Vicio y subcultura El morbo de los crímenes reales

La edición de un libro basado en la crónica negra española del último siglo y pico sirve de pretexto para que Blánquez se plantee una pregunta inquietante: ¿por qué nos resultan tan morbosos los crímenes reales?

Criminal sexy
Javier Blánquez | 20/09/2016 - 9:21

A estas alturas de la vida ya no tiene ningún sentido negar que somos una chusma morbosa a la que le gusta saber de todo tipo de tropelías cometidas por locos y asesinos.

Nos gustan más las historias de despellejamientos, homicidios en serie y fechorías criminales que –puestos a elegir otro tipo de espectáculo estimulante– una final de fútbol al más alto nivel o la investidura fallida de un aspirante a presidente del gobierno. En todos estas hipotéticas situaciones se nos dispara la adrenalina, aunque los niveles de morbazo no son los mismos. Nos flipan los sucesos, para qué vamos a negarlo, y lo mejor es abandonar la razón –total, para qué– y dejarnos arrastrar por nuestros instintos más bajos hasta el fondo del Mal.

Se dice que toda esta atención desmesurada hacia el crimen y todo lo sangriento comienza, al menos en nuestra era moderna, con los asesinatos de Jack el Destripador en 1888, en el barrio de Whitechapel en Londres. Decimos “la era moderna” porque antes, en las edades oscuras, la gente ya iba a ver cómo quemaban a las brujas en la plaza de la aldea, o se lo pasaba pirata en las sentencias condenatorias del Santo Oficio, y a falta de Telecinco siempre iba bien, para pasar el rato, una tarde en la vía pública viendo ahorcamientos en directo, lo que nos confirma que la fascinación por la sangre viene de mucho tiempo atrás, desde la época de los gladiadores o al asesinato de Abel por parte de Caín, por lo menos.

Pero en la época actual, el crimen es un tipo de espectáculo más global, variado y sórdido. Durante los hechos del Destripador, la prensa de masas, que ya había afirmado un mercado extenso en las grandes ciudades del mundo y en Londres en especial, había encontrado en aquella ola de crímenes un asunto llamativo, repleto de incógnitas y de vísceras, que entretenía al populacho.

Más de un siglo después, sigue siendo una incógnita fascinante: no pasa un año sin que se publiquen nuevos libros sobre el Destripador, o que alguien salga con una nueva teoría de quién fue y por qué lo hizo y, por supuesto, que se produzcan réplicas de alguna u otra forma. En nuestra sociedad enferma, el asesino en serie –Ed Gein, John Wayne Gacy, Ted Bundy– es otra forma de celebridad pop, como Julio Iglesias pero con un cuchillo de carnicero.

 

Los crímenes que nos quitan el sueño

Por eso, tampoco nos debería sorprender que, de repente, uno de los productos más conseguidos de la televisión reciente sean los documentales hiperrealistas sobre crímenes reales, y es que difícilmente la ficción consigue superar a la realidad.

En las novelas y en las películas ya se nos ha agotado el pasatiempo de descubrir quién puede ser el asesino: la literatura de detectives ha encontrado todas las fórmulas posibles de sorprender al lector/espectador, de modo que parecemos estar ya inmunizados contra las falsas sorpresas; tenemos un sentido arácnido que nos lleva, desde el principio, a sospechar que quien lo hizo fue el mayordomo, o la persona de más edad, o la secretaria. O el típico loco del que no se sabe nada durante varios capítulos y que aparece al final para que lo conozcamos como el malo, como en la primera temporada de ‘True Detective’, que mola más por su atmósfera que por su desenlace.

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La realidad es imprevisible

Pero en los casos reales no funciona la lógica de la sorpresa, sino el impulso irracional de supervivencia, o motivos de venganza mucho más prosaicos, y los hay que bien ofrecen un nivel de crueldad insoportable, o una insólita extravagancia, o dudas razonables sobre los culpables, hasta el punto de que se convierten en atracciones de primera para calmar los rigores del morbo.

Nadie que haya visto series como ‘The Jinx’ (HBO, 2015) o ‘Making a murderer’ (Netflix, 2015) podrá negar que estamos ante dos de los productos más perfectos de la televisión reciente: investigaciones serias sobre casos reales de asesinatos que no tuvieron confesión en firme, o que seguían dejando perpleja a la policía, y que tras un trabajo intenso de documentación y entrevistas, acababan resolviendo enigmas impenetrables. Robert Durst y Steven Avery se convertían, así, en nuevos inquilinos de la mitología del serial killer moderno: hombres fríos, enfermos, peligrosos, que acojonan si intentas mirarles a los ojos, que hacen que te defeques la pierna abajo con sólo escucharles hablar

Otro documental actualísimo, ‘O.J.: Made in America’ (ESPN, 2016), de más de siete horas de duración, nos provoca el mismo vértigo: el de la observación, paso a paso, de cómo una persona se va hundiendo en el abismo de los celos y el desequilibrio, hasta el punto de asesinar a su esposa. En los 90, el caso O.J. Simpson –ex estrella del fútbol americano, actor chungo y hombre con la mano suelta– fue la comidilla de todos los sucesos.

 

Una moda imparable

Los anglosajones tienen una expresión para referirse a este fenómeno: True Crime. True Crime es un género de no-ficción que indaga en el origen, el desarrollo y en las caras B de auténticos casos de asesinato a lo largo de la historia. Es la vertiente ‘de calidad’ del periodismo de sucesos, y una rama tanto creativa como documental que, podría decirse, arranca con aquella novela de Truman Capote, ‘A sangre fría’, en la que de manera literaria el autor, devenido en periodista, desarrollaba un largo reportaje sobre un caso de homicidio en la América interior.

Pero en realidad el True Crime viene de mucho antes, pues en la Inglaterra del siglo XIX ya era común que las gacetillas narraran con todo lujo de detalles –y con todo lujo de concesiones fantasiosas– los más asombrosos y sangrientos crímenes de la gran ciudad. En este tipo de práctica periodística se basa el legendario texto de Thomas de Quincey, ‘El asesinato considerado como una de las bellas artes’, una parodia de los reportajes sensacionales sobre crimen real en Londres, y que más tarde pasarían también a París y otras grandes ciudades.

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True Crime es también el nombre que ha escogido la editorial madrileña La Felguera para iniciar una serie de publicaciones –o sea, una colección acabada de nacer– que intentarán documentar algunos de los casos más fascinantes de fechorías, vandalismo, degüellos y tropelías sangrientas acontecidos en las décadas oscuras de nuestro pasado, y que todavía hoy nos siguen fascinando por su grotesca crueldad, o su glamour en blanco y negro.

Por ahora, los editores de La Felguera llevan dos libros publicados: parece poco, pero son dos volúmenes muy necesarios para quien opine, como De Quincey, que el asesinato es un arte bello y capaz de perfeccionarse, y además sienta en su interior la llama del morbo, la llamada de lo siniestro y el gusto por la sangre distante del relato, que una cosa es matar y otra muy distinta es interesarse por la muerte.

 

Crímenes en la niebla

Hace unos meses apareció el primer volumen de True Crime en español: su título era ‘Londres Noir’ (2015) y consistía en una relación, a partir de relatos periodísticos de la época –la principal fuente de documentación es el ‘Newgate Calendar’, un periodico que informaba sobre ejecuciones en la cárcel más preeminente de la ciudad–, de crímenes asombrosos cometidos en el Londres de los siglos XVII y XVIII, con historias como las de Sawney Bean (“Un increíble monstruo que, con su esposa, vivió a base de asesinatos y de practicar el canibalismo en una cueva”), Mary Channel (“Famosa por su ingenio y su belleza, cuando fue obligada a casarse con un hombre al que detestaba, le envenenó y fue ejecutada en 1703, a los 18 años”) o John Williamson (“Un asesino cruel y premeditado, que torturó y mató de hambre a su esposa. Ejecutado en Moorfields el 19 de enero de 1767”).

Justo ahora, acaba de publicarse el segundo volumen de True Crime bajo este título: ‘Fuera de la ley. Hampa, anarquistas, bandoleros y apaches. Los bajos fondos en España (1900-1923)’, que como indica su título es una relación –casi toda a partir de textos de las gacetas sensacionalistas editadas en Madrid y Barcelona a principios del siglo XX– de casos de criminalidad en España, de atentados anarquistas o reyertas en tabernas, una crónica de los últimos bandoleros que robaban en los caminos y de los golfillos que pedían limosna y robaban carteras en la calle, de asaltadores de casas y de apuñaladores profesionales a sueldo.

La Felguera es la editorial que ha conseguido hacer llamativo y atractivo el crimen más sórdido. Este volumen de hampa española del siglo XX –en la que desfilan personajes como Antonio Llucià, mítico estafador capturado en Barcelona después de haber afanado una fortuna utilizando documentación falsa y disfraces, o el modelo que inspiró al personaje literario de Fantômas, el príncipe de los ladrones, Eduardo Arcos–, y a lo largo de más de 500 páginas profusamente ilustradas con grabados de la prensa, fichas policiales, armas y técnicas criminales, entendemos cómo era la España violenta de entonces, donde uno podía encontrar la muerte en cualquier callejón oscuro, y en la que ni siquiera una taberna a la luz del día era un lugar seguro.

Un estímulo más para quien no pueda contener el morbo y necesite, como el vampiro, una nueva dosis de sangre. Un día te lo da el True Crime de la televisión –tenemos ganas ya de la segunda temporada de ‘Making a murderer’, que ya está anunciada–, y otro día te lo dan los tochos malsanos de La Felguera. El caso es que, ya que el mal tiene mil formas y no podemos vencerlo –aunque sí combatirlo con cierto éxito–, lo mejor es resignarse a su existencia y disfrutarlo como espectáculo en la distancia, para que de vez en cuando se nos revele, como dijo el amigo Thomas de Quincey, como una obra bella y admirable.

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