Vicio y subcultura Gracias a Dios que vuelve Mel Gibson

El inminente estreno de la última película que ha dirigido Mel Gibson pone a Blánquez al borde del éxito. Vuelve el gran apóstol del cine crudo y desvergonzadamente masculino, por no hablar de uno de los bocazas más entrañables e irredentos de Hollywood.

Mel Gibson
Javier Blánquez | 12/09/2016 - 19:14

Se comprende que Mel Gibson haya estado desaparecido durante algunos años. Vivimos en un tiempo fiscalizador e inquisitorial en el que no queda apenas espacio para el perdón o el arrepentimiento, donde cualquier palabra equivocada se carga de por vida como una losa que pesa toneladas, como una letra escarlata imborrable.

A principios de esta década, Mel, que siempre ha tenido fama de hombre colérico, de pensamiento conservador y opiniones temperamentales, un tipo rudo propio de una época enormemente más montaraz en la que los hombres bebían whisky a gallote y escupían por el colmillo, metió la pata varias veces, en acontecimientos muy seguidos en el tiempo, y con el paso de los años parecía como si se le hubiera colgado el estigma del apestado en Hollywood: dejó, pues, de participar en proyectos como actor, cesó en dirigir películas, desapareció de la vida pública. En su mundillo, era peor casi que Rajoy.

No es que antes no se hubiera metido en charcos, pues Gibson tiene un currículum bocazas en el encontramos todo tipo de barbaridades incorrectas, empezando por alusiones despectivas al colectivo homosexual y concluyendo con confesiones sobre su drogadicción y una pasión cristiana muy superior a la del tertuliano medio de la COPE, pero alrededor de 2011, al ser detenido por conducir borracho, tachó al policía que le detuvo de judío y, más tarde, en unas cintas filtradas en las que estaba grabada una discusión con su pareja de entonces, la pianista ucraniana Oksana Grigorieva, Mel se despachaba en una cascada de improperios machistas y racistas, del tipo “seguro que te ha violado una manada de negros”. Ni Torrente sería tan burro.

 

Fuera de época

En otros tiempos, todo esto habría servido para canonizar a Mel Gibson como un tótem viril a imagen y semejanza de John Wayne, otro mito masculino del cine al que, a posteriori, se le ha recriminado su mentalidad conservadora y su comportamiento troglodita. Sin embargo, en el Hollywood de la segunda década del siglo, hay que andarse con pies de plomo a la hora de escupir bilis y repartir desprecios, y más si en vez de hacerlo en Twitter, como todo el mundo, lo haces en situaciones que te pueden buscar problemas con la justicia.

Mel lo supo en su día: “Mi vida y mi carrera han terminado”, llegó a decir, consciente de que hablar mal de los judíos, de los homosexuales, de los negros y de las mujeres era un póker de temas tabú que no podía pasarse por alto. Mel Gibson sabía que tenía que pagar, sin ser consciente aún de cuál sería el montante final de la factura.

Mel Gibson

 

Total, que se ha pasado varios años casi en blanco, con apenas tres papeles como actor en cinco años –hizo un cameo en Los mercenarios 3, otro en Machete Kills, y protagonizó para Jodie Foster una película –casi se diría que autobiográfica– sobre un hombre con problemas para recuperarse de su adicción al alcohol, para más inri nos hemos enterado de tapadillo que esta Blood Father que ahora se exhibe en cines –la historia de un padre que protege a su hija de unos peligrosos narcotraficantes– también le tiene a él pegando tiros. Pero el Mel que mola de verdad es el que dirige, y como director nada de nada desde Apocalypto (2006), aquella obra delirante rodada en la antigua lengua maya protagonizada por un tipo que se parecía a Ronaldinho.

 

El retorno

Tantos años de ostracismo ya son suficiente castigo, y para un hombre tan creyente como Mel Gibson, que es de esos que rezan un padrenuestro antes de echar la siesta, que en vez de bajar a por la barra del pan pide que le den una bolsa de hostias (consagradas), que cada domingo va a misa y que guarda una Biblia en la mesita de noche –además de follar sin condón, porque mola y porque estaba prohibido por los Papas hardcore de antaño–, también hay que comprender que busque y ofrezca el perdón.

Así que, por fin, parece que Mel Gibson vuelve. Esta semana pasada rompió su silencio, bronceado y con una barba agreste, bien tonificado de músculos y comedido en sus comentarios, para presentar en el festival de Venecia su nueva película, Hacksaw Ridge, que se estrenará en Estados Unidos y Australia en noviembre, y que a nuestros cines llegará, si así lo quieren la providencia y nuestros arruinados distribuidores, para las fechas navideñas.

Echábamos tanto de menos a Mel, pero tanto. Al margen de que el tipo sea un bocachancla divertido y más bruto que un arado –a la vez que, se dice, cuenta unos chistes tremendos con los que te partes el culo–, hay algo caricaturesco a la par que épico en su trabajo como director que nos provoca una extraña adicción. Sabes que cuando Mel Gibson se pone detrás de una cámara el tipo tiene claro lo que quiere y no se priva en nada de lo que nos gusta: mucha violencia, mucha intensidad dramática exagerada, mucha fe y espectáculo épico prácticamente apocalíptico.

 

Un tipo desmesurado

No olvidemos que estamos hablando de un tipo que se hizo famoso como héroe de acción en dos sagas fundamentales, la original (australiana) de Mad Max y la de Arma Letal, películas hiperbólicas a todos los efectos, y que cuando parecía encasillado en el mismo nicho que Sylvester Stallone o Bruce Willis decidió hacerse director y debutar con una versión cinematográfica de Hamlet, con el texto original de Shakespeare, y de más de tres horas de duración.

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Una forma muy expeditiva de saludar con un corte de mangas a quienes le trataban displicentemente de musculitos con cholas para productos de entretenimiento mononeuronales: porque resulta que aquel Hamlet tenía su rollo, cómo no con mucha sangre, muchos aspavientos en los sablazos y las tensiones, muy –como dirían los ingleses– over the top.

Luego vino, como ya se sabe, Braveheart, que es una de las cimas en los últimos años de lo que se conoce como ‘cine para hombres’, un relato sobre la libertad de los pueblos oprimidos en el que Gibson se metió en la piel de William Wallace, un guerrero escocés de los tiempos de Maricastaña que le daba la ocasión de presentarse como macho alfa en un Hollywood necesitado de épica, de escenas de batallas monumentales y discursos enfáticos, de primeros planos de bíceps aceitosos y virilidad rampante.

Lo que ha molado siempre de Mel Gibson es que nunca se ha escondido: le gusta aspirar al máximo aunque sea tensando los límites del pudor, aunque a él nunca le dio vergüenza filmarse a sí mismo en un plano corto mientras la cámara daba vueltas sobre sí misma, que es como en el cine se representan a los héroes. Estaba borracho de ego y se pegó la fiesta de su vida. Para acabar de fastidiar a sus detractores, quienes le tienen por un hotentote sin cultura y con el refinamiento de un jabalí, aquel año ganó un carretada de Oscars.

En cualquier caso, para uno, que siente una poco disimulada simpatía por la vetustez moral de Mel Gibson, por su comportamiento y discurso decimonónico, la película que marca un antes y un después es La pasión de Cristo. El cine bíblico es uno de los placeres culpables más satisfactorios que existen, y normalmente se han rodado las películas atendiendo a un concepto muy ambiguo de la virilidad (por ejemplo, Ben-Hur tiene una doble lectura gay muy interesante de analizar), aunque en el caso de Mel Gibson nunca ha habido espacio para esas trampas y sutilezas, más que nada porque él es un creyente férreo, de los que si fueran sevillanos cada Semana Santa irían a pasear al santo a hombros, y se marcó una crucifixión de Cristo tan atroz como aquellos retablos medievales en los que se explicaban los episodios más ejemplares y sanguinarios de las Escrituras.

Aquel Cristo gore, que causó desmayos en los cines del interior americano, que arrancó aplausos de las élites conservadoras y que anticipó en varios años la moda del ‘troleo’ –joder, es una película que comienza con el pobre Jesús abofeteado, escupido, apaleado, y durante dos horas no dejan de putearlo de todas las maneras posibles, un baño de sangre y humillación al borde de la resistencia humana (no la suya, porque era Dios, sino de quien observa y no esté entrenado en ver películas de terror francés)–. En Venecia, Gibson ha venido a decir que ‘La pasión de Cristo’ era como una película de superhéroes, y habría que estar muy ciego para no darle la razón.

 

Mel es explosivo

Total, que la vida sin Mel es media vida, y estos años en los que ha permanecido agazapado, ofreciendo un perfil bajo, sin meterse en problemas, han sido difíciles de gestionar por los fans, que ahí estamos.

Una película de estreno dirigida por Gibson siempre es una garantía de satisfacción de esos instintos reptiles que tanto nos gusta airear de vez en cuando, sacando a relucir nuestra naturaleza cafre como contrapeso de la sensibilidad domesticada que nos ha ido inculcando la civilización. Hacksaw Ridge, protagonizada por Andrew Garfield, es una historia sobre el final de la Segunda Guerra Mundial, en el frente del Pacífico –isla de Okinawa–, y por lo que se ha visto en Venecia, despacha un montón de explosiones, sangre y miembros amputados, que es exactamente lo que esperamos de Mel Gibson.

Pero lo mejor no es eso, sino el anuncio –que ojalá no se malogre, porque es conocido este director por empezar muchas cosas y no acabar casi ninguna, a veces porque se aburre y a veces porque sus guionistas le acusan de “odiar a los judíos”– de que ya planea rodar la segunda parte de La pasión de Cristo, que se titulará La resurrección. Hablemos claro: un tipo que se plantea hacer una película sobre la resurrección de Jesús, y que se la toma tan en serio, y que le quiere dar tanta épica, es alguien a quien tenemos que amar por encima de todas las cosas.

Ha vuelto Mel, y al séptimo día pudimos descansar.

Mel Gibson

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