Vicio y subcultura Nostalgia del videoclub

Nuestro Vicio y subcultura nos lleva esta vez de vuelta a la edad de oro del videoclub, esos recintos sagrados en que muchos recibimos lo más parecido a una educación sexual, sentimental y cinéfila.

Tera Patrick
Javier Blánquez | 20/02/2018 - 11:59

En la actualidad, ver porno es facilísimo. Hay tanto porno flotando en el ambiente, disuelto en el agua, circulando por las redes, que llegará un día en que el porno será tan cotidiano que no le daremos importancia, y en ese caso no sentiremos ningún deseo sexual, ni mucho menos reproductivo, y se extinguirá la especie, y no pasará nada porque somos prescindibles en el universo.

Pero mientras llega ese momento, estaremos inmersos en un proceso en el cual el sexo filmado se va a convertir en algo habitual y a lo que tendremos acceso cada vez a edades más tempranas.

Habrá momentos de pura epifanía pornográfica, por ejemplo, a los ocho años, cuando buscando en Google información sobre, por ejemplo, Gerónimo Stilton, a nuestros descendientes en el futuro les salga una parodia de una especie de Axel Braun del futuro en la que un equivalente de Rocco Siffredi de 2030 esté dándole duramente a una joven estrella ingresada en el negocio cinco meses antes, y esto causará una enorme conmoción en una mente muy joven que, sin embargo, gracias a su plasticidad y su condición de nativo digital, acabará asimilando la experiencia y normalizándola.

La edad de contacto con el porno se ha ido rebajando con el tiempo. La generación que llegó a la adolescencia en los 90 se encontró con el porno alrededor de los 15 años, mientras que la generación anterior tuvo que hacerlo a los 18. Sin embargo, la que ha venido después, y la que viene a continuación, han ido bajando la edad de contacto y, sobre todo, bajando el nivel de satisfacción en todo lo que había que ver: antes, a los 15, contemplabas como mucho un anal pedestre; ahora, a los 13, igual ya has visto un doble fisting de los de Legal Porno y todas las cosas raras que se cuelan en los rodajes de Mofos, y en conclusión, ya no hay capacidad de sorprenderse con el paso de los años, porque la eficacia del impacto del porno cada vez es más reducida.

Tera Patrick

 

Nuevos tiempos, nuevas costumbres

Lo que queremos decir es que se ha perdido el misterio, y que la iniciación sexual, aunque quizá no tenga que ser tan lenta como en épocas más antiguas y más pacatas, tampoco es bueno que sea tan rápida. Ahora, en la era de Tinder, YouPorn, Orgasmatrix y FreeOnes, todo lo que tiene que ver con el sexo se consigue tan rápido, tan fácilmente y además gratis, que parece una rutina.

Antes había que ligar con las chicas para conseguir, al cabo de unas semanas, arañar ni que fuera un beso o que te dejara untarle el dedo en el potorro, y ahora ya se montan tríos en la primera cita. Antes, para saber cómo era la anatomía femenina, había que conseguir un Lib o un Clima de estraperlo, y ahora es tan fácil como una búsqueda en Google.

Antes, las películas eran difíciles de conseguir: había que verlas en un cine sórdido rodeado de señores casposos de cincuenta años que se tocaban partes delicadas de su cuerpo y dejaban en el ambiente un agrio a algo olor, con tonos de almizcle, y la cosa se puso un poco más fácil si tu padre contrataba el Canal Plus, que echaba una película guarra cada viernes, y si no la podías ver codificada, estrechando mucho los ojos. El tema de las revistas era peliagudo, porque solían pasar por muchas manos y verlas era un acto colectivo que no permitía intimidades, y en todo este tinglado de obstáculos que nos impedían saciar nuestra curiosidad sexual, apareció un elemento aliado: el videoclub.

 

La mejor escuela

Si hay una institución que ayudó en los noventa y principios de la década de 2000, antes de internet y antes del advenimiento del porno gonzo, a que nos resultaran más familiares las cosas del cuerpo, esa fue el videoclub. El videoclub es la verdadera educación sentimental de una generación que quizá ha follado menos, se lo ha tenido que currar más y ha llegado tarde a todo, pero lo ha hecho a través de un proceso de búsqueda, aprendizaje, prueba y error que ha resultado intelectualmente inspirador.

Racquel Darrian

 

Si usted es una persona muy joven o vive en alguna civilización atrasada, primero de todo déjeme explicarle lo que es (era) un videoclub. Un videoclub era un lugar al que uno iba a alquilar películas en un dispositivo de grabación conocido como ‘cinta VHS’, o una especie de carcasa mastodóntica en la que había una cinta magnética en la que estaba grabada una película.

En los videoclubs había de todo: novedades, películas antiguas, incluso series de televisión, también dibujos animados, y sobre todo había porno. El porno, aunque nadie lo reconociera públicamente –sólo en privado– era la salsilla del videoclub, aquello por lo que de verdad valía la pena sacarse un carné de socio para alquilar por 100 pesetas una película (periodo de permanencia: 24 horas). Todo el mundo alquilaba porno; las parejas adultas lo hacían para inspirarse, y los menores de edad para quitarse de encima la inseguridad y el cosquilleo curioso.

Había una cosa curiosa con los videoclubs: como lo que más se alquilaba era el porno –excepto cuando llegaba una película nueva, que se había estrenado en cines unos meses antes, y entonces había hostias y lista de espera entre los clientes–, los responsables del mostrador siempre hacían la vista gorda si intentabas llevarte una peli guarra.

 

Pacto tácito

A menos que tuvieras cara de ir a preescolar, con poco que vieran algo de pelusilla en el bigote o un poco de acné, ya te dejaban alquilar sin hacer preguntas. En el fondo, era una decisión inteligente no pedir el carné de identidad: estabas abriéndole la puerta a un cliente reincidente, invitándole a volver siempre que quisiera –como cuando se deja pasar a un vampiro a tu habitación–, y sin duda era eso lo que hacía todo el mundo: un día una película, y al día siguiente otra, y así hasta esperar a que las novedades adquisiciones se fueran renovando.

Janine Lindemulder

 

Lo bueno de los videoclubs estaba en que la selección de porno era variadísima: había desde porno con embarazadas a zoofilia –fue cuando mucha gente vio la mítica escena de Cicciolina bañándose en semen de caballo–, mucho porno alemán, con señoras morenas con mucho pliego de carne, y también porno inglés, donde abundaban los latigazos, y luego porno americano, que era donde salían las actrices guapas.

Y claro, con esas portadas de productoras y distribuidoras  como Vivid, Serenna y demás, cualquiera no volvía a repetir. Poco a poco se iba conformando un star system: Racquel Darrian, Janine Lindemulder, Savannah, Ginger Lynn, Sarah Young, Asia Carrera, Nikki Dial y todas aquellas tremendas mujeres de principios de los 90, previas al advenimiento de las reinas de la década, que fueron Jenna Jameson y Tera Patrick. Porno español no había aún, pero el porno empezaba a crear una cultura a su alrededor. Al videoclub se lo debemos todo.

 

Una nostalgia saludable

Hay que sentir nostalgia del videoclub por muchas razones. Primero, el videoclub está en la base de las primeras colecciones privadas de pornografía de calidad; era tan sencillo como tener dos vídeos y copiar la película que se reproducía en uno en una cinta virgen –para eso, había que asegurarse de estar solo en casa durante al menos dos horas, que era lo que podía llegar a durar la operación–.

A la vez, el videoclub proponía un lento, dilatado pero constante proceso de aprendizaje: poco a poco íbamos familiarizándonos con nombres, con sellos, con géneros, cada película la veíamos a fondo y hasta agotarla, no fuera que nunca más la pudiéramos tener a nuestro alcance, y poco a poco se iba construyendo uno una cultura en la que tarde o temprano aparecían los autores, los artistas: gente como Andrew Blake y tal.

Descubrimos que había mucho porno malo, mucho porno asqueroso, tanto que haría vomitar hasta a un cerdo, pero también había un porno que era una obra de arte. Identificamos los niveles: Vivid era porno pijo, y Private era lo mismo pero más guarro, con enculadas bien visibles; veíamos la evolución física de las estrellas, lenta pero poderosa, como cuando estrenaban nuevas tetas. Y además, el porno en aquella época era doblado, y ver los diálogos y los gemidos con doblaje era una experiencia bizarrísima. Se cuenta que muchas actrices de doblaje terminaban desmayándose, porque de tanto gemir se les iba el oxígeno.

Ginger Lynn

 

Nuestro sitio

El videoclub era un lugar mucho más hospitalario que el sex shop. El sex shop siempre era un espacio frío y violento, lleno de objetos extraños y con aquellas cabinas misteriosas a lo lejos, de las que siempre salía un señor mayor con una revista abierta, y si no era una revista, al menos lo que llevaba abierta era la bragueta.

Una cabina de un sex shop era un lugar infeccioso con rollos de papel de váter. En cambio, algunos videoclubs tenían una zona especial habilitada para el porno, separada con cortinillas de abalorios, con las novedades bien destacadas, seleccionando bien el material –por ejemplo, un clásico del videoclub era alquilar ‘Tarzán X’, una de las primeras obras maestras de Rocco, con la que sería su mujer, Rosa Caracciolo, dándole la réplica en dos escenas explosivas–, sabiendo que había un público fiel que había convertido el videoclub en su Meca particular, su destino de peregrinación.

En el videoclub lo aprendimos todo, nos convertimos en hombres, y aunque el porno de hoy no está mal, y mola que te llegue en unos minutos de nada al disco duro, nada será comparable a darte una vuelta por todo el espacio y llevarte una de Private, otra de Terminator, y otra de Esteso y Pajares.

Ojalá volvieran esos maravillosos tiempos.

 

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