Vicio y subcultura Elogio de Mariah Carey

Vuelve Mariah con ‘Caution’, su mejor álbum en décadas, y en el rincón del vicio ilustrado aprovechamos para hacer un elogio entusiasta de la mujer de tobillo grueso.

Mariah Carey
Javier Blánquez | 28/11/2018 - 9:54

La taxonomía femenina es inagotable. A quien le gusta la mujer no le gusta solamente una, sino que quién más quién menos maneja un extenso abanico de opciones y variantes: nos gustan con un cierto color de cabello, con unos rasgos faciales determinados, a partir de cierta estatura, de un segmento racial, etcétera.

El concepto “es mi tipo de mujer” –o “mi tipo de hombre”, o “mi tipo de persona trans”, por ser escrupulosamente inclusivos, como Miki, el aliade (úsese también la acepción aliadx) de la edición en curso de Operación Triunfo– es una falacia que puede funcionar muy bien en lo teórico, sobre todo si se ha leído a Platón y se ha digerido a medias, pero que en lo práctico se demuestra siempre que opera de otra manera.

Solo hay que salir a la calle, con el radar activado y el nervio óptico haciendo barridos en busca de objetivos, y en cuestión de minutos habrá diferentes personas que pasarán por delante tuyo, todas diferentes, todas con sus matices peculiares, y con todas ellas, cuanto menos, aceptarías tomar un té rojo en cualquier cafetería cuqui.

 

Valores seguros

Ahora bien, dicho esto, también podemos asegurar que hay categorías estrella que, normalmente, condicionan mucho la elección. Hay gente para la que una cabellera morena es un requisito innegociable, y también hay quien, en contraposición a la escualidez yonqui heredada de los días de mayor influencia de Kate Moss, cuando piensa en la mujer piensa en los volúmenes de la anatomía.

La mujer rotunda, que puede describirse con muchas palabras bellas recogidas en el diccionario –volumétrica, de tobillo grueso, de hueso grande, de hombros anchos, ternesca, y podríamos seguir–, siempre ha sido una debilidad para muchos, y decimos todo esto porque cuando pensamos en tobillos gruesos, pensamos en Mariah Carey.

Mariah Carey

 

Y hoy más que nunca pensamos en Mariah Carey porque acaba de salir su nuevo disco, Caution, y resulta que, aunque ella nunca se fue realmente, y siempre ha tenido categoría de mito, en realidad HA VUELTO en pleno 2018 de la manera en que sus fans siempre habíamos querido que volviera: a) con el chorro de voz intacto, elástico en la dicción melismática y fuerte como una emisión láser disparada por un soldado de la alianza rebelde y b) más diva que nunca, porque la diva nunca puede morir, pero hay momentos en su carrera en la que su luz se apaga un poco.

 

El retorno

Llevábamos unos años en los que Mariah Carey seguía ahí, en nuestras vidas, pero no de manera decisiva. Nos llegaban noticias absurdas sobre sus perros, sobre sus joyas, sobre sus vacaciones en ciudades cosmopolitas, donde se alojaba en franquicias de la cadena de hoteles Mandarin Oriental, pero lo que menos nos interesaba de ella eran sus discos. Por ejemplo, Me. I am Mariah… (2014), una chusta lacrimógena y afectada en la que ninguna canción iba más allá de un mero exhibicionismo vocal tan hueco como el de una concursante random de La Voz.

Lacrimógeno porque sí, y encima sin gracia, más aséptico que las lentejas sin sal. Lo que nos gustaba también de Mariah, porque nos gusta el drama, como a Rodríguez Zapatero, era que no se le hubiera acabado aún el mal fario que arrastraba desde 2001 y la publicación de la película (y la banda sonora de) Glitter, que fue el comienzo de su década espantosa, y que viviera en la actualidad musical no por lo musical, sino por lo social: sus rupturas sentimentales, sus reportajes en las revistas, su deterioro físico, el ridículo que hizo en Times Square desafinando como una perra con resaca en un concierto gratuito de Navidad…

Mariah Carey

 

Musicalmente, Mariah cada vez se estaba pareciendo más a la transcripción fonética de su nombre en inglés (que se pronuncia algo así como “Morralla”), y se alejaban los días de Rainbow, Daydream y Emotions, sus álbumes superventas de los 90, cuando ella emergió, lozana y curvilínea, en la actualidad del pop, renovando el estilo del viejo soul y el R&B con una dosis generosa de edulcorantes de todo tipo –panela, azúcar, sacarina y miel todo en el mismo chorro espeso de voz con aroma a negritud–.

 

La Gioconda jamona

Lo que nos ha quedado es el recuerdo de una mujer que se salía por todas partes y que, en especial, amenazaba con romper todas las costuras de sus vestidos de lentejuelas, de lo mucho que apretaba haciendo presión de dentro para fuera una cadera, un pecho o una costilla. Antes de que viniera Beyoncé a darnos una clase magistral de geometría euclidiana aplicada al cuerpo normativo de la pintura barroca, ya estaba Mariah para recordarnos que, si Rubens la hubiera pillado por banda, habría hecho de ella una imagen icónica del arte universal, una Gioconda más jamona que jocunda.

En todo caso, han pasado las décadas, Mariah está a punto de cumplir 50 años, y nosotros no podemos más que elogiarla, porque lo que ella nos transmite no es una pulsión ocasional ni un apretón de amor impetuoso, sino la idea de un arquetipo eterno, que es el de la mujer ternesca y volumétrica que se mantiene como una constante astronómica y que ilumina el transcurso de las edades y el paso de las generaciones.

Llegados al momento de Caution, Mariah está como nos gusta: maquillada con profusión, retocada con el Photoshop cuando vemos carteles por la calle, pidiendo una pasta por cantar –de igual manera que Luis Aragonés decía más veces “vete a la mierda” que “buenos días”, Mariah canta más en casinos de todo el mundo (Las Vegas, Macao, Montecarlo) que en teatros de ópera con asientos de terciopelo–, y siempre enjoyada como una Grande de España venida a menos.

Mariah Carey

 

Apabullante

Y, por supuesto, arrolla con el despliegue cárnico de su anatomía desbordada, también en las imágenes de promoción y los vídeos que hemos visto de Caution, donde ella ha decidido que las dietas las va a hacer otra, y en vez de intentar recuperar la figura equilibrada de la época Butterfly (1997), va a darnos tobillo grueso en cantidades ilimitadas.

Por la razón que sea –y quizá tenga que ver con la disposición de los astros, y el dichoso retrograde–, lo que antes le salía de culo (no va con segundas, aunque culo, lo que se dice culo, tiene en arrobas generosas), ahora le sale de cara. Nosotros creemos que tiene mucho que ver su ruptura sentimental con el rapero Nick Cannon, al que le sacaba diez años de diferencia y del que se divorció en 2016.

Era una relación absurda, sin charme ni beneficio a la vista salvo que Cannon –y perdón por el tópico racial, que afecta duramente a la voluntad inclusiva del artículo, algo que queremos respetar sin reservas– tuviera una herramienta del calibre de la de Mandingo o Dredd, en cuyo caso todo se entendería. El caso es que Mariah vuelve a volar sola, y estando sola se ha marcado el disco de su vida.

 

Paso al frente

Había un problema con los discos recientes de Carey: no eran sólidos, no eran homogéneos, podía haber una canción buena y el resto era la morralla típica de Morralla (pronúnciese como si cantáramos la música de West Side Story), pero Caution tiene poco de Morralla y mucho de la Mariah que nos gusta, que es la que además de melismas y gorgoritos también se sube a cabalgar encima de beats R&B ultrasintéticos y bombos house.

Mariah Carey

 

Uno de los grandes errores en la carrera de Mariah Carey fue que nadie advirtiera su potencial como diva disco, algo que sí que supo hacer Rihanna en canciones como (Only Girl) In the World. Tampoco aprovechó los años de la EDM para desgarrarse como una perra en celo sobre un beat de David Guetta, pero da igual; aunque tarde, Mariah ha vuelto. Somos legión los que, como los fieles peregrinos que acuden a Lourdes, iremos a su concierto del 17 de diciembre en el WiZink Center de Madrid: queremos verla en cuerpo y alma, pero sobre todo en cuerpo.

Porque Mariah es el cuerpo que se desborda como el Nilo dos veces al año, y anega el espacio colindante y lo mantiene fértil. Mariah es la Venus de Willendorf de la música contemporánea, un icono mágico que da igual si ya no conserva la frescura de la juventud, porque ha devenido en arquetipo de la mujer/mujer, que decía Aznar, la de armas tomar, clavícula protuberante, chicha turgente y hueso robusto.

Nunca es tarde para reivindicar todo lo que ha hecho por nosotros: Mariah, tú fuiste curvy antes que nadie, y eso merece un respeto eterno.

 

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