Mad Men Lab Paul McCartney y lo verde

Paul McCartney, epítome del compromiso ecologista, es hoy el centro de la diana a la que apuntan los dardos de Cruz. No por su obsesión por lo verde, sino porque quizás olvida que el tinte que lleva en el pelo, que le hace parecer al menos unos años más joven contamina tanto como cualquier agente químico.

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SILVIA CRUZ | 23/09/2014 - 11:25

¿Quién dijo que los viejos rockeros no mueren nunca? Algunos me dirán que el hombre que ocupará estas líneas no fue rockero y posiblemente ni quisiera serlo, pero se le pareció mucho y bebió de las fuentes de la poética rockera, del éxtasis de señoritas enloquecidas por su flequillo y sus canciones, del dinero a espuertas que genera(ba) la industria discográfica, entre otras cosas.

Paul McCartney es vegetariano, convencimiento por el que siempre hace campaña. La última se llama ‘Lunes sin carne‘ y es una iniciativa que se propone hacernos entender a los carnívoros el daño que hace la producción de chicha al planeta: gases contaminantes para su producción o eliminación de bosques para cultivar alimento para las bestias son algunas de las consecuencias, dicen, de que los humanos nos empeñemos en hincarle el diente a un buen filete.

Hace años que McCartney se pasó al bando de los vegetarianos y su militancia le llevó a ocupar espacio en la serie más ponderada de todos los tiempos: ‘Los Simpsons‘. Allí aparecía con su mujer Linda, que aún vivía, para explicarle a la implacable Lisa que uno puede defender sus ideales sin acosar a los demás. Cuentan en las crónicas que sobre esta serie se han escrito que Paul y su mujer aceptaron aparecer a cambio de que Lisa fuera siempre vegetariana para que no pareciera que quienes se convierten lo hacen movidos por una moda o un capricho pasajero. Reconozco que demostró más humor que otros famosos al acceder a aparecer y dejarse retratar con el retintín propio de la serie pero no consiguió que Lisa fuera tan ejemplar como él en su militancia.

No me molesta de Paul defienda las cosas en las que cree, faltaría más. No tengo nada que decir, o quizás sí, pero todos sabemos que con las cosas de creer ni se juega ni se hacen chistes. Lo que me duele es que un hombre como él no sepa determinar el punto en el que se hace pesado e incluso un pelín ridículo. Puedo imaginar que tiene un coche eléctrico, que su casa es energéticamente eficiente y (oh, ‘palabro’ modernísimo) sostenible y todas esas cosas que casi sólo pueden hacer los ricos. Pero toda fe tiene sus quiebros, sus fallas, sus debilidades. Y yo, mala como soy y muy crítica con las cosas que hacen algunos hombres llegados a cierta edad, me pregunto cuánto contamina el tinte que se gasta el septuagenario Beatle. ¿O van a decirme que es natural ese tono castaño con reflejos rubiáceos en el flequillo a sus años? Ah, Paul, te pillé. Y no vengas a decir que el tinte era ecológico, que no hay producto natural que alcance la perfección que luce tu cabellera.

Los viejos rockeros mueren, claro que mueren, la mayoría de ellos bastante antes de llegar a la sepultura.

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