Vicio y subcultura Felicity Jones no enseña carne

¿Puede una actriz que no se ha desnudado nunca, la más recatada de las divas de su generación, ser objeto de culto para una tribu de canallas como nosotros? Blánquez opina que sí y, además nos lo argumenta.

Felicity Jones
Javier Blánquez | 16/12/2016 - 7:30

Los fans de la saga ‘Star Wars’ todavía viven como un momento memorable en sus tristes existencias el estreno –o, en su defecto, el primer visionado– de ‘El retorno del Jedi’, pues fue ahí donde a la Princesa Leia le vimos por primera vez un poco de carne.

Carrie Fisher, que por entonces ya se había cepillado a Harrison Ford en la vida real –la actriz ha confesado hace poco que hubo algo de sexo durante el rodaje de las películas–, apareció en aquellas escenas en el palacio de Jabba el Hutt con un vestido corto, enseñando ombligo, sugiriendo turgencias, y aunque no hubo mucho más, a la mayoría nos pareció suficiente para dar la vida por amortizada.

Con tan poco, y a la vez con tanto, la princesa Leia Organa pasó a consolidarse una sex symbol admirada por poetas, como el laureado Luis Alberto de Cuenca, y por freaks de a pie. Nos conformábamos con unas pocas migajas para la líbido, y hemos dado gracias durante más de 30 años.

 

La era Disney

Ahora bien, desde que George Lucas retomó la serie para rodar la segunda trilogía –que en realidad es la primera, cronológicamente–, y en especial desde que los derechos de explotación pasaron a Disney, todo lo que tenga que ver con ‘La Guerra de las Galaxias’ se ha convertido en un fenómeno cockblocker, como dirían las feministas, o sea, un repelente de pollas. Es que no se ve nada de chicha, oiga.

En los episodios I a III, lo más que tuvimos fue un zarpazo de monstruo que le arrancó algo de ropa a Natalie Portman en la escena del sacrificio en la arena de Geonosis, y con la nueva trilogía que empezó el año pasado, bajo la dirección de J.J. Abrams, la cosa ha ido a menos: Daisy Ridley sólo enseñaba un hombro, y en la ultimísima entrega, ‘Rogue One’ –el primer spin off de toda la saga– lo más que le vemos a Felicity Jones es un poco del cuello. Disney está llevando el puritanismo en el cine de masas hasta sus últimas consecuencias.

Y no se explica demasiado, porque no hay que ser un experto en márketing para saber que la clientela principal de ‘Star Wars’ no son niños acompañados de sus padres, sino nerds pajilleros con ciertos problemas sociales que coleccionan muñecos, maquetas de naves y que, al no haber tocado jamás una hembra, son capaces de llenar una vida entera de fantasías únicamente a partir del ombligo de la Princesa Leia, esa divina cavidad galáctica. Es gente necesitada de afecto que se conforma con estímulos livianos, y a los que se podría contentar con muy poco: con un plano posterior de una espalda, con algo de pierna, etcétera. Sería incluso bueno para la taquilla: muchos volverían a pagar la entrada gustosamente.

Por otro lado, el cabreo de los fans más ávidos de piel al descubierto se comprende, porque los castings tienen un no sé qué morboso que luego no se resuelve en satisfacción primaria. Felicity Jones, la actriz inglesa que protagoniza ‘Rogue One’, es un buen ejemplo de esa circunstancia: tras un exhaustivo trabajo de campo, podemos asegurar que en los 20 años que lleva trabajando delante de una cámara –es decir; desde que cumplió los 12; ahora tiene 33 casi acabados de hacer–,lo máximo que ha llegado a enseñar es media teta, concretamente en ‘Servants’, una serie de televisión que se emitió en 2003.

Felicity Jones

 

Un misterio envuelto en un enigma

Sin duda, de Felicity Jones querríamos adivinar más secretos. No se corresponde con el perfil de chica cañón, pero tiene un montón de cualidades que nos ponen verriondos, como esos ojos cada vez más hundidos en un mar de azul y rodeados de ojeras, o el levísimo alargamiento de sus dientes incisivos, que le da un aspecto vagamente conejero. Felicity es atractiva precisamente porque no tiene ningún atractivo extraordinario: es la chica normal de cada día, la que te encuentras paseando al perro por la calle, o en el asiento de delante del bus, o esperando turno en Mercadona para pagar en caja.

Quizá sea eso lo que explica que, en este 2016 que ya se acaba, se haya convertido en la reina del mainstream. No hay superproducción tocha de Hollywood en esta temporada que no la haya tenido a ella como protagonista: ‘Star Wars’ / Disney la ha reclamado para ‘Rogue One’ –que es un título bélico, ahora lo explicaremos, pero curiosamente ella encaja–, Bayona la reclutó para ‘Un monstruo viene a verme’, y también hizo de pareja de Tom Hanks en ‘Inferno’, la nueva adaptación de Ron Howard a partir de una novela esotérica de Dan Brown.

Para 2017, ya tiene previsto el estreno de ‘Collide’, una cinta de acción y persecuciones en la que entró después de que se borrara del papel Amber Heard, la ex de Johnny Depp. Seguramente, si alguna vez en nuestra vida tenemos la opción de verle algo de muslo, o el tobillo, será aquí. Iremos reservando entrada en el cine, por si acaso.

Felicity Jones es en muchos aspectos un enigma. De su vida privada se sabe muy poco: quizá el dato más trascendente sea que en 2013, y después de diez años de relación, rompió con su novio de siempre, un tal Ed Fornieles, de profesión escultor, al que conoció en Oxford cuando ambos iban a la universidad.

 

¿Soltera y sin compromiso?

Desde entonces, no se le ha vuelto a relacionar con nadie: su romance más intenso en estos años ha sido con Eddie Redmayne, en la ficción, con quien protagonizó La teoría del todo, un relato sobre los primeros años de matrimonio del físico Stephen Hawking. A ese punto llega el misterio Felicity: más parece una monja de clausura que una estrella del cine para las masas.

Felicity Jones

Será por eso por lo que le dan papeles de recatada, o de moverse con facilidad por las sombras: la esposa de Charles Dickens (‘La mujer invisible’), la Gata Negra (en la segunda parte de ‘The Amazing Spider-Man’), etcétera. Son papeles que nos gustan, pero también nos parecen un desperdicio, sinceramente. Ocurre lo mismo con otra actriz inglesa de poderosa presencia, Emily Blunt, pero escasísimo rendimiento erótico-festivo en las películas. No se preocupan ni por darnos las migas.

Dicho esto, ‘Rogue One’ es una jodidísima obra maestra, seguramente la mejor película de todo el ciclo ‘Star Wars’ en dura pugna con ‘El imperio contraataca’, y lo es sobre todo por la última hora, en la que se lleva a cabo la parte final del plan de la Alianza Rebelde para localizar y robar los planos de La Estrella de la Muerte, y la dirección de Gareth Edwards transforma el guion en una barbaridad que conecta con el cine épico al más puro estilo Mel Gibson, masculino, aguerrido, sin tonterías –seguro que ésta también le gusta a Juan Manuel de Prada–.

Felicity Jones

 

No vamos a dar ningún destripe, lógicamente, pero a medida que avanza el metraje llegan los minutos más memorables y escalofriantes. Hay una escena, en concreto, que es para sacarse los ojos de lo A-LU-CI-NAN-TE que es. Solo diremos dos palabras: Darth Vader. Hay otra, la última de todas, que es para echarse a llorar.

Como hemos dicho antes, a Felicity Jones solo le vemos el cuello, y el fulgor turquesa de sus ojos, que se abrieron por primera vez al mundo en 1983, en la ciudad de Birmingham, seguramente una de las más feas, industriales y duras de toda Inglaterra. Y lo hace tan bien que, en vez de enfadarnos con ella o con los guionistas por no darnos árnica corporal –es que tampoco pedimos tanto, ¿no? –, lo que ha conseguido es que le sigamos el rastro hasta el fin.

Cuanto más distantes se nos muestran y menos predispuestas se nos ofrecen, más las deseamos. Igual el truco es ese. Un truco más viejo que el tebeo.

  • Imprimir
  • Enviar por e-mail
Este mes, en 'Primera Línea'
Reconciliamos y desnudamos a Sofía y Suso, la pareja más ardiente de 'Gran Hermano 16'
Este mes, en 'Primera Línea'
publicidad
publicidad
Búscanos en Facebook
publicidad

© Ediciones Reunidas, S.A. | Todos los derechos reservados