Vicio y subcultura En defensa del despatarre

¿Qué sería de nuestra especie sin el despatarre?, se pregunta Blánquez en uno de esos cursos acelerados de incorrección política en que se convierte a veces su VIcio y subcultura.

Despatarre
Javier Blánquez | 12/06/2017 - 12:11

Ahora que está muy de moda hablar del despatarre, ese movimiento corporal también conocido como el ‘abrirse de piernas’, sin el cual no hubiera ni coito ni gimnasia, y ni mucho menos el arte de la equitación, o de montar en moto, vamos a aprovechar para decir que del despatarrarse aquí siempre hemos sido muy fans.

Cuando algo que vemos, comemos, vestimos o escuchamos nos parece que es para mear y no echar gota, glorioso, sabrosísimo o nos sienta como un guante, siempre decimos que es algo “despatarrante”, porque en el mismo acto de despatarrarse, y en la fonética rotunda de la palabra, va implícita una enorme fuerza, es la imagen de un objeto dejándose vencer por una potencia gravitatoria superior, una metáfora de la rendición ante lo que te deja alucinado.

El despatarre es un vocablo de enorme gracejo y sonoridad –como decir ‘hijo de puta’, según aquel gag de ‘La Hora Chanante’–, así que nos gusta que ahora haya gente que lo diga, y que incluso se equivoque al pronunciarlo, y diga “desparrate”, o “desrapate”, como si nunca hubieran sabido de la existencia de tan enorme palabra castellana. DES-PA-TA-RRE. No es desparrame, este es un concepto como mucho más global.

 

Hablemos de vicio

El hecho de despatarrarse es crucial en muchos de nuestros vicios más terrenales y antiguos. Cuando, tiempo atrás, abríamos furtivamente las páginas de una revista guarra, lo primero que solíamos ver era un póster central en el que aparecía una señora despatarrada, con todo el potorro –aliteración nada casual– alzándose hirsuto como un amazonas velludo, y entonces supimos que abrir las piernas era un gesto contestatario, prohibido, un desafío al orden, a la moral, al mismísimo Dios, y entonces nos hicimos fans de abrir las piernas.

Despatarre

 

Despatarrarse es lo más punk que se puede hacer en la vida, así que no hay que desaprovechar cualquier oportunidad de apartar las rodillas del eje central del cuerpo, determinado por el sexo, y desafiar fuertemente al sistema.

Por lo general, abrirse de piernas está visto como algo sucio, y es verdad: despatarrarse es una guarrada importante. Veamos algunos ejemplo. Es costumbre en los pueblos que las señoras, cuando va a caer la noche en verano, salgan ‘al fresco’ a que les dé un poco el aire, y normalmente lo que hacen es sentarse en los bancos del parque. Lógicamente, se despatarran un poco, porque hace un calor tan agobiante que cualquier mínima partícula de aire que corra siempre viene bien, y lo normal es que en esas partes del cuerpo que más sudan, sean las axilas, la papada o el coño moreno, la gente necesite un poco de abanico, para orearse el interior, y que no huela a cerrado o a sardina.

Por tanto, el despatarre es una costumbre purificadora, pues aunque no vaya acompañada del agua, que limpia, al menos sí comporta un poco de aire, que se lleva las fragancias.

 

A reivindicar

En el sexo, cómo no, despatarrarse implica un sometimiento activo, una declaración de aceptación de las reglas del combate, y es cuando la mujer se abre de piernas –y cuanto más grande sea el ángulo, más cochineo ‘sesuar’ se sobreentiende– cuando se puede proceder sin problemas a la clavar una pica en Venus, monte afrodisíaco que pasará a engrosar nuestro listado de conquistas.

Despatarre

 

Esto de despatarrarse, lógicamente, no es únicamente para las señoras: el hombre que se despatarra, y perdonen por ser tan explícitos, lo que está pidiendo es que alguien se ponga a trabajar en esas bolsas colgantes como un minero bajaría a la mina, y a veces incluso el despatarre es la invitación a que te perforen con un dedo meñique.

Así que no nos extraña esta persecución del despatarre por parte de los guardianes de lo correcto, porque en el momento en el que las piernas del personal se pasan de los 45 grados, lo que estamos diciendo es que te lo comas todo, papi, o mami, y lógicamente eso ofusca un poco a la izquierda de hoy, que se caracteriza por ser de lo más conservadora.

Lo que queremos decir es que el gesto de separar las rodillas es una cosa muy llana y muy natural, muy de la gente. Normalmente, poner las rodillas juntas es una convención que aprendemos en el cine viendo adaptaciones de películas de la época victoriana, versiones de las novelas de Jane Austen o las hermanas Brönte en las que, a la hija menor y casadera, se le enseña que hay que mantener las piernas muy juntas, porque del otro modo estaría incurriendo en una vulgaridad propia de las verduleras, el servicio de habitaciones, los que le ponen la silla a los burros o las prostitutas del puerto.

Despatarre

 

Así, se enseñó que una señorita mantiene el decoro y nunca separa las piernas, porque abrirlas sería algo así como perpetuar la cultura de la violación. Incluso hubo una época en la que cruzar las piernas, dejando a la vista la tibia, el peroné y un buen cacho del muslo, mientras en la lejanía se adivinaba la sombra triangular del chirri, era una provocación propia de busconas, hurgamanderas y pedazo de zorras, así que cruzar las piernas no estaba bien. Luego vimos ‘Instinto Básico’ y nos dimos cuenta de que el peligro no estaba en cruzar las piernas, sino en descruzarlas, porque al abrir ligeramente el ángulo –un anticipo del despatarre, un prólogo– era cuando podía verse el tesoro fugazmente.

Total, que una cosa muy del menestral –comerse el bocadillo con las piernas abiertas, para poderse inclinar uno mejor–, o de la trabajadora del hogar, o incluso del atleta que practica artes marciales y abre mucho la pierna para asestar un golpe en el mentón del oponente con la punta del pie –el mejor despatarre de todos los tiempos siempre ha sido el de Jean-Claude Van Damme, que consigue el ángulo de 180 grados–, ahora está mal visto.

 

Polémicas contemporáneas

La queja ahora es que los hombres lo hacen en el metro y ocupan mucho espacio e incomodan a la gente de al lado. Esto tiene su sentido en los asientos laterales, que dan para cuatro personas pero con estrecheces, pero no en los asientos individuales con dos bancos opuestos, donde hay más anchura y a uno le da para cruzar la pata, o abrirlas un poco, o lo que sea. En verano, siempre y cuando los hombres no lleven pantalón corto de los de ir a la playa, y las mujeres vayan en falda, abrirse de piernas es algo que nos parece negociable en muchos casos particulares.

Despatarre

 

En definitiva, ¿qué sería del porno sin despatarre? Imaginemos una escena en la que nuestro semental favorito –Manuel Ferrara, por ejemplo– tuviera vedada la entrada a la gruta rosada sólo porque alguien ha decidido que abrirse de patas está feo. En el despatarre está toda la clave de la perpetuación de la especie.

Es separando mucho las piernas cuando nos damos algunos de nuestros más inconfesables placeres –retirarnos al excusado a exonerar rehenes, o estirar la pierna para ventosear el cocido; no hay manera de darse un agua si no es despatarrándose un poco, e incluso inclinando el torso–, y uno no puede decir que está plenamente cómodo en su hogar si no es en el sofá, con Netflix en la tele, y las piernas muy abiertas, el cuerpo desfondado, el mando a distancia en una mano, y en la otra un trozo de pizza. Sólo hay que imaginarse el momento de ver ‘House of Cards’ y estar sentado como si nos estuvieran haciendo una entrevista de trabajo. Pero qué clase de basura sería esa. La socialdemocracia será con las piernas abiertas o no será.

Dicho esto, y volviendo al punto de partida, que es esta demonización del manspreading en el metro (o sea, los señores que se abren mucho de piernas y roban el espacio a los demás), hay una cosa en la que estamos de acuerdo y otra en la que no. La primera es que una cosa es bajarse al parque a abanicarse la concha, o estar en casa viendo ‘Al rojo vivo’ como Aznar en un rancho de Texas, y otra muy distinta ocupar un espacio público con otra gente y hacer una uve con las extremidades.

Nos gustan las guarradas en privado, pero en público mejor abstenerse. Cuando el vagón va lleno, y el espacio escasea, tenemos que comportarnos y no hacer como Mia Malkova en sus escenas X, que de tanta flexibilidad que ha ganado con el yoga es capaz de abrirse de piernas y echárselas para atrás, hasta convertirse en una rueda de carne rubia.

Pero si hay sitio, adelante con el despatarre: lo hacemos en el cine, lo hacemos en la consulta del dentista, lo hacemos cuando estamos reparando nuestra red de pescar, lo hace Rafa Nadal cuando se sienta a descansar en Roland Garros, y eso nos recuerda que no hay nada más placentero en esta vida –después de cagar, ducharse y dormir– que abrirse de piernas, o abrírselas a ellas, y apurar el momento hasta el fondo, como si fuera nuestro último minuto sobre la Tierra.

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