Historias del porno: La esposa ejemplar

Lo de Laura Levi fue cualquier cosa menos vocacional. Se dedicó al porno durante un lustro, participó en 40 películas y ahorró cuanto pudo para tener la oportunidad de dejarlo lo antes posible. Paco GIsbert nos cuenta la historia de una gran pionera que compensó con profesionalidad y cabeza fría su evidente falta de entusiasmo por el cine X.

Laura Levi
Paco Gisbert | 28/05/2013 - 10:45

Gabriella Tricca, una joven de Florencia que estudió arquitectura y que regentaba un restaurante en compañía de su marido en la ciudad que la vio nacer, nunca pensó que la vida la empujaría por caminos tan extraños: a los 24 años, se vio, una mañana de 1979, practicando el sexo con una mujer negra delante de una cámara de cine.

Esposa ejemplar y madre de una niña de seis años, Tricca se metió en el porno “por hambre”. Solo porque la fortuna, la mala fortuna, arruinó su vida de una manera cruel y arbitraria, como en esas películas de denuncia social en las que sabes que a la protagonista siempre le puede ocurrir algo peor que el infierno por el que transita.

El marido de Gabriella, el hombre del que estaba enamorada, comenzó a padecer los síntomas de una enfermedad degenerativa que le paralizó el cuerpo, hasta el punto de quedar postrado en una silla de ruedas. Como consecuencia de la enfermedad, el restaurante con el que se ganaba la vida empezó a tener pérdidas, a convertirse en una pesada carga para Gabriella, más que la invalidez de su esposo.

A grandes males…

Un día, Gabriella tomó una decisión: se convirtió en Laura Levi, en una de las pioneras del cine X italiano. Una morena de bellos pechos naturales, cabello castaño y un rostro típicamente meridional que cautivaría a los espectadores por su buen hacer delante de las cámaras. En su decisión pesaron las cuentas de la farmacia, las facturas del colegio de su hija, los recibos de la luz de su casa. Las deudas. El hambre.

Laura Levi fue una de las primeras estrellas del porno italiano, una actriz excelente en los tiempos en los que las películas X en su país comenzaban a florecer al calor de la importación de filmes eróticos extranjeros de serie B y se creó una industria especializada en rodar insertos explícitos para transformarlos en pornos. Levi, fogueada en esa incipiente industria del porno fragmentado, formaría, junto a la sueca Marina Frajese y la argentina Guya Lauri Filzi, la santísima trinidad de las pioneras pornodivas en Italia, aunque era la única de las tres nacida en la península.

A lo largo de los cinco años que duró su carrera, Levi trabajó en unas 40 películas, algunas de ellas a las órdenes de mitos del cine X de su país como Joe D’Amato. De su profesionalidad para no perder nunca la concentración en las escenas de sexo, buscar siempre la ubicación perfecta para facilitar el trabajo del director y salvar una escena dialogada con un actor mediocre da fe la definición que hizo de ella D’Amato: “Es un demonio en el plató”. Lo dijo alguien que, a lo largo de su vida, trabajó con las mejores actrices italianas del cine porno.

Una verdadera profesional

Levi se comportaba así porque, para ella, su trabajo en el porno era “un trabajo y nada más”, la forma más sencilla que encontró para ganarse la vida una mujer perseguida por la desgracia, condenada a mantener al hombre que más quería en el mundo a fuerza de follar con otros. Su marido la acompañaba al set de rodaje en ocasiones, como prueba de lealtad.

Pero Laura Levi también fue una mujer previsora, pese a que nunca estuvo de acuerdo con las cifras que, en su época, se embolsaban quienes de verdad sostenían el negocio del porno en Italia. Cuando, ya en el último año de su carrera, cobró dos millones de liras por hacer una película en la que debía protagonizar una escena con cuatro hombres, lo consideró “una miseria comparado con lo que se meten en el bolsillo los productores”.

Así que, cuando pudo, lo dejó. Abandonó el porno para montar su propio negocio y seguir cuidando de su marido, como había hecho toda su vida. Dejó entonces una obsesión que le atormentó durante el lustro en el que practicó el sexo delante de la cámara: lavarse continuamente. “El porno tiene olor, un olor terrible, y yo lo siento siempre encima”, decía.

  • Imprimir
  • Enviar por e-mail
Este mes, en 'Primera Línea'
Janice Griffith: La actriz porno fumeta que odia el sexismo y el racismo
Este mes, en 'Primera Línea'
publicidad
publicidad
Búscanos en Facebook
publicidad

© Ediciones Reunidas, S.A. | Todos los derechos reservados