Échate un Casquet Confesiones de una nudista primeriza

Casquet da por inaugurado el verano 2014 con su debut en el mágico mundo de las playas nudistas. Un lugar en el que descubre partes del cuerpo que nunca imaginó que podrían llegar a quemársele y desarrolla la habilidad de sortear penes de todo tipo sin perder la compostura.

Casquet
Noemí Casquet / Foto: Albert López | 10/06/2014 - 13:34

Odio la playa. O al menos, la odiaba.

Nunca compartí del todo esa fiebre absurda por plantar la sombrilla y pasarse el día entero oliendo a pescado frito, escuchando los gritos de los niños, tratando de relajarte entre hordas de domingueros que te pisan la toalla o juegan a volley playa a un metro de ti, rociándote de arena mientras sus novias se hacen con el móvil la típica foto del pie a la orilla del mar. Y tú ahí, tomando el sol. Sin hacer nada. Porque en la playa nunca hay nada que hacer.

Sin embargo, algo cambió el pasado domingo. Algo que tal vez haya convertido mi odio por la playa en cosa del pasado.

Ese día preparé los tuppers y la maleta con mi kit básico de supervivencia a orillas del mar: una crema solar para pieles radioactivas como la mía, mis palas y mi par de pelotas, la toalla con olor a moho del año pasado y, obviamente, mi “Cocodrili”, un buen amigo de metro y medio contra el que suelo restregarme mientras me baño. Y no, no se trata de un señor bajito ni de un consolador inmenso, sino de un cocodrilo inflable que compré en el chino del barrio.

 

Por una de aquellas casualidades…

Una vez en la playa con mi amiga y mi pareja, recorrimos el arenal en busca de un lugar tranquilo en el que plantar la toalla. Por suerte, aquello estaba hasta los topes, así que se nos ocurrió la feliz idea de buscar una playa nudista. Mira tú por dónde, estábamos justo al lado de una. Son fáciles de reconocer: en sus inmediaciones hay siempre algún señor mayor tanoréxico rondando entre los matorrales con la erección a media asta.

En cuanto plantamos la tienda de campaña, empecé a disfrutar de un paisaje que me sorprendió, tras años acostumbrada al tipo de desnudez que ofrece el porno. Allí había todo tipo de penes naturales en estado de reposo, desde los micro a otros que casi dejaban rastro hasta la orilla. Vi miembros peludos, a medio depilar, mojados, encogidos, salados, arrugados, tristes, tersos, alegres… Incluso alguno, todo hay que decirlo, a medio empalmar.  Tanto pene, en fin, que aquello parecía una charcutería.

Semejante despliegue de cuerpos desnudos hizo que al principio nos sintiésemos un tanto cohibidos. Siempre había querido probar esto del nudismo, pero cuando llegó el momento, no me resultó tan sencillo como había imaginado. Me quité las primeras prendas con una lentitud innecesaria y no cogí carrerilla hasta que mis pechos estuvieron al aire. A partir de ahí, ya sin la menor duda, dejé a mi conejo salir de la madriguera al mismo tiempo que mi amiga liberaba al suyo y mi novio se unía al mercado de salchichas. Ahí estábamos. Tres primerizos desnudos en la playa, con nuestras partes íntimas mirando al mar. Sin ropa, sin pudor y sin complejos.

En mi caso, antes de completar el ritual de untarme de crema por todas partes ya había recuperado la naturalidad. La experiencia de tomar el sol y bañarme desnuda me resultó agradable y cómoda. Me lo pasé en grande chapoteando sobre mi cocodrilo, no se me hizo nada extraño jugar a las palas con pelotas extra por todas partes, ni comer paella con un olor a marisco incluso más intenso que de costumbre.

 

Lo que se aprende

Desde el domingo, puedo decir que los agujeros negros sí existen, diga lo que diga Stephen Hawking, que los penes también se queman si los expones al sol sin protección (algo que debe doler horrores, no quiero ni imaginármelo) o que los pezones rosados se ponen morenos, o al menos desarrollan un color similar al de las galletas María. Incluso descubrí que pueden llegar a quemársete partes del cuerpo cuya existencia desconocías o desarrollé habilidades como la de agacharme con delicadeza para no ofrecer una estampa ginecológica de mi interior o la de moverme con naturalidad o incluso correr por la arena sin tropezarme con ninguno de los penes que me rodeaban.

Vamos, que me lo pasé en grande. Ya estoy buscando nuevas playas a las que llevar juntos a mi conejo y a mi cocodrilo. ¿Te animas a contarme cuál fue tu primera experiencia en una playa nudista?

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