Mad Men Lab Mi bandeja de correo es mía

Indignada al conocer que muchas de las parejas comparten sus contraseñas de correo electrónico, Cruz nos ofrece una disertación sobre la necesidad de preservar la intimidad ante nuestras parejas, aunque sea impidiendo que entren en nuestro mundo cibernético.

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SILVIA CRUZ | 24/03/2014 - 12:36

Mi bandeja de correo es mía. Como mis cartas, como mis amigos, como mi diario, como mi ordenador o mis sueños. Mi cuenta de Facebook también me pertenece y bastante rabia me da ya que el señor Zuckerberg entre y salga de ella cuando quiera y venda mis datos a quien se le antoje como para darle el contenido al señor con el que comparto la cama. No es que a él se le haya ocurrido pedírmelo, pero me ha hecho reflexionar sobre esto una cifra que conocí hace poco y que me llamó mucho la atención: el 67% de las parejas estadounidenses comparte todas sus contraseñas.

Cuestión de confianza 

Pensaba yo que eso de compartir cuenta de correo y contraseñas de redes sociales con el marido debía ser algo excepcional, una cosa de parejas locas de celos, que es la peor manera de insania que conozco, la verdad. Pero no es así. Resulta que son muchos los matrimonios y parejas que se dan las claves de sus espacios privados. A muchos de ellos los conozco y puedo certificar que no están locos. Lo más extraño para mí es que lo ven como una prueba de confianza y amor. Yo, después de darle vueltas, sigo pensando que mi correo es mío y que, allí donde quiere hablarse de claridad, se está simplemente rompiendo la confianza. Me explico.

Entiendo por confianza tener mi correo y mis claves y no pedirle las suyas a mi marido, a quien tampoco controlo cuando está delante del ordenador o hablando por teléfono. Si le pido sus claves y vigilo lo que hace ante el ordenador, no tengo más objetivo que el de controlar lo que hace. Entonces, ¿dónde queda esa confianza? Se ha roto, no existe o quizás no existió nunca, claro.

Todo el mundo tiene secretos

De la misma manera que no concibo que nadie abra mis cartas aunque solo sean facturas del banco o reclamos de alguna empresa que quiere venderme algo, tampoco asumo ni asumiré que tenga que darle yo las claves de mis correos a nadie que no sea yo. “Si no tienes nada que esconder, ¿por qué no darlas?”, me decía una amiga hablando del tema. ¡Cómo que no tengo nada que esconder! ¡Todos tenemos algo que esconder! Y no es necesariamente un amante, ni un rollo cibernético. Es simple y llanamente nuestra intimidad, ese espacio en el que una se expresa como le apetece con aquellos a los que conoce. ¿O nos comportamos de igual manera en todas las situaciones? Si yo hablo con una amiga de mis problemas de pareja, lo haré en unos términos que mi marido no querría escuchar. Y eso no me hace más mala, ni una traidora. Solo me hace guardiana de un espacio que es mío y de nadie más.

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