Vicio y subcultura La obsesión silenciosa con Olivia Munn

Lo de Olivia Munn, opina Blánquez, es un culto subterráneo a punto de salir a flote, ahora que la modelo y actriz de rasgos orientales se ha convertido en el último (gran) fichaje de la franquicia ‘X-Men’.

Olivia Munn
Javier Blánquez | 24/05/2016 - 11:40

El día que supimos que Olivia Munn había fichado por la franquicia ‘X-Men’ y que iba a tener un papel destacado como superheroína mutante, muchos aprovechamos la ocasión para descorchar una botella de champán y celebrarlo con nuestros seres queridos.

Explotamos de felicidad, hubo alborozo por nuestra buena suerte, pues no sólo sonaba aquello a música celestial –es decir, Olivia Munn enfundada en un traje viscoelástico, metida en unas mallas prietas marcando muslo y en la piel de Pyslocke–, sino que además parecía, después de muchos años de presencia anodina en las películas malas y la televisión barata, un caso de justicia divina.

Porque el problema que tenía Olivia Munn era que, a pesar de ser un espécimen exquisito de rasgos orientales –su madre es vietnamita y pasó buena parte de su juventud en Japón–, a la pobre no la conocía ni dios. Sólo hay que repasar su currículum: nacida en 1980, y con 35 años en la actualidad, su mayor logro en la vida –aparte de figurar durante dos años consecutivos como la segunda mujer más sexy del planeta según la revista ‘Maxim’, cuando trabajaba básicamente como modelo para anuncios– había sido el papel secundario de Sloan Sabbith en la serie ‘The Newsroom’.

Olivia Munn

 

Consagración tardía

‘The Newsroom’, la última creación para televisión por ahora de Aaron Sorkin, fue ante todo un producto de culto: tuvo audiencias pequeñas pero fieles, y aunque no estaba previsto que pasara de la segunda temporada –costaba un dineral, y no era precisamente el exitazo de ‘Juego de Tronos’–, finalmente se programó una tercera en 2014, de sólo seis episodios, para terminar de cerrar la historia con dignidad.

Nos supo mal, porque era un culebrón que molaba y, sobre todo, porque ahí estaba Olivia, con un papel secundario pero jugoso. Éramos cuatro, pero para los cuatro que éramos no pasó desapercibida para ninguno. Su personaje estaba hecho a su medida: se trataba de la típica periodista nerd –suele haber una en casi todas las redacciones–, de una inteligencia desbordante, que a la vez se paseaba por los pasillos con andares de femme fatale y elegantemente vestida con trajes de corte caro.

Sloan era redactora de economía, le interesaban la bolsa y los tipos de interés, los números a mansalva, todo lo que tuviera que ver con conceptos abstractos, y en gran medida no era consciente de que atraía las miradas lúbricas del 95% de los empleados de la cadena de televisión, que a la vez evitaban el contacto personal porque la tía era medio disfuncional, una freak del quince.

 

Olivia es así

Cuando decimos que estaba hecho a su medida es porque en la vida real Olivia Munn es un poco así: un cerebrito repelente –en Instagram se presenta ante sus más de un millón de seguidores con esta frase: “si no fuera actriz, probablemente me dedicaría a operar cerebros”– que goza de la bendición de los dioses y, por tanto, tiene planta vikinga, un tren inferior firme y rotundo, aspecto fornido a la vez que delicado, ancha de hombros, con pelazo. Uno de sus rasgos más particulares es la cara de desagrado que conseguía poner en ‘The Newsroom’ cuando entendía que alguien le hablaba en chino, o le decía una estupidez inconsistente: un gesto torcido, unos ojos vueltos del revés, una mueca de desprecio. No sólo tiene un alto cociente intelectual, sino que se lo restregaba a sus compañeros por la cara.

Olivia Munn

 

Lo que ocurre es que no se llega a ninguna parte teniendo papeles secundarios en una serie sobre periodistas culturetas, ni siquiera siendo periodista en la vida real (que nos lo digan a nosotros). Olivia se dedicó al reporterismo en sus años mozos –hay un vídeo que circula por YouTube en el que aparece micrófono en mano en una convención de freaks caracterizada como la Princesa Leia en ‘El retorno del Jedi’; ustedes ya saben exactamente cuál es el vestido–, y como se dice comúnmente, las imágenes daban de sobra para satisfacer ciertas funciones.

Así que, aunque no fuera un clamor unánime, había un runrún subterráneo desde hacía años en los rincones más recónditos de internet: Olivia Munn podía haber malgastado su carrera en películas de mierda (‘Noche loca’, ‘Tentación en Manhattan’, ‘Líbranos del mal’), podía haber dejado a un lado su lucrativa carrera como modelo para intentarlo como actriz, podía incluso haber desaprovechado muchas oportunidades por no querer desnudarse cuando se le pedía amablemente –lo que conocemos como el Síndrome de Emilia Clarke–, pero incluso así seguía siendo una de nuestras chicas favoritas, un fetiche para una minoría fiel y entusiasta.

 

Llega para quedarse

Ahora que tiene un papel destacado en ‘X-Men: Apocalipsis’, nos alegramos muchísimo por ella. Ya era hora de verla en una producción grande, con mucha ropa de cuero, y además destacando en una franquicia especializada en tener en plantilla a algunas de las actrices más reclamadas del momento: Jennifer Lawrence, Rose Byrne, Sophie Turner.

Hay nivel, pero Olivia no se arredra y además de los superpoderes de su personaje utiliza también los otros, los que le vienen de serie, y aunque la peli no sea de visionado obligatorio, solo por ella ya vale el esfuerzo de acercarse al cine, aflojar un billete de diez, y dar gracias a quien sea el responsable de todo esto por el repunte profesional de Olivia Munn, a la que en adelante queremos volver a ver a menudo en portadas de revistas, en el Facebook de ‘Primera Línea’, en talk shows, en películas de superhéroes y en series de calidad.

El mundo no puede desaprovechar ni un minuto más a una señora de tantísimo tronío como es ella. Quien esté de acuerdo, que levante la mano.

 

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