Échate un Casquet: Navegando en un mar de pollas

Casquet, periodista especializada en porno nacional y fichaje reciente de ‘Primera Línea’, recuerda perfectamente cómo surgió su vocación, y no tiene el menor problema en contárnoslo.

Vicios privados, virtudes públicas
Noemí Casquet / FOTO: ALBERTO LÓPEZ | 22/01/2014 - 10:52

La historia empieza un viernes cualquiera. Sola en casa. Aburrida y sobreexcitada, como una depredadora solitaria que pide a gritos hincarle el diente a su presa. A cualquier presa.

Una de esas tardes en que acabé navegando por la guía de canales del mando a distancia de mi televisor hasta tropezar con mi letra preferida, la X. Una tarde pasada en compañía de penes tremendos que penetraban en la pantalla a mujeres de infarto, ofreciéndome un festín privado de jadeos y orgasmos. Una tarde de recorrer con los dedos mi entrepierna y mi vientre sudoroso hasta enterarlos en mi piedra filosofal, mi cáliz de fuego, como si aquello fuese una versión lúbrica de Harry Potter.

En tardes así, de orgasmos inducidos por actores y actrices que fornicaban en la distancia, me enamoré del porno. Y en tardes así tomé la decisión de tratar de convertir aquello, mi pasión privada, mi secreto poco menos que inconfesable, en mi forma de ganarme la vida.

Con el tiempo, encontraría la manera de conciliar vicios privados y virtudes públicas, los impulsos lascivos con el periodismo: empecé a escribir sobre porno. Los orgasmos privados fueron convirtiéndose en artículos, y pasé por un periodo de aprendizaje que, en primer lugar, supuso librarme de una serie de prejuicios.

El primero, dar por supuesto que los profesionales del porno son sátiros y ninfómanas, algo que, salvo en algún caso aislado (espero no desilusionar a nadie), en absoluto es verdad. Y otro, también muy frecuente, penar que lo que hacen no tiene ninguna dificultad, que todo es cuestión de ponerse ante la cámara y echar un polvo, como si no hubiese un trabajo previo que convierte a las diosas y los dioses del porno en criaturas expresivas, morbosas y, en definitiva, la materialización de nuestras fantasías y nuestros objetos de deseo.

Clases de lenguaje lascivo

Aunque la cúspide de mi noviciado pornográfico fue habituarte a un nuevo vocabulario. En cuanto empiezas a tratar habitualmente con profesionales del porno, te acostumbras a que todos se mueven en el terreno de lo crudo y lo explícito. A copular se le llama “follar”, y a los penes, “pollas”. Mi prudente y pacato léxico de estudiante de periodismo fue sustituido muy pronto por el vocabulario del porno, que es también el de la calle, y ahora lo utilizo casi siempre. Incluso cuando no debería.

Así que permitidme que haga uso de mi lenguaje lascivo y os diga cómo descubrí mi verdadera vocación. Hay quien se siente feliz al volante de un coche y decide ser piloto, o quien llega al éxtasis en la cocina y quiere ser chef. Yo encontré mi camino buceando con los dedos en un océano de fluidos. Dicho en plata, navegando en un mar de pollas.

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