Blánquez se toma la molestia de divulgar lo que era un secreto a voces: en las concentraciones deportivas se moja mucho el churro. Sobre todo en ese orgiástico desparrame plurinacional que son los Juegos Olímpicos.

Deportistas que follan
Javier Blánquez | 14/06/2016 - 14:04

El otro día le preguntaron en televisión a Albert Rivera si durante una campaña electoral era posible encontrar momentos para el sexo, y sobre todo si era recomendable mojar el churro de vez en cuando durante un periodo de tanta exigencia física y mental.

Parecía como si, en vez de un político, le estuvieran haciendo la pregunta a un deportista, lo que vendría a perpetuar un poco más el cliché de que en una concentración previa a un partido importante –y quien dice un partido dice, también, un tedioso debate a cuatro con sonido de mierda, o un mitin– es mejor abstenerse de follar. Entonces Rivera, que ha jugado al waterpolo, pensó como el deportista que había sido en otro tiempo y respondió lo esperado: que sí se puede. Sólo faltaría.

De alguien que ha dedicado tantas horas al waterpolo no se podría esperar otra cosa. Si algo distingue a los waterpolistas de otros gremios deportivos –pongamos por caso el tiro con arco, el lanzamiento de martillo o el bádminton– es que estos follan por los descosidos, se montan fiestas y orgías tremendas, y son sin lugar a dudas una de las presas más apetecibles para groupies de bar.

El jugador de waterpolo lo tiene todo para arrasar: un cuerpo de Adonis esculpido con fineza, con el pectoral amplio y marcado, formas redondas y firmes, un cuerpo triangular que bien parecería labrado por Fidias, y además el anonimato. Como no los conoce ni dios –a diferencia, por ejemplo, de un futbolista del Barça–, además pueden ir por los sitios cazando presas sin que nadie se fije particularmente en ellos, sin que les sigan fotógrafos ni buitres. Y por tanto, se hinchan a fornicar.

 

¿Un tema tabú?

Sobre sexo y deporte se escribe poco, hay una especie de ley del silencio que establece que, lo que hacen los ídolos deportivos en concentraciones importantes, se calla discretamente por cuestiones de decoro. Pero está claro que los deportistas follan como panteras y que, incluso cuando deberían estar guardando reposo, mantienen el entrenamiento intensivo, aeróbico y cardiovascular bombeando durantemente, ya sea de pie, acostados o en actitud pasiva, con las piernas abiertas. Les sale el semen por los ojos, como a James Deen.

Y sin embargo, lo más que nos llegan son rumores, indicios inconexos: todavía no ha nacido el periodista de investigación que nos explique con detalle cómo funcionan las orgías en habitaciones de hotel, cómo se contrata una prostituta para un deportista de élite, cómo las novias de los deportistas tienen unos cuernos tan colosales que les resultaría imposible cruzar cualquier puerta, y cómo funciona el tema de las groupies, dónde tienen sus picaderos y qué horarios siguen para hincharse a follar sin que haya menoscabo en el rendimiento deportivo.

Deportistas que follan

 

El lado oscuro

Todo esto viene a huevo después de que saltara la noticia de que, supuestamente, dos jugadores de la selección española sub-21 hubieran contratado a Torbe, el magnate del porno casposo actualmente en prisión provisional, los servicios de una chica para montarse un trío en un hotel durante una concentración, con la (también supuesta) intermediación de un compañero de equipo, el portero.

El caso ha resultado escandaloso por dos motivos. El primero, porque es de una inmoralidad absoluta aprovecharse de una situación de debilidad así –hay prostitutas por gusto y porno por gusto, pero también las hay por coerción, y eso es delito–, y el segundo porque resulta que son ídolos deportivos populares, conocidos por todos. Es como si nos hubiéramos caído del guindo: ¡los futbolistas follan! ¡Y hacen cosas muy perversas!

Ya nos hemos olvidado de Nuria Bermúdez, que coleccionaba jugadores del Real Madrid en su cama como si fuera el rey Juan Carlos cazando elefantes en Botswana. Ya nos hemos olvidado de aquella noticia que siempre se da al comienzo de unos Juegos Olímpicos, y que trata del incremento notable del reparto de preservativos en la villa olímpica con respecto a ediciones anteriores.

Precisamente, se acercan los Juegos Olímpicos de Río –calor, virus Zika, cuerpos divinos, sexo en grupo–, y ya hay muchos competidores que están esperando a que lleguen para colgarse la verdadera medalla: las fiestas locas de la villa olímpica, que siempre son más rijosas y sórdidas que las fiestas universitarias de películas tipo ‘Porky’s’. Tampoco se ha escrito como nos gustaría sobre lo que ocurre en esos dormitorios plurinacionales atestados de equipos femeninos de hockey hierba, nadadores, tenistas, triatletas y piragüistas, y que funcionan como una impecable máquina de sexo colectivo sin interrupción.

Deportistas que follan

 

Desmadre olímpico

La cosa va así: a excepción de algunos deportistas hipermotivados o extremadamente profesionales que prefieren obsesionarse con la competición y que van a ganar, y que por tanto no quieren distracciones ni aunque se les pusiera delante y ofrecida la campeona australiana de los 100 metros espalda, la mayoría de los deportistas de unos Juegos saben que van a perder, que su estancia en los Juegos va a ser breve, y que hay que aprovechar cualquier oportunidad que se ponga a tiro.

La predisposición es grande, las hormonas están revueltas, y la guinda de ese pastel son las “fiestas de despedida”: es costumbre, cuando alguien cae eliminado y se tiene que volver a su país –como en ‘Pekín Express’–, que a modo de adiós haya barra libre de sexo. Las orgías en la villa se ve que son míticas. Y cada día eliminan a un montón de gente. De ahí que se repartan tantos condones: corren litros de esperma por los desagües, tanto como los litros de alcohol que corrían por las venas de Ramoncín.

Y ahí se apunta todo el mundo. Se habla de un tenista mundialmente conocido –no diremos quién– que aprovecha los Juegos para ponerse como el tenazas y acabar con el miembro en carne viva. Los tenistas y los nadadores (y los jugadores de waterpolo) son los que más pillan: tienen los cuerpos más proporcionados de todos, ni son unos tirillas anodinos como los tiradores al plato ni esa masa atrofiada de los velocistas en las pruebas de atletismo. Hombres marmóreos que parecen dioses romanos para los que todo es fácil, y que siempre tienen el gatillo a punto para disparar.

Así, los Juegos Olímpicos son la gran explosión de una tendencia que se da continuamente en todos los lugares y todo tipo de concentraciones. Los escándalos sexuales que han salpicado, nunca mejor dicho, a la selección francesa de fútbol son la punta de un iceberg tapada por la omertà de muchos periodistas que han cedido a las presiones de diferentes federaciones que han querido tapar todo lo que sus jugadores y representantes hacen en los hoteles después de haber encargado alcohol en la recepción y putas por teléfono.

En Brasil 2014 –siempre Brasil–, una selección campeona del mundo estuvo más pendiente de convertir las suites del hotel en una película de Tinto Brass que en preocuparse por superar la fase de grupos. Ganar, casi siempre, es una cuestión de chiripa, no de preparación: para lo que se preparan de verdad los deportistas es para mojar el churro todo lo que puedan. La vida es corta y la carne es débil. Carpe diem.

No nos extraña nada que Torbe pudiera facilitar chicas para sus amigos del Athletic Club, ni tampoco que otros futbolistas amigos le pidieran participar en alguno de sus sórdidos bukkakes, ni siquiera que todo esto, en vez de excepcional –que es lo que podría indicar una noticia–, fuera habitual y regular, y que todo el mundo del deporte de élite fuera una especie de Sodoma y Gomorra desmadrada que de vez en cuando va dejando algún caso exótico a la vista, para disimular. En Estados Unidos se ha hablado mucho de aquel maratón de putas que casi deja para el arrastre al jugador de baloncesto Lamar Odom, lo que permite no hablar de cómo se comercia con sexo en las mismísimas tripas de la NBA.

En conclusión, no se crean nunca aquello de que “no follamos durante las concentraciones”, porque es mentira. La verdadera noticia llegaría el día en que uno de estos individuos se guarde el canario en la jaula, y lo dejara ahí, quieto y fláccido, seco como la mojama.

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