Vicio y subcultura John Wick: el cine es cosa de hombres

A Blánquez le motiva sobremanera el cine de acción viril, asilvestrado y desacomplejado. Películas como ‘John Wick: Pacto de sangre’, que nos devuelven el placer culpable de ver a un hombre de pelo en pecho ajusticiando, con método y sin piedad, a un ejército de gañanes.

John Wick 2: Pacto de sangre
Javier Blánquez | 10/04/2017 - 16:44

Estos no son buenos tiempos para el cine de hombres.

Estamos en una época en la que si alguien declara, con toda humildad, sin ninguna intención de ofender, que lo que le gustan son las películas de disparos, de actores con bigote que hablan masticando chicle, en las que hay señores cafres que se sacan los mocos apretando fuertemente las aletas de la nariz con el pulgar, y en las que además se reparten mamporros a porrillo, lo más seguro que pase es que venga una portavoz de un partido de izquierdas a acusarte de machirulo, como le hicieron a Jorge Bustos –ejemplo de periodismo viril como pocos hay– y, por tanto, de ser la causa de todos los males de la sociedad.

La vieja testosterona de ficción, que tan útil nos era para canalizar tensiones particulares y no acabar, por ejemplo, yendo a partidos de fútbol infantiles para atizarle a los padres del equipo rival, ahora se tiene que consumir en la clandestinidad. Nos hemos convertido en apestados culturales.

En el cine se ha impuesto la ley de la corrección política, y lo que queda bien es decir en las redes sociales que has visto ‘Moonlight’ y que te ha encantado, o que prefieres la última adaptación de ‘Cazafantasmas’, con Melissa McCarthy y Kristen Wiig, antes que la primera de todas, con Bill Murray y Harold Ramis, y defender ‘Los 4 Fantásticos’ por cuestiones de cuota de minorías –y atacar ‘Ghost in the Shell’ precisamente por lo contrario, y no porque sean bodrios infumables–.

Y lo que ya no puedes hacer bajo ningún concepto –salvo que seas Juan Manuel de Prada, que no tiene Facebook ni hipotecas, y por tanto se la suda todo muchísimo– es proclamar a los cuatro vientos que Mel Gibson es dios. Lo confesamos: nosotros no seríamos capaces, así que le envidiamos mucho a De Prada aquello que hizo en ABC, que fue acabar un artículo diciendo que con su nueva película, “Hasta el último hombre”, Mel “nos va a partir la jeta a pollazos”.

 

La Resistencia

Hay, sin embargo, una enorme demanda de cine viril, de cine de otra época, de esa clase de películas en las que se adivina un profundo olor a pene sin enjabonar, y en las que se hace apología de aquella antigua masculinidad, tan de tiempos pre-modernos, basada en una glorificación de la fuerza bruta, del pelo en pecho y las hazañas heroicas que, si hoy tuviéramos escritores como Hesíodo, y no como Màxim Huerta, acabarían convertidas en poemas épicos con los versos en dáctilos, repletos de metáforas en las que se compararían las gotas de sudor del héroe con escudos bruñidos que reflejan con fuerza los rayos solares del dios Apolo, que recorre los cielos en su carro alado.

John Wick 2: Pacto de sangre

 

Y esa demanda de la que hablamos es la que hace que películas decididamente para hombres, y en las que no hay ninguna estrategia para calmar a las minorías agraviadas, se tengan que comentar en petit comité, por miedo a un boicot. Ni que estuviéramos comiendo carne, o algo así. Películas como ‘Comanchería’ [Hell or high water], o aquella ‘No es país para viejos’ a la que le llovieron tantos Oscar, algo impensable hoy, salvo que seas Leonardo DiCaprio y te lo den para que ya no huela más.

Además, el público que pide cine para hombres es exigente, no se conforma con birrias como el remake de ‘Ben-Hur’ –aquí habría que debatir si las películas de romanos son para hombres o no; en teoría los son, pero también son una extraña excepción de la que algún día hablaremos en un artículo titulado “¿Te gustan las películas de gladiadores?”–, y es por ello que tenemos marcado en el calendario dos películas de polla larga que nos van a partir la cara.

 

John Wick ya está aquí

Para ‘Dunkirk’, la nueva cinta bélica de Christopher Nolan, aún faltan unos meses –se estrena en julio en Estados Unidos–, pero para ‘John Wick: Pacto de sangre‘ no queda nada. El 5 de mayo estaremos ahí, con nuestras palomitas, con la vena hinchada, celebrando cada uno de los tortazos como si fueran goles de Alemania contra Brasil en una semifinal.

La primera entrega de la saga John Wick llegó sin hacer ruido, y de primeras parecía que iba a ser una basuraza de película. No porque no seamos fans de Keanu Reeves –el tipo fue dios en su época ‘Matrix’ y el respeto lo tendrá hasta el fin de los tiempos–, sino porque el viejo Keanu llevaba un tiempo en horas bajas, metiéndose en películas un poco cutres, un quiero y no puedo de cine de acción, o melodrama con ínfulas, cuando resulta que lo que nos gusta de él es ese rostro suyo tan frío, tan como de mármol con tinte rosa, que se mueve como un karateka por un suelo con vidrios cortados.

Pero quisimos darle una oportunidad a ‘John Wick’ y, en fin, ahí lo teníamos: floreció de manera inesperada el VERDADERO cine para hombres, ultra-cool, hiperviolento, mezcla entre película de mafia trascendente –a lo ‘Una historia de violencia’, o ‘Promesas del este’– con aderezos de coreografías de lucha comparables a las de Tarantino en ‘Kill Bill’, más un Keanu que ha vuelto en forma y se ha convertido en el nuevo actor maduro ideal para películas de acción de las de fliparse, ahora que parece que Tom Cruise ha pinchado con su serie de ‘Jack Reacher’.

John Wick 2: Pacto de sangre

 

La historia era una tontería, pero molaba muchísimo: a John Wick le roba el coche la mafia rusa, y además le pegan unas cuantas leches creyéndose que es un pringado. Lo que no sabe quien le ha robado el coche es que John Wick es un asesino a sueldo retirado que había trabajado para esa misma organización con un rendimiento profesional superior al de Messi para el F.C. Barcelona, y como el coche no se toca, y además intentan calmarle cortándole el cuello y llenándole el cuerpo de plomo, el tipo decide desenterrar las armas, que las tenía a su disposición en un zulo, y se dispone a vengarse, lo que significa pelarse uno a uno a sus enemigos, que son muchos.

Y de eso va la película: de un hombre solo, un hombre de verdad, frío y técnico, una puta máquina de asesinar, que se va cepillando a todo lo que se mueve. Y cada escena de acción es tan brutal que uno hace la ola cada vez que vuela una mandíbula, o explota un cráneo. Keanu está que se sale.

 

El retorno de la bestia

En teoría, John Wick debería haberse quedado ahí. La película, aunque rodada con gusto y con una estética muy a lo ‘Drive‘ –o sea, indie pero elegante, con bajo presupuesto pero con buenas ideas–, tampoco es que fuera un taquillazo. Pero se obró el milagro que a veces bendice a los productos de serie B: se formó un culto a su alrededor, la gente empezó a recomendarla en plan “está tope guapa, nano”, se convirtió en un pequeño secreto que no salía en los medios de comunicación tradicionales, pero que vendía DVDs y acumulaba visionados en Netflix, y todo eso sumado a que el protagonista tenía carisma, que la trama quedaba abierta para una secuela, y que era jodidamente varonil y cool –lo cual aglutina a su alrededor un público de hombres envidiosos y de mujeres deseantes; Keanu ha recuperado su mojo–, y había que seguir exprimiendo al serie.

John Wick 2: Pacto de sangre

 

Así que John Wick tiene segunda parte. Y ahora viene lo mejor: desde su estreno en Estados Unidos en febrero ha recaudado 165 millones de dólares en todo el mundo –el artefacto solo costó 40, un jugosísimo beneficio–, y las críticas no han dejado de ponerla por las nubes. O sea, que si ‘John Wick’ ya era como para ponerse en pie y aplaudir ante la tele mientras te echabas el cuenco de palomitas por encima, este capítulo 2 es todavía mejor.

Solo hemos visto un rip cutre bajado de internet por encima porque nos reservamos para el cine –pantalla grande, sonidazo–, pero lo que queríamos está ahí: hostias, disparos, asesinatos sin descanso, Keanu Reeves hecho un cuadro, pero pelándoselos a todos, partiéndoles la cara a pollazos.

Coreografías flipadas, poca participación femenina, testosterona, músculo, lesiones, fracturas, miradas frías a lo Clint Eastwood antes de un duelo en un cementerio: John Wick es un personaje incómodo en un momento en el que el cine busca productos tipo ‘La La Land’, pero no hay que olvidar que el viejo modelo arquetípico de hombre ligeramente simiesco, el que se mueve gracias a los impulsos reptilianos de su córtex primitivo, ese hombre al que le gusta el fútbol, el bistec de caballo, el veraneo en Alicante y los pósters que penden de las paredes de los talleres de reparación de coches –como el que regalamos aquí en ‘Primera Línea’; píllatelo–, ese hombre, decíamos, sigue siendo una bolsa de mercado importante, que tiene sus necesidades, y que está consumiendo en la clandestinidad un tipo de cine que se pensaba que no iba a funcionar pero que, joder, sigue funcionando como siempre.

John Wick 2: Pacto de sangre

 

Cuando se hace bien, el cine de venganza, el cine de guerra, el cine de boxeo, el cine de deportes épicos, sigue siendo un placer culpable. El problema es que no nos dejan verlo, así que lo hacemos a escondidas y, oh sorpresa, resulta que somos legión.

Ojalá fuéramos como Juan Manuel de Prada, y pudiéramos escribir un artículo apasionado y enérgico en defensa del cine viril. Porque nos gusta el cine para hombres, pero está muy mal reconocerlo. Así que no podemos, no nos atrevemos. Otra vez será.

John Wick 2: Pacto de sangre

John Wick 2: Pacto de sangre

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