El monte de Venus Mi (primer) trío tántrico

Venus disfruta esta vez de un festín para los sentidos, un masaje erótico en pareja compartido con un hombre que acepta hacer realidad una de las fantasías de nuestra fetichista de cabecera: honrar su vagina como si fuese la de una diosa.

Trío tántrico
Venus O'Hara / Fotos: Marc Lairisa | 19/12/2017 - 14:04

Ten cuidado con lo que deseas, suele decirse.

Yo recibí una educación católica muy estricta. Me enseñaron que el sexo fuera del matrimonio era malo. El deseo era algo que provocaba sentimientos de culpabilidad, en lugar de placer.  No era fácil superar la represión y poder disfrutar mi propio cuerpo libremente rechazando por completo esas ideas castradoras.

Ahora que mi evolución personal me ha llevado al camino del zen, me he preguntado muchas veces cómo sería el sexo si fuese aceptado como algo espiritual. Es decir, si en lugar de considerarlo una actividad degradante para el cuerpo y el alma, nos hubieran educado en la idea de que las relaciones sexuales son una celebración de todo lo noble y lo bello que hay en nosotros, empezando por nuestros cuerpos y nuestras mentes. Algo que nos eleva, no algo que nos degrada.

Deseosa de comprobar si alguien compartía mi visión espiritual del sexo, me puse a investigar y encontré, por ejemplo, un artículo en el se que hablaba de “abrazar la vulva”. Así que puse mi mano entre mis muslos, y abracé mi vulva. Cerré los ojos y empecé a respirar profundamente, deseando que alguien viniese a abrazar mi vulva conmigo, honrándola sin complicaciones, exigencias o expectativas. ¿Quién estaría dispuesto a hacer algo así?, me dio por preguntarme.

 

Hacer realidad una fantasía

Tan solo tres días más tarde de ese momento de epifanía privada, una empresa llamada Santai Masajes me contactó para felicitarme por anticipado las navidades y ofrecerme, como regalo navideño, la oportunidad de recibir un masaje erotico en pareja. No dudé en aceptar, pese a que entonces ni siquiera sabía quién estaría dispuesto a acompañarme a compartir el regalo.

Pocas horas más tarde, acudí a una comida con un grupo de colegas extranjeros. Allí me encontré con un amigo al que hacía tiempo que no veía y que no estaba previsto que viniese. Aquella casualidad me pareció una señal muy prometedora. Nada más verle, empecé a pensar en mi amigo como el perfecto candidato a compartir el masaje, ya que él practica tantra y sabe perfectamente cómo entregarse y, a la vez, contenerse en una relación sexual.

“¿Quieres ser mi amigo tántrico?” le pregunté discretamente a la hora del postre. “¿Y eso en qué consistiría?”, me respondió muy en su línea de responder a mis preguntas con otras preguntas. Así que le conté, muy brevemente, que la idea era que una masajista desnuda nos diese un masaje a ambos a la vez usando tanto sus manos expertas como el resto de su cuerpo y estimulándonos con masajes esenciales. Además, él también me masajearía a mí. Y yo a él. Antes de que acabase la frase ya me había dicho que sí. Tenía un aliado.

 

Éxtasis compartido

La situación me estaba excitando incluso antes de vivirla. Quedamos en el local de Santai Masajes, un centro de masajes eróticos en Barcelona, un martes por la mañana. Llegué allí expectante pero en absoluto nerviosa, a pesar de lo insólito y surrealista que suponía compartir una experiencia tan erótica con alguien con quien no había tenido nunca intimidad sexual. No sabía qué esperar y me encantaba esa incerteza. Estaba abierta a todas las posibilidades.

Trío tántrico

 

Llegué al centro antes que él. Dispuse de tiempo para ducharme con calma y esperarlo en la habitación con solo un toalla blanca puesta.  La luz tenue de las velas y la música chill out ya me estaba relajando. Además, el aroma del aceite esencial de naranja calentándose era todo una fiesta para mis sentidos.

Cuando llegó mi amigo, nos saludamos con un abrazo y una risa nerviosa por la locura que estábamos a punto de vivir. Él se duchó y yo me tumbé en el futón, lista para recibir el masaje. Entró la masajista cuando estuvimos listos y nos preguntó quién iba primero. Yo, of courseMe tumbé boca abajo, y me quité la toalla para exponer mi desnudez.  Estábamos los tres desnudos, y aunque mi posición no me permitía verles bien a ellos dos, la tensión sexual de esa desnudez compartida se palpaba en el aire.

Primero, noté las gotas de aceite caliente caer por mi piel, algo que supuso una estimulante sorpresa. Suspiré al notar el tacto de las manos. Ya anhelaba sentir ser tocada y de repente había cuatro manos expertas por todo mi cuerpo.

 

Cuatro mejor que dos

Por momentos, yo ni siquiera sabía quién estaba haciendo qué, pero daba igual. Lo que importaba era el placer que me estaban proporcionando. Noté dedos, manos, uñas y mucho aceite caliente.  De repente, la masajista subió encima de mí y empezó a deslizar su cuerpo contra el mío. Además de la suavidad de su piel desnuda, me encantaba notar el peso y el calor humano. A continuación, llegó el turno de mi amigo. La situación seguía siendo rara, pero cada vez más divertida y placentera.

Me pusieron un antifaz cuando tocaba dar la vuelta para ponerme boca arriba, exponiendo mis pechos y mi sexo al aire. Sentí cierta vulnerabilidad, pero a la vez, morbo al percibir sus dedos expertos acariciando mi desnudez.

 

Quien da, recibe

Cuando llegó el momento de terminar mi masaje y empezar el de mi amigo, no solo me encontraba relajada, sino que también tenía unas ganas locas de tocar el cuerpo de un hombre. Mi amigo se tumbó boca abajo y la masajista se puso de un lado y yo del otro e imité todo lo que ella hacía. Comenzamos por los pies y fuimos subiendo.

Cuando ella empezó a deslizar su cuerpo desnudo contra el de él fue cuando la cosa se puso muy divertida. Noté mucha complicidad con la masajista cuando me tocaba a mí hacerlo: por culpa del aceite, aquello era como bajar el tobogán en un parque de juegos para adultos y no pudimos evitar reírnos.

Como habían hecho conmigo, cuando se dio la vuelta, le pusimos un antifaz antes de masajear su torso y sus genitales. Observé con mucho interés las técnicas de la masajista para poder usarlas con mis conquistas futuras.

Trío tántrico

 

Al cabo de un rato, la masajista nos dejó y el trío tántrico se convirtió en un dúo.

Después del masaje, tienes la posibilidad de quedarte en la habitación por un tiempo indeterminado. Huelga decir que, con los sentidos muy despiertos y a flor de piel, yo no tenía prisa para salir de aquel oasis de placer. Mi amigo me ofreció un masaje de yoni, y tan solo tocarme, ya sentí una energía brutal entre mis muslos que casi provocaba espasmos en mi vulva.

“Honro a la diosa que llevas dentro”, dijo mi amigo, antes de mostrarme el resto de sus habilidades tántricos y llevarme al orgasmo.

Al recuperar el aliento, tras mi éxtasis, volví a la realidad. Y ahora sí que sé por qué dicen que hay que tener cuidado con lo que deseas.

 

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