Vicio y subcultura La basura que gusta a los políticos

A Javier Blánquez, siempre comprometido con el buen gusto, le preocupa más allá de lo concebible (y de los razonable) que el próximo presidente del Gobierno de España pueda ser un fan de Vetusta Morla.

Juan Manuel Latorre, de Vetusta Morla
Javier Blánquez | 04/02/2016 - 8:41

En unos días, el candidato socialista Pedro Sánchez Castejón se presentará al debate de investidura en el Congreso. Si finalmente la cámara baja le acepta como presidente del gobierno, España habrá traspasado un límite intolerable, habrá pecado de la más vergonzosa ignominia, y se verá abocada a la más impredecible de las catástrofes.

Que Sánchez sea jefe del ejecutivo sería lo peor que nos pudiera pasar, y da igual si los apoyos prestados finalmente vienen de Podemos, del PP o del partido marchoso de Albert Rivera, porque lo que se viene es una pinza de consecuencias inesperadas. El problema no son los recortes que van a llegar de Bruselas, que llegarán y van a doler, ni el cuento para asustar a los niños que cambia al Lobo por Irán, a la Bruja por Chaves/Maduro y al Hombre del Saco por el dictador de Corea del Norte, sino uno mucho más alarmante y que ningún analista político -así va el país- ha querido sacar al frente: por primera vez, España tendría un presidente fan de Vetusta Morla.

Pucho, de Vetusta Morla

 

Vamos a ver: se puede ser de todo en esta vida, incluso tener parafilias con carritos de la compra y cestos para arrojar la ropa sucia, incluso uno puede aficionarse a introducirse guindillas picantes por el culo como si fuera un imitador de Kanye West, pero lo que no se puede ser bajo ninguna circunstancia es fan de Vetusta Morla, sobre todo si se quiere ser presidente.

Como diría Kiko Matamoros; es decir: ¿confiaría usted en alguien que cuando está en su casa de relax se pone grupos de esa cuerda, incluidos Supersubmarina? ¿Habiendo tanto donde elegir, y mucho bueno, creen ustedes que el que aspira a ser el hombre con más poder del país, después de las manos que mueven los bancos, José María García (aún) y la Pantoja desde el talego, puede ir por la vida demostrando tan poco gusto estético en sus cosas? En Alemania o en cualquier país normal -lo del país normal es una muletilla que se utiliza ya para todo, incluso cuando hay demasiada cola en la panadería-, a una persona así ya la habrían inhabilitado.

Pedro Sánchez

 

Pongámonos serios

Ustedes se pensarán que esto va en broma, pero no. Esto es muy serio. Ya era dramático tener un presidente con hechuras de jubilado, que cuando salía de la Moncloa a darse un voltio por los lugares se juntaba con los ancianos a jugar al dominó, que lanzaba unas pocas bolas de la petanca y visitaba a María Teresa Campos, y que se distinguía por no tener gusto de nada, aficiones desconocidas, que nunca iba ni al teatro ni al cine, al que no se le han documentado ni lecturas ni pasiones, un señor hierático que pudiera confundirse con las armaduras y los mármoles de palacio, parte del mobiliario, que lo más que leía eran las etiquetas del champú, el ‘Marca’ y algún informe de vez en cuando. Pero más dramático es que te gobierne alguien que va de indie y escoge lo más típico del panorama. Ser fan de Vetusta Morla te distingue como masa, como persona average que pasa los domingos en el centro comercial, que folla en lunes, que compra mucho de rebajas, que lee cualquier cosa que publique Plaza & Janés y que ve se baja las series de Netflix, en vez de abonarse. Esto no puede ser.

Quedan lejos los tiempos en los que en el Congreso de los Diputados sonaban con frecuencia las sinfonías de Gustav Mahler. Alfonso Guerra, que además de un Maquiavelo andaluz, un apéndice del ilustre satirismo español de los siglos decadentes y un orador endiablado, era también un hombre culto con influencia entre sus colegas, y de la misma manera que afirmaba que en su despacho escuchaba mucho Mahler para relajarse -la sinfonía Titán, la Quinta con su adagietto sublime, la Octava y su gigantesco coro místico-, también creaba la tendencia. Alguien de quien no se esperaría esta receptividad por lo divino, como José María Aznar, el ironman de la derecha más dura, también se escuchaba del tirón las integrales de Mahler mientras preparaba discursos como el de “váyase, señor González”. Luego salía lo que salía, claro: una obra maestra del filibusterismo.

Pero se empieza por escuchar a Vetusta Morla, o a Placebo, o a Muse, y de ahí no puede salir nada bueno. Y que conste que el problema no es sólo de Sánchez, porque las muletas que tiene por ahí para apoyarse no es que sean mejores. Imagínense que que al final fuera Pablo Iglesias el vicepresidente: un tipo que ha declarado públicamente que es fan de Joaquín Sabina -a mí me disculparán, pero mientras lo de Venezuela se puede llegar a perdonar, esto no-, o lo que es todavía peor, de Nacho Vegas. Cantautorismo rancio, pelmazos que te echan mítines con poesía de cuarta o eslóganes de segunda mano, personajes tóxicos de la música y de la vida.

Y qué decir de Albert Rivera: el hombre que dice que va a regenerar España no es capaz ni de regenerar su propio Spotifi, en el que suenan cosas como Fito y Fitipaldis, El Barrio y Malú, y que el otro día en Twitter tuvo la desvergüenza de colgar una foto en el concierto de Vanessa Martín en Madrid. Vanessa puede ser muy buena chica, no lo vamos a negar, pero no es Joni Mitchell. Luego vienen unos pidiendo cambio sensato, reclamando la unidad de España, y lo único que hacen es generar odio entre compatriotas con unos gustos tan cutres.

Jorge González, de Vetusta Morla

 

La Nueva Política se supone que tiene que ser punk, molesta, un acicate al sistema, un aldabonazo al statu quo, pero con gente así al mando es imposible que haya esperanza. Se empieza por escuchando a Vetusta Morla, o a Vanessa Martín, o se sigue con el cliché de que Sabina tiene buenas letras y es de la calle, y se termina por no saber quién era Cervantes. El mayor problema de los políticos no es que roben, o que sean deshonestos, o que comentan errores y pecadillos, sino que no sean capaz de elevarse por encima del español medio.

Se supone que tienen que ser brillantes, espectaculares en su superioridad intelectual, y no se distinguen demasiado de ese compañero plasta de la oficina que te explica lo bien que se lo pasó viendo ‘El Chiringuito de Pepe’ en la pausa del cigarro y el café.

Habrá que ir pensando en exiliarse.

Vetusto Sánchez

  • Imprimir
  • Enviar por e-mail
Este mes, en 'Primera Línea'
Janice Griffith: La actriz porno fumeta que odia el sexismo y el racismo
Este mes, en 'Primera Línea'
publicidad
publicidad
Búscanos en Facebook
publicidad

© Ediciones Reunidas, S.A. | Todos los derechos reservados