Échate un Casquet En la cabina con Max Cortés

Casquet se cuela en la fiesta de cumpleaños de Max Cortés, un sarao desmadrado y libertino con twerking, gogós de estética BDSM, muñecas hinchables y porno gratis por un tubo.

Max Cortés, en harina
Noemí Casquet / Fotos: Jordi Puig | 21/03/2014 - 14:00

Ir de fiesta con el actor porno y dj Max Cortés es una locura. Siempre que tengo oportunidad, me apunto a todos los eventos nocturnos que Max organiza, y la verdad es que ninguno me decepciona.

Pero estaba claro que lo del sábado 15 de marzo iba ser muy especial: se celebraban sus 43 años. Sí, yo también lo pensé: ojalá a esa edad tenga la marcha y el espíritu que tiene Max. Pero no tengo mucha esperanza de llegar tan bien como él.

La fiesta, en la que colaboraban tanto ‘Primera Línea’ como la web de juguetería erótica Comprar Placer, iba a celebrarse en Catwalk, una discoteca en el Puerto de Barcelona donde las colas para entrar son eternas. Los sábados por la noche se celebra la conocida fiesta “Coolture”, organizada por Frank Toledano y Natan Martínez. El local es enorme y dispone de dos salas, una con la música house del momento y otra con R&B para practicar nuestro twerking a lo Miley Cyrus (voy perfeccionándolo).

Nunca es tarde

El día de autos me presenté en la discoteca un poco más tarde de lo habitual, sobre las dos de la madrugada. Así que el festival ya estaba en todo su esplendor y, después de sumergirme en un océano de guiris con ganas de marcha saludar a los amigos que me fui encontrando, me colé por primera vez en la cabina del dj.

Saludé a Max, que estaba completamente absorto en la música y en la fiesta, controlándolo  desde su portátil con mano maestra. Y miré al frente: la gente saltaba, levantaba las manos, chillaba, saludaba a Max y disfrutaban como nunca, como si formasen parte del mayor éxtasis de la historia.

No quise perturbar ese momento de conexión entre el dj y su audiencia, así que me situé detrás de él, presenciándolo todo desde un discreto segundo plano. Así conocí a Raúl Arellano, popular dj que esa noche se encargaba de las luces y las máquinas de humo distribuidas por el local. Gracias a él, me di el gustazo de rociar de humo tanto a Max como a la concurrencia a mi libre albedrío, con solo apretar un botón.

Max llevaba cascos, pero no parecía necesitarlos: se guiaba por las ondas sonoras que veía parpadear en la pantalla de su ordenador. Y lo clavaba. Quien crea que el de dj es un trabajo relajado, sin la menor exigencia física, se equivoca. Max llevaba ya un rato pinchando como un descosido, y parecía exhausto. El sudor empapaba su ‘melena’. Y yo, por pura solidaridad, me dediqué a secárselo con un pañuelo, en una escena que a más de uno debió parecerle surrealista.

BDSM-en-Cat-Walk

El reposo de la guerrera

A mis 22 años, se me hacía poco menos que imposible aguantar el ritmo que llevaba Max. Así que fui a la zona de los sofás a charlar un rato mientras me tomaba un gintonic y una brocheta de golosinas. Mientras bailaba y animaba al dj, me encontré a un curioso personaje en mitad de la discoteca: un tío vestido con un traje rosa con capa en el que se leía la palabra ‘CondonMan’. Una especie de súper héroe porno que no paraba de menear su apretado paquete por la discoteca. Me acerqué a él y le pregunté por su vestimenta. Entre balbuceos pude entender que estaba celebrando su reciente matrimonio. Con su amigos. En mitad del local. Vestido de hombre-condón rosa. Por supuesto, me declaré fan instantánea de semejante héroe.

En mitad de la fiesta llegaron un grupo de chicas muy, muy altas y bien vestidas. Todas eran guapísimas. Entre ellas me encontré a Juan Marín, locutor de radio; Raúl Lora, cámara y director de cine porno, y Pablo Ferrari, productor y director. Me explicaron que estaban allí celebrando el cumpleaños de Roberta Rodrigues, una famosa transexual. Aquello era un auténtico desfase, todo lleno de focos y fotógrafos, botellas de cava y glamour.

Subí unos minutos más a la cabina del dj donde Max empezó a tirar películas porno de IFG a un público muy entregado. La gente se volvía loca con el obsequio, en una prueba de lo muy vigente que sigue el dicho “tiran más dos tetas que dos carretas”.

Al final de la noche me hice íntima amiga de una rubiaza con ojos azules y pechos siempre erectos que se marcaban a través de su camiseta estampada de Comprarplacer.com. Le metí los dedos por delante y por detrás, en la boca, le toque las tetas mil veces, le quité la camiseta y estuve bailando con ella un buen rato. Aunque tuve que compartirla con un agradable chico que estaba enamorado de ella. Y con muchas manos que la manoseaban sin parar. Ser muñeca hinchable es muy, muy duro.

El-ritmo-de-la-noche

Casquet,-intrépida-reportera,-con-su-fotógrafo.-Albert-López

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