Vicio y subcultura Elogio de la orgía

En Vicio y subcultura hemos querido darle un buen repaso a un par de clásicos recientes del sexo en grupo, aunque solo sea para llevar la contraria a los que piensan que ya no se hacen orgías como las de antes.

Orgías
Javier Blánquez | 29/11/2018 - 9:00

Estamos en un momento en el que el acceso al sexo es relativamente fácil. Es decir, en épocas pasadas y no demasiado antiguas, en las que –al menos en nuestra civilización occidental– tenía un peso determinante la moral judeocristiana y el puritanismo estaba muy extendido por todas las capas sociales, echar un polvo era una cuestión mucho más complicada.

No es que la gente no follara, por supuesto, y siempre ha habido francotiradores de todas las condiciones que han fornicado más que Casanova y Michael Douglas juntos (y también por separado), pero en general estaba todo muy codificado: en el matrimonio, en el burdel, y poco más.

Ahora esto se ha liberalizado de manera interesante, gracias a Tinder, las webs de contactos, el porno online y todo eso, pero hay que decir que existen límites sexuales y fronteras que no están al alcance de todo el mundo. Una cosa es poder ligar con más posibilidades de acierto que en la época de las discotecas, y otra cosa es satisfacer todas y cada una de las fantasías posibles. Y aquí es donde existen variantes que no están en la dieta sexual del fornicador de a pie. Por ejemplo, la orgía.

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La opinión de un experto

Como bien dice Charlie Sheen, que de orgías sabe un huevo, como mínimo se necesitan seis personas para que un encuentro sexual se considere como tal. Es decir, como le ocurre a Esquerra Republicana, hay que “ampliar la base” para que el típico polvo entre dos se materialice en una experiencia colectiva con posibilidades de prosperar y generar consensos.

Y para eso se necesita encontrar gente afín, con tiempo libre, dispuesta a buscar o aportar la logística necesaria, para darle forma a lo que es una mezcla entre desenfreno decadente, más típico de los carnavales venecianos o la Roma de los emperadores, y meeting social con canapés.

Si tenemos que sumar al menos seis personas –aunque hay expertos en la materia que opinan que mejor a partir de ocho, o quizá buscar una asimetría impar a partir del número nueve o el siete, que tienen cierto poder esotérico–, la cosa se vuelve más difícil, obliga a escribir en foros, abrir grupos de Whatsapp, cuadrar agendas. Pero cuando sucede, seguramente estemos ante la experiencia sexual más compleja de entre todas las que existen, una de las más arraigadas en la historia, y la de mayor belleza plástica de todos los tiempos. Es por ello que hoy proponemos hacer un elogio de la orgía.

La orgía, como decía Francisco Umbral, es un ente vivo: si hay otro tipo de prácticas sexuales más o menos reglamentadas –la masturbación, el coito heterosexual a dos, etcétera–, la orgía se rige por un principio de improvisación que primero se vuelve anárquico y posteriormente se ordena de maneras inesperadas.

Como tendremos un grupo amplio y heterogéneo de personas –y no necesariamente paritario–, la orgía no tiene por qué organizarse en parejas, como a veces ocurre en los clubes de swingers, sino que es una especie de variación estocástica y fractal del encuentro erógeno, que por lo general debería llevar tiempo porque no todo el mundo acabará a la vez, ni empezará de la misma forma.

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Para todos los gustos

Para empezar, identifiquemos algunos roles importantes. En toda orgía, de manera obligatoria, debe existir un mirón. El mirón puede ser participante también, pero es esencial que haya alguien mirando, al menos un rato.

Esto era algo que le gustaba mucho a Dalí, que se describía fundamentalmente como voyeur, y que ya fuera en el contexto del dormitorio o de la orgía, le gustaba sobre todo observar el ritmo y la plástica de la escena, como quien admira un cuadro de Rubens en una pinacoteca, ese despliegue salvaje del cuerpo en masa. El mirón, o voyeur, puede masturbarse o puede simplemente observar, estar agazapado haciendo tiempo, y llegado el momento entrar en contacto con una figura solitaria que se haya quedado libre, o engrosar un grupo.

Lo de los grupos es importante, porque una orgía exige que dentro de su organigrama se formen tríos y cuartetos, como en una orquesta que un día te interpreta a Mahler y al otro a Haydn, y es por ello por lo que se recomienda que el número de participantes sea numeroso. Es decir, a partir de diez personas, las combinaciones posibles se multiplican, y aquello empieza a parecerse a la escena más famosa de la última película de Kubrick, ‘Eyes Wide Shut’. En esos grupos hay opciones menos frecuentes como darle un tiento al sadomaso, pero si tenemos una orgía muy liberal y sin límites, lo ideal es que se produzcan dobles penetraciones (o incluso triples, si contamos la boca como orificio) de la misma manera en que nos ha enseñado el porno gonzo.

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En constante evolución

Si entendemos la orgía como un ente vivo y evolutivo, es importante que haya cambios –descomposición y formación de nuevos grupos, intercambio de parejas, acercamiento de las mismas–, y también fases de reposo.

Es decir, si nos tomamos la molestia de organizar un encuentro sexual entre unas diez personas en un piso discreto, no es para que todo el mundo se baje a la calle a pillar un taxi a la media hora, sino para estar allí todo el tiempo preciso, así que una orgía debe parecerse un poco a una carrera de maratón, con abundante avituallamiento de aguas, canapés, pizzas recalentadas, sándwiches, refrescos y a poder ser algo de estimulación en forma de drogas blandas, además de zona de reposo –camas, sofás–, algún espacio reservado, pero sobre todo que no haya divisiones espaciales dentro de la orgía, de modo que una pareja se pueda ir a cardar a un dormitorio por la vía unilateral, desenganchándose del grupo.

La orgía, o bacanal, es una cosa colectiva, y no se aceptan los lobos solitarios a menos que sean como participantes pasivos, lo que nos lleva a la importancia del voyeur, ya sea masturbador o no.

El proceso de cambio en la orgía es tan importante que eso es lo que hace que sea tan difícil narrarla. No hay buena literatura sobre la orgía –aunque hay textos que la abordan de manera más o menos satisfactoria en las obras completas del Marqués de Sade, en la ‘Historia del ojo’ de Bataille y en el surrealista Walter de la Mare–, y el cine, cuando la ha intentado captar, siempre nos ha dejado la sensación de que podría ir a más: en ‘Calígula’, en la mencionada película de Kubrick, la orgía se intuye más que se recibe plenamente, porque la orgía es participación y, en el caso de observarla, habría que hacerlo como cuando se ve el fútbol en el estadio, y no en la tele.

Necesitamos un plano abierto y cercano, y no una selección de momentos elegidos por el realizador, que seguramente se esté perdiendo algo más interesante mientras nos pincha un plano genérico.

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Triple X

En el cine porno, además, se añade un factor esencial, que es el coste de rodar una orgía: al final, lo que va a salir es una escena de unos 50 minutos aproximadamente –las escenas “normales” ya está entre los 30 y los 40–, pero habiendo tenido que contratar al menos a cuatro actrices y a cuatro sementales, y sin garantía de que la inversión vaya a ser rentable, porque hay mucho piratilla bajando de internet y una popularidad estancada de la orgía, en beneficio del trío.

Eso no quita que no haya habido esfuerzos importantes por rodar buenas orgías X: la serie ‘Orgy Masters’, de Jules Jordan, consiguió filmar buenas coreografías sexuales, y recientemente se ha apuntado a la moda el ubicuo Greg Lansky, que ha rodado dos orgías –una chic y otra más asilvestrado– en sus plataformas Vixen y BlackedRaw.

La chic es en Vixen, en el cierre de la película ‘After Dark’ protagonizada por Tori Black, que en la escena final congrega a primeras figuras del mundillo como Angela White o Vicki Chase en una especie de alegoría de la Última Cena de Jesucristo, donde no hubo sexo pero le jodieron bien; y la asilvestrada es en BlackedRaw, juntando a cuatro actrices (Elena Koshka, Paige Owens, Lily LaBeau y Khloe Kapri) dispuestas a domar a cuatro miuras negros, cosa que hacen con pleno dominio de sus facultades y encantos.

Pero una cosa es verlo, y otra cosa es participar.

Nosotros hemos ido a muchas, no les vamos a engañar. Algún día escribiremos al respecto, en unas memorias que dejarán a la altura del betún a las de Espartaco Santoni. Las orgías son los festivales del sexo: hay que estar allí para entenderlo, y una buena orgía vale por diez Sónar.

Ahora bien, como poca gente está en ellas de verdad, y las conoce y las practica, es por ello por lo que sigue siendo un misterio tan profundo como lo era en la época de los griegos, que fueron los que inventaron el rollo.

Ojalá vaya el fomento de la orgía en el programa del PSOE para las próximas elecciones generales.

 

 

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