Mad Men Lab ¿Cómo envejecemos?

Los infartantes 50 años de Monica Bellucci dan pie a Silvia Cruz para llegar a una conclusión que algunos encontrarán desalentadora: hoy por hoy, los que envejecen mal son los hombres.

Monica Bellucci
Silvia Cruz | 01/10/2014 - 10:00

Las mujeres nos fijamos tanto (pero tanto) en las otras mujeres, sus físicos, sus errores, sus carreras, sus decisiones, que no tengo duda de que en algunas cuestiones los invisibles acaban siendo para nosotras los hombres. Por eso, si un día miráis a un hombre que conocéis de hace siglos y no lo reconocéis de tan viejo, demacrado o estupendo, según sea el caso, no debéis sorprenderos.

Empiezo a tener una edad en la que los hombres de mi vida no son precisamente zagales. Y los que iban a cursos superiores en el instituto o la universidad son ya más bien talludos. Por no hablar de profesores o jefes o gente mayor con la que he coincidido en algún momento de mi vida. De ellas nos fijamos tanto en el pelo, en la ropa, en la cara, en cómo va, qué pinta tiene, si hace o no mala cara, que no los miramos a ellos. Y un día te los topas o los miras con detenimiento porque no hay nadie más en el horizonte y descubres que están hechos polvo.

A mí no me pasa tanto porque tengo un vicio desde chiquita: miro a todo el mundo y me gusta imaginarlos como no son en ese momento. Cuando son jóvenes intento mirar de qué manera les caerá la bolsa del ojo, cómo se les encorvará la nariz o en qué parte de su cuerpo se les acumulará la grasa.

No es tan difícil cómo parece, solo hay que observar los andares y la postura. Si se trata de alguien mayor a quien no he visto en mi vida, hago el camino inverso: le hago un lifting en mi cabeza, le estiro la piel, le quito algún quilo o se lo pongo, le terso las carnes e intento adivinar qué vio su mujer o marido en esa persona que hoy parece derrotada. Un consejo por si queréis practicarlo: en los ojos suele estar siempre la clave.

Pienso en esto porque hace unos meses un desconocido me pidió amistad en Facebook. No le he dado sí en todo este tiempo porque no sé quién es. Por su nombre conozco a varios, pero el apellido no me dice nada; no tenemos amigos en común y no conozco a nadie en el lugar en que vive. Él sigue ahí, esperando respuesta, y yo tampoco lo bloqueo porque hay algo en su cara que me resulta familiar. No se ha presentado, supongo que le da algo de corte, tanto como a mi preguntarle quién carajo es. Y ahí estaba su solicitud expectante hasta que ayer cambió la foto de perfil, se retrotrajo a su adolescencia y ahí lo encontré.

 

Qué tiempos aquellos

Imposible reconocerlo en el hombre de hoy, pensé al instante. Alguien con quien hablé horas y horas, tomé algunas cervezas, me contaba los problemas con su novia de entonces y con quien compartíamos algún gusto musical. Su estampa gamberra de juventud, su delgadez extrema, el desahogo en su postura, su andar chulesco, su sonrisa malvada. Nada de eso quedaba ya. Sólo una cara tristona y rechoncha; una ropa entre el beige y el grisáceo; un par de críos cogidos de la mano que seguramente deben ser suyos y un par de ojos opacos en el lugar donde antes hubo dos muy elocuentes.

Pasé de la sorpresa mayúscula a rendirme a la evidencia: no había nada raro en esa evolución. Debí adivinarlo en sus andares, en su postura y por supuesto en su actitud siempre instalada entre el derrotismo y la pereza.

Que el estado físico no es lo más importante es una evidencia. Que dice mucho de nosotros, también. Y que los hombres se abandonan más porque nadie los observa es algo que empiezo a creer con firmeza. Y no es que quiera someterlos al mismo escrutinio que sufrimos las chicas, ni a examen de estilo o metrosexualidad: es que quiero que elijan y se planteen, en la medida de los posible, cómo quieren ser de viejos.

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