El sexo de Lucía El socorrista y yo

Nuestra cronista lasciva tira esta vez de autobiografía sexual y nos lleva de viaje a un tórrido verano que pasó en París en plena adolescencia. Allí, sus hormonas alborotadas convirtieron a un socorriste que se asomaba a la mediana edad en objeto de deseo y ensoñaciones eróticas.

El socorrista
Lucía | 02/09/2016 - 9:29

Yo debía tener 15 o 16 años, lo que significa que estaba en pleno periodo de efervescencia hormonal. Pasaba el verano en París, en casa de mi hermano, y me había echado una amiguita de mi misma edad para que mi estancia fuese menos tediosa. Las tardes las pasábamos en la piscina municipal: estábamos en el extrarradio de París y la canícula era terrible, era la única forma de que las horas pasasen sin asarse.

Y allí estaba él: el socorrista. Nos doblaba la edad, como poco, pero eso no me importaba porque desde que tengo uso de razón, recuerdo que siempre me han gustado los hombres más mayores, y no busquéis ningún tema relacionado con el padre que no lo hay.

Pero volvamos al tema: debía tener unos 35 años. Gafas a lo Tom Cruise en ‘Top Gun’, cuerpo fibroso, gorra para el sol, piel tostadísima y gran sonrisa que nos desarmaba. Y ahí estábamos mi amiga y yo en el agua, como dos lerdas, con risas nerviosas de vírgenes, con ganas de llevar a ese morenazo al puesto de primeros auxilios a tomarle la temperatura a través de la verga y dejar de ser vírgenes de una vez. Por ejemplo.

No nos quitaba ojo de encima. Y cuanto más nos miraba, más excitadas estábamos: con gusto hubiera simulado un ahogamiento para que acudiera raudo a salvarme la vida y me hiciera el boca a boca. Durante largo rato. Con lengua, por supuesto. Y luego le habría pedido que por favor, comprobase mi pulso poniendo la mano en mi teta, en las dos vaya, que me las magrease bien ya puestos. Y que luego bajase por mi vientre hasta mi sexo, ya mojado y no solo del agua con cloro, y me hubiese metido los deditos hasta que le suplicase que me follase.

Socorrista

 

Lo que fue y lo que pudo haber sido

En esos pensamientos estábamos cuando decidimos ir a jugar con una de esas cámaras interiores de los neumáticos, enorme, de camión, porque en aquella piscina te permitían juegos de ese tipo. Y él venga a mirarnos desde su atalaya. Y nosotras venga a desafiarle con la mirada y a reírnos, así hasta que con la tontería de la cámara a mí se me bajó la parte de arriba del bikini y me quedé en tetas, como dirían mis sobrinos. Mi amiga se partía de la risa mientras yo, muerta de la vergüenza, buscaba tontamente la prenda en el agua y él se sonreía mucho más aún. Cabronazo, deja ya de sonreír tanto y proponme quedar, no seas lerdo…

Pero toda ensoñación, y ésta era una y aún peor, era una ensoñación de adolescente, tiene su fin. Incluso a veces tiene un final trágico.

En esta ocasión fue un final abrupto, inesperado: de repente empezó a andar hacia nosotras. Dios, qué nervios, viene hacia aquí, al fin va a hablarnos pensábamos. Y cuando estaba llegando cometió el gravísimo error de quitarse la gorra. ¿Por qué error, diréis? Pues porque debajo estaba calvo. Una calvorota anti libido total.

No, no penséis que no me gustan los calvos y los tapaos. Me gustan mucho, me parecen muy atractivos, ahí está el ejemplo de Zinedine Zidane al que no le haría ascos en absoluto. Pero es que la calva del socorrista no tenía nada de libidinosa: era como la de John Malkovich en ‘El Imperio del Sol’, pero con pelo aún más ralo y fino a los lados, vamos, un horror. Que todavía se le podría haber follado con la gorra puesta pero sin ella… ¡ni locas!

Así acabó nuestro sueño húmedo con el socorrista que tardó cero coma en entender, al quitarse la gorra, que no tendría que haberlo hecho jamás, porque nosotras, al ver aquél terreno yermo adornado de pelos finos alrededor, nos levantamos como un resorte disparadas hacia el otro lado de la piscina.

Éramos vírgenes, pero no tontas.

 

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